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martes, 6 de septiembre de 2011

Metablogg

Si no se puede leer, podéis optar entre hacer doble click encima o dejarlo pasar tranquilamente, pues no hago más que repetir ideas que con más calma y más espacio he escrito aquí o ha escrito mi querido y saqueado Baltanás allá
Y una excusatio non petita: no están todos los que son.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Una barbarie que someter

[Reseño hoy en La Gaceta el último diario de JJL, Los cuadernos de Rembrandt. La página es una maravilla, con una gran semblanza del maestro por Dani Capó, y dos hermosas fotografías.]
Dentro del auge del género del diario en los últimos decenios en España, destacan, junto a los de Andrés Trapiello y José Luis García Martín, los de José Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1930). Éstos se inclinan hacia el glosario, donde el “yo” del escritor queda en un segundo plano. Los primeros que publicó, en 1986, ya fueron “cuadernos”, Los tres cuadernos rojos.

Los abría una larga cita de Jünger, como una exposición de motivos: “El llevar un diario, es decir, la puesta en orden de acontecimientos y pensamientos que afluyen, forma parte de la tarea que se ha asignado al escritor. Es también un consuelo solitario del que siente necesidad. En un momento en que el técnico dirige el Estado y lo modela según su idea, no solamente están amenazadas de supresión las digresiones artísticas y metafísicas, sino también la simple alegría de vivir. […] Ahora se considera como un lujo ese carácter propio del individuo que Heráclito llamaba el daimon del hombre. Nuestra lucha por defenderlo y nuestra voluntad de conservarlo es uno de los temas más grandes y más trágicos de nuestro tiempo”.

Los diarios de Jiménez Lozano se inscriben, pues, desde el principio, en esa lucha trágica y con esa voluntad. Como en anteriores entregas, se parapeta el autor en la que considera su familia literaria, formada por Pascal y los señores de Port-Royal, Simone Weil, Edith Stein, Nadiezha Mandelstam, William Faulkner, Flannery O’Connor y René Girard, y a la que se han incorporado G. K. Chesterton, Christian Bobin o Nicolás Gómez Dávila. Con ellos se pone del lado de los seres de desgracia, abomina insistentemente tanto de las glorias literarias como de los grandes del mundo y defiende una literatura escrita desde el dolor y que se acerca con suma precaución a la belleza, temerosa de sus seducciones y de su poder.

Una novedad de esta entrega es que en ella el tiempo nos alcanza. Escrita entre 2005 y 2008, habla de acontecimientos casi contemporáneos, como los terribles abusos de las clínicas abortivas o el atentado de Barajas, y de personajes reconocibles, como el juez Garzón o Zapatero.

El tono general es, por tanto, muy pesimista. La lucha para conservar el daimon está perdida en nuestra sociedad actual, piensa; y cita a Louis Auchincloss en El rector de Justin, para lamentar que en una riada (y eso es la modernidad para Jiménez Lozano) no se puede escoger lo que se salva. Acaba el libro reafirmándose, a pesar de todo, en el combate, con las luminosas palabras de Rémi Brague: “Ser romano es tener, aguas arriba de sí, un clasicismo que imitar y, aguas abajo, una barbarie que someter”.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Best-seller teológico

“Fabrice Hadjadj nació en Nanterre en 1971 de padres de ascendencia judía e ideología maoísta. Vivió entre Túnez y Francia. Ahora reside en la Provenza francesa, donde ejerce como profesor de Filosofía y Literatura. Convertido al catolicismo en 1998, a veces se presenta a sí mismo como ‘un judío de nombre árabe y de confesión católica’”. Así nos describe al autor la solapa del libro La fe de los demonios. Con estos antecedentes (ascendencia judía, demonios, maoísmo, Túnez), no sorprende que el libro se haya convertido en un best-seller: tres ediciones en España. Sin embargo, el subtítulo ya es más raro para un éxito de ventas: O el ateísmo superado; y aún más insólita la editorial: la pequeña “Nuevo Inicio”, iniciativa del Arzobispado de Granada.

Para no terminar con las sorpresas, este best-seller está bien escrito. A veces, demasiado, pues algo abusa de los juegos de palabras. Por ejemplo, cuando define su obra como una lección de Ka(ra)tecismo, técnica de lucha doctrinal. La mayoría de las veces, sin embargo, sus incesantes juegos de ingenio son brillantes, iluminan al lector y contribuyen a hacer de la teología una disciplina chispeante.

Porque es auténtica teología lo que hace Hadjadj. Asombra la cantidad de lecturas que sostienen este ensayo de apariencia tan ligera. Ha leído a fondo a santo Tomás de Aquino, a Bernanos, a Pascal, a Girard; ha dialogado con Baudelaire, con Houellebecq, con Finkielkraut; ha venerado a santa Teresa de Jesús, a santa Teresita de Lisieux, a sangaTeresa Benedicta de la Cruz y a Madre Teresa de Calcuta, y no por fijación con un nombre, sino por el interés en una línea continuada de pensamiento que ese nombre resalta. Pero lo que más y mejor ha leído Fabrice Hadjadj es la Biblia. Deslumbran sus análisis textuales, ante los que se siente la gravitación de la raza, la sabia herencia de los cabalistas.

Compensa destacarlo, porque por fuera La fe de los demonios recuerda, más que nada, a Las cartas del diablo a su sobrino de C. S. Lewis, lo que no es un desmérito tampoco. En ambas obras se utiliza al demonio como guía moral (contrario sensu, por supuesto) y al humor como herramienta de divulgación teológica. Ambos combaten “el máximo error moderno”, en palabras de Gómez Dávila, que “no es anunciar que Dios murió, sino creer que el diablo ha muerto”.

Más al fondo, la obra es un canto a la Encarnación. Contra el espiritualismo de la fe sola, Hadjadj hace un contundente alegato a favor de las buenas obras, contantes y sonantes.

martes, 2 de noviembre de 2010

Ten más modestia, muerte

Machado, mediante Juan de Mairena, ironizó sobre el deber profesional de los poetas de hablar de la muerte, y se recreó en la sorpresa que, a pesar de haberla nombrado tanto, se llevaría más de uno al encontrarse de golpe con ella. Por debajo de la broma de humor negro, late una verdad muy honda: la poesía lleva enfrentándose a la muerte desde sus inicios.

A veces, plantándole cara. Otras, huyéndole, como en el viejo “Romance del enamorado y la muerte”. Otras, más de perfil, contando con ella, como cuando José Mateos dictamina que verdadero poema sólo es aquel que puede recitarse a un moribundo. Otras, acompañando a los muertos, como intentaron, incluso físicamente, Ulises, Orfeo, Er el Armenio, Eneas y Dante con sus respectivas bajadas a los infiernos. Bécquer, ya nuestro contemporáneo y, por tanto, resignado, se limitó a lamentarse delicadamente: “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”. Buena parte de la grandeza de las Coplas de Jorge Manrique se debe a que no renuncia a ninguna de las posibilidades: tiende astutas celadas a la muerte, la encara directamente y, a la vez, la asume con melancolía y esperanza.

Horacio encontró las palabras precisas, breves e inmortales, que plantaban los poderes de la poesía frente a la muerte: Non omnis moriar (“No moriré del todo”), decía, confiando en sus propios versos. A Unamuno aquello le puso de un pésimo humor y le replicó con ásperos endecasílabos:
¡No todo moriré! Así nos dice
henchido de sí mismo aquel poeta
que odia al vulgo profano y que le reta
a olvidarle esperando le eternice
el reto mismo; es calculada treta.
Quizá se enfadase porque Horacio le llevaba siglos de inmortalidad de ventaja, o porque esa inmortalidad, “donde el recuerdo es lo único que queda” le sabía a poco al cristiano (atormentado, pero cristiano) Unamuno. Lo indiscutible, se ponga como se ponga el rector de Salamanca, es que Horacio ha quedado en nuestro recuerdo, y eso ha dado moral a los poetas para mirar a los ojos a la muerte.

Nadie con más dulzura que John Keats: “A thing of beauty is a joy for ever”, y nadie con más contundencia que su tocayo John Donne, que dio muchas vueltas al asunto. De él es el cinematográfico verso sobre la conveniencia de no preguntar por quién doblan las campanas cuando lo hacen a muerto: ¡es por ti! Pero para compensar, de Donne es también el afilado soneto donde le pone los puntos sobre la i a la misma parca. Víctor Botas lo tradujo con maestría:
Ten más modestia, Muerte, aunque se te haya
erróneamente dicho poderosa
y temible; pues esos que has borrado
no mueren, pobre Muerte, incapaz hasta
de aniquilarme a mí. Si el reposo
y el sueño son tan gratos, cuánto más
no debes serlo tú: así se explica
que los mejores antes den contigo
libertad a sus almas y a sus huesos
descanso. Azar, reyes, suicidas,
son tus amos, habitante de pócimas,
enfermedad y guerras. Y más diestros
que tú son los hechizos. Menos humos
que veremos tu fin; tu muerte, Muerte.
Más pegado a la tierra, reflexiona José Jiménez Lozano en su poema "El precio":
Matinales neblinas, tardes rojas,
doradas; noches fulgurantes,
y la llama, la nieve:
canto del cuco, aullar de perros,
silente luna, grillos, construcciones de escarcha;
el traqueteo del tren, del carro, niños,
amapolas, acianos, y desnudos
árboles de invierno entre la niebla;
los ojos y las manos de los hombres,
el amor, la dulzura
de los muslos, un cabello de plata,
o de color caoba;
historias y relatos, pinturas y una talla.
Todo esto hay que pagarlo con la muerte.
Quizás no sea tan caro.
La muerte como intensificador de la vida ha hecho un gran papel. De ahí a su relación con el amor, no hay más qe un salto. Lo dio la Biblia: “Fuerte como la muerte es el amor”, clama, y los poetas se apuntan enseguida. El recurrente éxito de Don Juan Tenorio por estas fechas radica en su habilidad para mezclar frenéticamente la muerte, el erotismo y la teología. Los poetas españoles han podido tratar a la muerte como una amada porque nuestro idioma, como anotó Borges, permite la metáfora. En inglés, la muerte es masculina. La diferencia de género explica que el gran poeta moderno sobre la muerte en español sea Juan Ramón Jiménez, que supo sacarle resonancias sensuales, mientras que en inglés ha escrito memorables poemas mortuorios Emily Dickinson, recogidos en una antología indispensable: Poemas a la muerte (Bartleby Editores, 2010). Aprovechando su género masculino, la norteamericana en algunos de ellos utiliza la imagen del noviazgo galante y del futuro encuentro conyugal.

El pueblo, en cambio, ha preferido la otra metáfora ancestral: el sueño. Lo canta la copla con clara contundencia:
Cada vez que yo me acuerdo
que me tengo que morir,
echo una mantita al suelo
y me jarto de dormir.
Habría que investigar cuánto ha influido el cristianismo y su fe en la resurrección en posturas tan líricas o tan flamencas. San Pablo constató que la muerte había perdido su aguijón. Lo había cambiado, efectivamente, por un plumín.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Trece sentencias ejemplares de Francisco Pérez de los Cobos


En No hay derecho (La Ley, 2008) escribe: “Seamos, por una vez, humildes, es decir, serios…” Es una frase de escritor puro: un cocktail de inteligencia y gracia. También ha escrito "El verdadero poeta se mide cantando el paraíso". Si la llego a leer un poco antes, pongo esa sentencia al frente de mi reseña a Rocío Arana. Habrá que acercarse a Pérez de los Cobos, por tanto, desde el punto de vista más literario posible. El Barbero del rey de Suecia, con su afición a las altas magistraturas del Estado, no se resiste a ofrecer una selección de trece sentencias ejemplares de su otro libro hasta la fecha, el de aforismos Parva memoria (Tirant, 2006). No son inocentes.

La belleza del mal es relamida.
*
Ser revolucionario es la forma más histriónica de ser superficial.
*
Bloy ha hecho del improperio una obra de caridad.
*
Dios corteja sin premuras.
*
El antónimo de la muerte es la música.
*
Muy moral ya es inmoral.
*
La gente que hace siempre lo que quiere acaba por no saber qué quiere.
*
Hasta el cañaveral luce penachos.
*
Al reino de los cielos se llega herido.
*
Lo peor de un imbécil son sus matices.
*
El “haz el amor y no la guerra” explicita ya una inquietante concomitancia.
*
¿Puede censurarse la vanidad sin caer en ella?
*
La caridad que empieza por uno mismo acaba en uno mismo.
***

sábado, 30 de octubre de 2010

A mano alzada

El último libro de Enrique Baltanás impacta desde el título: Minoría absoluta. Se podría pensar que, siendo una colección de aforismos, es un guiño al tamaño del género (minoría) y a su ansia filosófica (absoluta). Y sí; pero sobre todo defiende un ámbito donde el juego de las mayorías no deje fuera de juego a la persona, donde cada uno pueda alzar la mano, y cantar las cuarenta.


Ese tono rebelde y respondón lo confirma pronto el propio autor: “Me he pasado la vida siendo un izquierdista serio y aburrido. Creo tener, pues, ganado el derecho a pasarme la otra media siendo un divertido y gamberro reaccionario”. E insiste: “Toda filosofía progresista parte necesariamente de esta petición de principio: la naturaleza no existe… Y si existe, ya la cambiaremos” o “Petición de principio de todo conservador: ‘Las cosas son como son… por algo’”; y de remate: “A los, muchos, que me dicen ‘Yo creo en Dios, pero no en los curas’, les desconcierta a veces mi respuesta: ‘Yo a veces dudo de Dios, pero de la Iglesia, nunca’”.

La minoría no es soledad. En muchos aforismos del libro se escuchan ecos. De Ortega y Gasset (“Occidente, ¿lleva escrito en su nombre su destino?”), de JRJ (“El ingenio es una trampa en la que están deseando caer todos los tontos”), de Eugenio d’Ors (“Metáfora: chispa que se produce cuando corazón y cerebro contactan”), de Antonio Machado (“El primero y principal de los derechos humanos es el derecho a equivocarse”, y a renglón seguido: “El primer deber de todo hombre es el deber de rectificar”), de G. K. Chesterton (“Para practicar el amor libre hay, primero, que librarse del amor”), de Ramón Gaya (“Todos somos indigentes… de algo”) y, por supuesto, de Gómez de la Serna (“La tinta china debería ser amarilla”).

La voz de Baltanás no se ahoga en esos ecos, lo que no es mérito pequeño. Lo más suyo es el cruce entre el humor y la hondura. Ejemplos: “Bien escaso: redundancia”, “Declaración de amor: ‘Podría vivir sin ti, pero no me da la gana’”, etc.

Acompasado con el contenido, el volumen de La Veleta es una pequeña joya. La portada, hermosísima. Lo comprará una minoría, claro, y acertará absolutamente.

martes, 9 de junio de 2009

Cartas echadas

Como sabéis, para la juventud indígena de un pueblo de costa como el mío, el fin de agosto suele adquirir tintes dramáticos. En mi caso, adquiría tintas dramáticas, lo que era un consuelo. Se marchaban las veraneantas, pero nos intercambiábamos las direcciones y empezaba la temporada epistolar, que me gustaba casi tanto como la de playas. Oh los sellos, los sobres, la cuidada caligrafía, la nostalgia compartida, las tardes acortándose, todo, todo como en los poemas de Fernando Fortún, que leería mucho después, pero que vivía entonces...

Uno de aquellos cruces epistolares, tal vez el más breve, resultó decisivo. Aquellas cartas marcaron mi vocación, o al menos, puestas boca arriba, me la mostraron. Las dirigí a una chica monísima, de Badajoz. En la primera, deseando dar muestras de un fino temperamento artístico, metí un poema y un dibujo. En su contestación, ella se mostró entusiasmada con el dibujo. Del poema no decía nada de nada, un silencio total.

Fue el momento clave. Yo podría haberle mandado más dibujos y orientar mi carrera hacia las artes figurativas, que prometían más. Sin embargo, con una extraña conciencia de la gravedad de mi determinación, le mandé dos poemas, ni un solo dibujo. No contestó. Mi suerte estaba echada.

A veces la veo los veranos de nuevo por la playa. Se la ve muy contenta, con un marido que, la verdad, no tiene pinta de pintor, pero quién sabe. Yo sigo escribiendo, y tampoco me quejo.

martes, 2 de junio de 2009

El gran río

En La Argentina, preguntado de dónde era, el poeta sevillano Aquilino Duque contestó que del otro lado del gran río. Le entendieron que era uruguayo y Aquilino, entonces, tuvo que explicarse mejor. Venía de España, el gran río era el Atlántico y lo decía así porque nuestra península y su continente son las dos orillas del español, el puente que las une.

Yo no estoy tan viajado como Aquilino Duque, pero también corro mis aventuras. En plena alarma mundial por la gripe A, quedé en Madrid con el flamante accésit del premio Adonáis, Alfredo Félix-Díaz, recién llegado de México. Había leído ya Si resistimos, su poemario y, fortalecido por la admiración, estaba dispuesto a arrostrar el peligro. La entrevista discurrió fresca y cristalina y una corriente de simpatía se estableció entre nosotros. El gran río resultaba fácilmente vadeable.

Justo el tránsito entre las dos orillas es lo más destacado de su poesía. El joven mexicano ha leído a fondo a los españoles Luis Alberto de Cuenca y Julio Martínez Mesanza, sin dejar por ello de escribir unos versos muy de allá. Se ve en “1928” un poema magistral, épico, sobre la represión a los cristeros. Y en sus corridos se escucha nítidamente la influencia del Borges de Para las seis cuerdas (1965). Los ríos más grandes se achican y las fronteras se diluyen gracias al idioma común y a la cultura compartida. Da gusto; y, para colmo de dicha, yo de salud muy bien, gracias.

miércoles, 27 de mayo de 2009

Una carne

Los cócteles son una demostración palpable de que el matrimonio es una sola carne. Una pareja ha tenido que asistir a uno de ellos y una vez allí se da cuenta de que sus peores temores se han materializado: no conocen a nadie en la sala, o apenas de vista, que es bastante peor. Se esconden en una esquina de la fiesta, sonrojados, sin atreverse a molestar a los altivos camareros, buscando con ojos de pez la salida, pidiendo la hora, hablándose en voz baja. Aplastados por el peso de su soledad.

Sí, pero esa soledad les pasa porque son un matrimonio, una carne. Si uno llegase al cóctel, y se encontrase allí con una chica que le gusta mucho, y consiguiese acapararla toda la noche en una orilla apartada de la vida social, qué delicia, ¿verdad? En principio, eso es lo que tendría que experimentar uno con su mujer, pero no lo hace. Ya sabemos el motivo: el sacramento.

¿Y no podría olvidarse la pareja de sus anillos y recuperar el entusiasmo de las primeras etapas del noviazgo? La vida moderna deja muy poco tiempo para la conversación burbujeante y el flirteo frívolo, ¿por qué no aprovechar este cóctel? Pues porque el estado civil salta a la vista, y un matrimonio solo en un cóctel parece que sólo quiere remediar la cena. Lo mejor, por tanto, es saludar al anfitrión, y escabullirse en ayunas cuanto antes. Reírse juntos en el coche y, ya en casa, escribir un artículo. Éste.

martes, 19 de mayo de 2009

Elogio de la exageración

Antonio Machado lo supo: “A las palabras de amor/ les sienta bien su poquito/ de exageración”. Yo estoy de acuerdo, y, todavía más, creo que una pizca de exageración también les sienta de maravilla a las palabras de crítica literaria. Ojo, no para adornarse (si el libro es bueno) o para cebarse (si el libro es malo), sino para ser más objetivos. A la exactitud por la exageración, sería el método.

Lo explico. Mientras examinamos un texto, procuramos usar un instrumental ponderado y aséptico. Por eso, una vez que un juicio se tiene claro, conviene sacudirlo un poco en un sentido o en otro, para soltar esa frialdad de analista que se nos puede haber quedado entre los dedos.

Además, sucede que el arte verdadero está vivo, y crece. Lo he comprobado con asombro: años después, el libro que reseñé se ha hecho mayor y más maduro que cuando fue sólo una novedad. Las críticas, sin embargo, no crecen y, si no les dimos unos centímetros de ventaja, se quedan cortas enseguida. Con los libros mediocres pasa lo contrario. Aunque nada más salir parecían algo más, luego, como no tienen vida, o se pudren o se momifican. Una crítica negativa tiene que prever que, si algo es malo, seguirá empeorando.

No creo que esta columna en La Gaceta de los Negocios la lean muchos críticos literarios, pero no importa. Para todos es esperanzador ver que lo bueno mejora, y cómo lo hermoso brilla cada vez más alto, ¿verdad?

sábado, 16 de mayo de 2009

El ciprés

¿Conocen la anécdota de aquel caballero que cada año cruza la calle para preguntarle al vecino de qué color quiere que pinte su fachada? No sé si será cierta, pero está bien trovada. Es el vecino el que la va a contemplar cada día y es justo que él elija el color. Cuánta elegancia.

Lejos de mí usar tan hermosa historia como indirecta sobre el ciprés de mi vecino, y más teniendo en cuenta que él me podría sugerir, con más razón que un santo, una amputación de las cuerdas vocales de mis vivarachos perrillos. Pero el ciprés de mi vecino se seca y el que lo ve pudrirse soy yo. Teniendo en cuenta que un ciprés, por sí mismo, en todo su esplendor verdinegro, ya es el árbol de los muertos, y que Miguel Delibes comparó sus frutos con calaveritas pequeñas, imagínense la impresión que causa un ciprés redundando, esto es, muriéndose.

Un ciprés en condiciones apunta al cielo. Un ciprés agónico parece la muerte según un materialista: se empieza a pudrir por sus ansias de Más Allá. Esta primavera salgo al jardín, miro alrededor, veo el ciprés de mi vecino y me parece que estoy en noviembre. Para conjurar los malos espíritus y tratando de animar al ciprés, recito, por encima de la valla, a Machado: “Con las lluvias de abril y el sol de mayo/ algunas hojas verdes le han salido”. A ver si le da por emular al olmo, y yo puedo anotar en mi note-book la gracia de una rama verdecida.

martes, 28 de abril de 2009

Ricorditi di me

He vuelto a mi vieja universidad, que no es vieja. El viejo empiezo a serlo yo, y por eso a mi universidad, aunque sea en primavera, la veo entre las neblinas románticas de la lejana juventud. Lo bonito ha sido que en dos ocasiones dos compañeros de entonces me han reconocido por la calle a pesar del tiempo pasado y de los kilos ganados. Esos saludos afectuosos suyos han sido una sorpresa y han producido un efecto rejuvenecedor que ríete del aloe. Mis años de estudiante no fueron —por lo visto— una raya en el agua…

Yo, que tengo una memoria muy mala, he visto claro que quien se acuerda de ti te hace un regalo. He recordado entonces que siempre me emocionó aquel verso de la Divina Commedia con el que el alma de Pia de Tolomei le ruega a Dante en el Purgatorio: “Ricorditi di me, che son la Pia”. El lector siente que ella le pide una gran misericordia. Y ya lanzado a los recuerdos sobre los recuerdos, he recuperado las palabras del buen ladrón en el Calvario, que no fueron otras, ni más ni menos, que éstas: “Acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”.

Emociona comprobar que, entre tantos asuntos urgentes que reclaman nuestra atención, entre esas contraseñas y pines numerosísimos que no podemos olvidar bajo ningún concepto, entre los nombres propios y los cumpleaños de nuestros jefes y entre las continuas distracciones de la incesante actualidad, en la cabeza de alguien se defendió mi nombre y dos o tres anécdotas comunes durante más años que la guerra de Troya. Quien te recuerda te bendice; ahora lo sé bien; se me había olvidado.

martes, 21 de abril de 2009

Mala follá, una hipótesis

En mi reciente visita a Granada no he tenido ni una sola experiencia directa de la proverbial mala follá de los granadinos, sino todo lo contrario. Llegaba tarde a todas partes porque las personas a las que preguntaba cualquier dirección eran tan amables, te la explicaban con tanto lujo de tantos detalles, con tanta premiosidad, que te daban las tantas, nunca mejor dicho. Sin embargo, creo que estoy en condiciones de aventurar una hipótesis del origen de ese estado de ánimo tan, por lo que cuentan, característico.

Paseando por la ciudad, quizá porque era entre semana y primavera, percibí como nunca el ambiente universitario. Y cuando digo como nunca incluyo mi visita guiada a Oxford e incluso mis años en Pamplona, mi sancta sanctorum académico. Cuando estudiaba en la Universidad de Navarra lo vivía todo desde dentro, pero ahora lo veía desde fuera, desde muy fuera, y ahí estaba la clave.

Una juventud tan nueva, y entre unos edificios tan viejos y solemnes, por lo que el contraste resulta mayor, es un recordatorio incesante y creciente de que uno ya no es joven, no. Los granadinos, aunque estén en su ciudad, y bien bonita que es, siempre tendrán la sensación —como la tuve yo— de destierro, de expulsados de un paraíso en el que, para colmo, viven. Yo he estado allí sólo dos días, pero me di cuenta de que un poco de mala follá es lo menos que te entra.

martes, 14 de abril de 2009

La pascua

Si ahora estoy aquí, donde ustedes me leen, tecleando esto desde mi despacho, es gracias a que mi mujer ha salido sola a hacerle unas compras a mi madre, esto es, a su suegra. Compras que me tocaba hacer a mí, como es natural. Ha ido ella para que me dé tiempo a escribir este artículo, fíjense. Y ha conseguido congelarme los dedos por la responsabilidad. ¿Qué columna estará a la altura de su detalle?

Y no es sólo eso, que al fin y al cabo el matrimonio es entrega. Ayer cené un lenguado a la plancha —valga la redundancia—, gracias a cuyo fósforo y proteínas estoy esta mañana a pleno rendimiento de mis facultades mentales. Muy lejos de mí el vegetarianismo, pero un respeto —me exijo y no completamente en broma— al sacrificio de aquel lenguado. Que lo que yo haga con su aporte energético sea digno de él. Lo ideal sería que el lenguado pudiera enorgullecerse de estas líneas.

La responsabilidad nos tiene rodeados. No solamente a los columnistas cuyas mujeres van a la compra por ellos y que cenaron lenguado a la plancha, sino a cualquiera. La vida es un regalo que unos y otros nos hacen sin solución de continuidad. Uno nos la regala, es cierto, más que los otros, pero todos contribuyen. Los cenizos —como Cioran— piensan que así nos hacen la pascua, pero nos hacen la Pascua, un regalo impagable, y al que tenemos que intentar corresponder, aunque no podamos, porque ahí está la gracia. ¡Feliz Pascua Florida!

martes, 31 de marzo de 2009

Prólogo y reseñas


Uno siempre vuelve a donde fue feliz. Por eso compro todos los libros de y sobre Julián Ayesta. Su pequeña novela Helena o el mar de verano está entre mis favoritas, y es muy probable que, si alguna vez tengo que hacerle a usted algún regalo —porque me invite a cenar, por ejemplo—, aparezca con ese librito de Ayesta bajo el brazo.

Me he comprado, por supuesto, Dibujos y poemas de Julián Ayesta, editado por Trotta. La primera impresión es decepcionante, dicho sea sin remilgos. Antonio Pau en el prólogo califica (con benevolencia) a los dibujos de garabatos (porque tienen gracia, explica). Garabatos a los que, para colmo, dejan en evidencia los deliciosos cuadros de Dufy que pueblan el volumen. Los poemas son indiferentes, esto es, ni tan siquiera rematadamente malos.

Sin embargo, el libro merece la pena, porque esconde un buen puñado de felicidades. El propio prólogo de Pau es muy interesante y, tras repasar muy objetivamente la trayectoria de Ayesta posterior a Helena, comentando una prosa poética final, que recupera su estilo primero, remata con esta confesión: “¿Pueden aparecer de pronto treinta, cuarenta líneas que ignoran —afortunadamente, habría que decir, quizá en voz baja— una evolución de medio siglo?” Junto al prólogo y a la prosa mencionada, son extraordinarias la carta de Ayesta a su editor y sus reseñas teatrales, llenas de frescura y perspicacia. Lo peor del libro es su título, que destaca lo peor. Tendría que haberse llamado Prólogo, prosa, carta y reseñas.

martes, 24 de marzo de 2009

El espasmo del spam

Desconozco la etimología de “spam”... Pero, ¿cómo me atrevo? ¡En la era de la información no se puede desconocer nada!, así que corro a Wikipedia y me entero instantáneamente de todo: “La empresa charcutera estadounidense Hormel Foods lanzó en 1937 una carne en lata originalmente llamada Hormel's Spiced Ham. El Spam fue el alimento de los soldados soviéticos y británicos en la II Guerra Mundial, y desde 1957 fue comercializado en latas que ahorraban el uso de abrelatas. Más adelante, el grupo británico Monty Python empezó a hacer burla de aquella carne. Su divertidísima costumbre de gritar la palabra spam en diversos anuncios publicitarios se trasladó al correo electrónico no solicitado”.

Ya me temía yo que no tendría que ver con el espasmo, a pesar de que sea lo que me da a mí. No por el tiempo que me hace perder, que es poco: borro spam a una velocidad de pasmo, aunque alguna vez en el frenesí haya arrastrado algún correo importante y luego haya tenido que rebuscarlo por la papelera. Tampoco por el espacio: los buzones electrónicos no tienen fondo.

El spam me fastida por la desilusión. Mi ordenador me avisa cada dos por tres de que tengo seis nuevos correos, y yo los abro esperando encontrarme cartas de amigos, comentarios halagüeños a mi blog o una nota de mi mujer anunciándome que llegará antes a comer. Cualquier cosa menos esto, qué espanto.

martes, 17 de marzo de 2009

Termitas

He descubierto que nuestra casa, la que empezamos a reformar hace tres años, como lloré aquí, a la que nos mudamos hace sólo unos meses, como resoplé aquí, en la que saltan los fusibles, como me quejé aquí, nuestro hogar, dulce —a pesar de todo— hogar está infestado de termitas. Fue ver unos repugnantes gusanos y unas hormigas con largas alas saliendo de debajo del rodapié de madera, y saberlo: termitas. No las había visto en mi vida, pero como tengo el cenizo no tuve duda.

Aunque bien pensado, no es cierto. Las había visto y todavía más: las había buscado con afán. Sólo que entonces no sabía que se llamaban termitas. Les decíamos “lúas”. En mi infancia agropecuaria eran muy valoradas como señuelo en las perchas, unas trampas para pajaritos. Todo bastante salvaje, como ven y veo ahora, pero aquellas trampas parecían ballestas en miniatura de las que salían en Ivanhoe, una de mis películas favoritas. Encontrar en un tronco podrido un nido de alúas era una emoción comparable al hallazgo del tesoro en la Isla del ídem.

Al asco inmemorial por los gusanos, al terror a las termitas, se ha sumado ahora el remordimiento. En mi descargo alegaré que las usé poco: la emoción de ponerlas no justificaba la desolación de haber matado a un pajarillo. Pero alguno cayó. Descubro que aquellas alúas son estas destructoras termitas, y algo de mi congoja me consuela: la merezco.

martes, 10 de marzo de 2009

Los malos

La agitada vida del profesor de secundaria desestabiliza emocionalmente a cualquiera. En la misma mañana asistí a las lágrimas de alegría de una alumna porque había aprobado un examen mío de recuperación y a los insultos de otro porque le supliqué que no bostezara tan ostensiblemente durante la clase.

Por la tarde me pesaba más el conflicto que la celebración. ¿Por qué? Y me extrañé aún más cuando recordé que, en cambio, en todos mis artículos dedicados a la enseñanza, que son ya un buen puñado, pongo muy bien a mis alumnos, sin mentir, eso no, pero sacándolos siempre del lado mejor. Cuando mis alumnos son tuertos, los miro de perfil.

Una explicación de andar por clase sería que de los alumnos malos hablamos tanto en la sala de profesores, en los equipos educativos, con los orientadores y los jefes de estudio y por los pasillos que agotamos el tema. O que los agotados somos nosotros.

Pero en realidad escribo de nuestros alumnos buenos o de lo bueno de nuestros alumnos porque a fin de cuentas lo escrito es lo que queda. Lo malo, aunque en su momento impresione, no tiene sustancia, más allá del disgusto. La chica lloraba porque había decidido que si no aprobaba al menos uno de los exámenes de recuperación dejaba definitivamente el instituto. Mi nota era la última que le faltaba por saber, y la única que aprobó. Ahora la veo muy seria, en la biblioteca, estudiando.

martes, 17 de febrero de 2009

Sic transit

Hace unos días encontré en mi agenda esta misteriosa anotación: “A partir de ahora, por fin puedo hablar de L.” A bote pronto, L. es Leonor, mi mujer, pero el aviso no tenía sentido porque no hago otra cosa que hablar de ella. Teniendo en cuenta que a uno le encanta hablar incluso de otros temas, saber que disponía de uno y con su aura de intriga y no recordar cuál era, me inquietaba.

La alegría de recordarlo —tras un considerable esfuerzo— fue una decepción. El tal L. —caí— había tenido un minúsculo desencuentro literario conmigo. Hasta ahí, normal. Pero luego me informaron de que en la revista que dirige tachó mi nombre de un artículo. Como para variar yo era inocente y el otro se había portado raro, rencoroso y, de remate, ridículo, me entraron unas ganas enormes de contarlo todo con pelos y señales.

Sucedía, sin embargo, que mi fuente de información me pidió que esperara dos meses: el tiempo suficiente, supuse, para cobrar el salario por el artículo censurado. Me pareció justo y apunté el plazo en la agenda.

Eso fue en su momento. Nada más que sesenta días después se me había olvidado hasta el nombre del protagonista, y de mi rabia no quedaba ni sombra. Sic transit ira mundi. Sin los dos meses de reposo yo habría entrado como un hipopótamo en una cacharrería. Sin embargo, fíjense ahora qué serenidad, que parezco Epicteto, hasta con enseñanza moral y todo.

martes, 10 de febrero de 2009

Golpe de pecho

No escribo para salir favorecido; y esta vez toca ponerme regular. A fin de cuentas, se trata de contar la verdad, quede uno como Agamenón o como su porquero.

He descubierto que me estremece más el arte que la vida. Y que eso lleva a veces a una brutal falta de tacto. Camino hacia mi casa, por ejemplo, regodeándome en que me resta media tarde para dedicarme a la novela que me traigo entre manos, y en eso que de una inesperada esquina surge un conocido.

El conocido demuestra un interés muy notable en contarme detenidamente de su hija, que tenía un novio que a él no le gustaba y que, efectivamente, salió rana y que dentro de pocos días hace una exhibición de baile por bulerías (la niña) en el Teatro Municipal. Con cierta dificultad, tras comprarle dos entradas, logro desembarazarme, no sin haber dado antes unas muestras bastante evidentes de impaciencia.

Ahora, en casa, por fin, leyendo en silencio, me arrepiento. Por qué no habré sido capaz de interesarme con la narración del hombre y su hija y su novio al menos como lo hago con la novela o con cualquier película. Después de todo, no son historias muy distintas.

Cuestiones estilísticas aparte, es, me temo, porque un hombre de carne y hueso exige atención, sí, pero también cariño, caridad, entrega, y eso es justo lo que cuesta. (Ya avisé que yo no iba a quedar muy bien hoy, pero es lo que hay.)