jueves, 25 de febrero de 2010

Disculpen las molestias

Ya he contado alguna vez cómo admiré, en mi lejana adolescencia, aquella anécdota de Julián Marías. El filósofo se sentó una tarde a escribir un artículo. Empezó a escribir. Las causas se enredaban con las consecuencias, los análisis desembocaban en nuevas premisas y, cuando se vino a dar cuenta, tenía un libro entre las manos. Yo se lo escuché [en una conferencia que dio en Sanlúcar, en el patio de una bodega, al aire libre, con grandes jazmineros y el consiguiente olor del color de las estrellas, entreverado con el más amarillo de la manzanilla] con ojos tan abiertos como mi boca: Oh. Luego mi admiración se matizó, no por Julián Marías, no, sino por esta anécdota en concreto. Y sin embargo, yo llevo cuatro días que estoy, salvando las distancias, en las mismas. Me siento a escribir una entradica del blogg y, taca-taca-taca, le doy al teclado y, cuando caigo, tengo una columna para el periódico. Me está pasando lo que nunca: cuento ya con dos artículos de reserva para Alba y uno para Joly y otro para Misión. Sólo lo siento por ustedes si vienen aquí en busca de alguna novedad y nada. Disculpen las molestias.

lunes, 22 de febrero de 2010

Duelos y quebrantos

En la boda del sábado en Sotogrande me ocurrieron varios sucedidos, como suelen ocurrir siempre, aunque uno no vaya a una boda, a poco atento que se esté a lo que pasa. Pero no los contaré para no justificar a una compañera de mesa (valga la redundancia) a la que informé que tenía blogg y le di su nombre, y seguimos hablando de otras cosas, hasta que al final de la boda, a las tantas, fui a despedirme y me dijo, muy simpática: “Ya visitaré tus Duelos y quebrantos”. ¿Tan quejumbroso estuve?, me pregunté luego, inquieto, dando vueltas, sin poder conciliar el sueño.

Sí contaré el sucedido más gracioso, aunque tuviese ciertas gotas de humor negro que justificarían lo de “Duelos”. Las peticiones de la misa las hacían los típicos sobrinitos de los contrayentes, todo muy tierno. Cuando llegó el turno de pedir por los difuntos, ese momento álgido de emoción en toda boda que se precie, salió una niña monísima, y a uno empezó a metérsele el corazón en un puño. La niña, sin embargo, no andaba muy suelta en lectura y leyó trastatabillándodose: “Te ro—ga-mos, Se—ñor, por nu-es-tros-tros fa-mi-mi-liares mu—er—tos”… Entonces no pudo creerse lo que había leído o le impresionó vivamente y repitió: “¡Muertos!”, con un gritito entre el pasmo y la incredulidad. Nosotros nos quebrantamos el bazo de risa, dicho sea con todo respeto.

domingo, 21 de febrero de 2010

Clásica paradoja

El artículo de hoy puede decirse que fue un encargo por suscripción popular. Un buen puñado de antiguos compañeros me pidieron que de alguna manera saliese en los papeles nuestro encuentro. Pero en una paradoja que se ha dado miles de veces, pocos artículos tan personales como éste, tan encargado, he escrito nunca.

viernes, 19 de febrero de 2010

Qué Belloc es vivir

Un amigo me reprocha que en mis últimos artículos ande tan negativo. Como él y yo pertenecemos al club de los chestertonianos recalcitrantes, me arrea este argumento de peso: tío Chestnut (así tratamos en familia a Gilbert Keith Chesterton) habría encontrado algo positivo en la que está cayendo. Ah, vale, pero hay veces —me excuso— en que uno está más bien tirando a Belloc.

Hilaire Belloc fue uno de los innumerables íntimos de Chesterton, pero tan socio suyo en diversas aventuras intelectuales, políticas y religiosas que George Bernard Shaw habló del Chesterbelloc, un monstruo de cuatro brazos y cuatro piernas. Belloc era la parte furiosa del bicho y se ganó a base de rugidos el alias de Old Thunder, o sea, Viejo Trueno, que como mote retumba bastante más tormentoso que el de Uncle Chestnut.

Sin embargo, en cuanto me he puesto a recordar al viejo Belloc he caído en la cuenta de que era un cascarrabias muy particular. Hay dos citas suyas en las que nos da su manual de instrucciones para andar por la vida. La primera: “Renqueamos a través de este mundo complicado con la ayuda de dos muletas: la diversión y la belleza”. Si el mundo se me complica, y se me complica, motivo de más para echar mano de esas muletas mágicas, me propongo firmemente. No dejaré de divertirme jamás ni, desde luego, me cegará nadie a la belleza.

La segunda cita tampoco es manca: “La poesía es la única actividad, además de la religión, que siento que tiene auténtica importancia”. Belloc se aplicó el cuento con todas sus ganas. Sus poemas para niños son un jolgorio continuado. En ellos unió poesía y diversión. Y en sus epigramas amorosos aúna poesía y belleza. La religión (católica, apostólica, romana) la llevaba consigo donde iba.

Lo que empezó como una excusa para un amigo acaba como una exigencia para conmigo. Es verdad que Belloc se enfadaba mucho, y nosotros —a la vista de los acontecimientos—, qué remedio. Pero hay que hacerlo del modo que Chesterton le admiraba: sin dejar de reírse por lo bajo ni de encomendarse a lo alto.

jueves, 18 de febrero de 2010

Tan contento

No sé si mi próximo poemario avanza mucho, pero prepararlo es un ejemplo perfecto del trabajo gustoso de JRJ. Hace dos semanas, qué alegría me llevé al escribir un poema. Se lo leí a voz en grito y con eco por el hueco de la escalera a Leonor, que estaba arriba. Durante una semana más lo he releído con íntima satisfacción, poniendo y quitando, y quitando, y poniendo una coma u otra aquí y allá, y le he ido buscando su nido dentro del poemario, y coloqué muy ordenadamente su título en el índice. Ayer, sin embargo, caí en la cuenta de que no servía. No, de ninguna manera. Y de nuevo, qué alegría, y ahora qué alivio hondo y qué sensación del ligereza y de vuelo más alto mientras lo quitaba del libro y del índice, e informaba a Leonor del deceso a través del hueco de la escalera. A pocas matemáticas que uno sepa, el libro no ha avanzado nada, pero el corazón tiene más razones que la aritmética, y quién le quita a él lo bailado, su dicha de ida y la suya de vuelta.

miércoles, 17 de febrero de 2010

lunes, 15 de febrero de 2010

Mt 6, 26

Respicite volatilia caeli. "Fijaos en las aves del cielo", ordena Jesucristo, de manera que cuando los poetas les prestan especial atención no están sino cumpliendo un mandato evangélico. Que les resulta, por supuesto, muy amable, ya que entonces, precisamente, se nos invita a no preocuparnos ni por la comida ni por el vestido. Las aves del cielo ni siembran ni siegan y el Padre Celestial las alimenta, y encima nosotros —nos advierte— valemos mucho más, no un poquito más, que ya sería bastante, sino mucho. ¿Qué otra cosa pueda pedir un poeta?

Y para colmo, a renglón seguido, nos habla del tiempo inexorable y reflexiones anejas: "¿Quién de vosotros, por mucho que cavile, puede añadir un solo codo a su edad?" Así de claro, ea, para que los poetas metafísicos también se sientan aludidos por el pasaje. Y todos tan contentos. Amén.

domingo, 14 de febrero de 2010

Unos minutos de publicidad

Aprovechando que hoy es san Valentín, el patrón de la publicidad y la mercadotecnia, les enlazo el pdf de la revista Misión. Yendo a la página nº 8 del documento (la 14 de la revista) encontrarán ustedes un artículo mío que habla, esta vez sí, del amor, oh. El consejo publicitario es que se suscriban, que tiene la mejor relación calidad/precio del mundo: es absolutamente gratis. Podrán leer mis artículos, diría uno, embalado con el marketing, pero no sé si eso , con lo leidísimo que me tienen ustedes (gracias, gracias), tiene mucho gancho. Las ilustraciones, en cambio, son extraordinarias y merecen la pena. En el retrato de este número, yo he salido favorecido, naturalmente. Incluso Leonor se ve mejor, lo que ya es más discutible. Lo insólito es Carbón convertido en un lindo gatito, pero como él no se ha suscrito, pues ojos que no ven corazón que no siente.

sábado, 13 de febrero de 2010

Salir en la foto

Quién me iba a decir que un día yo, humilde ciudadano semi-anónimo, compartiría la misma angustia que Zapatero, ese líder planetario. Pero ni él ni yo salimos en sendas fotos en las que sale todo quisqui, y ambas ausencias nos han llenado a los dos de melancolía.

Hablaré de lo mío, que me duele más. Hoy nos reunimos los viejos (ejem) compañeros de colegio, y durante la compleja preparación del encuentro ha circulado mucho una foto de 1979, cuando visitamos, qué cosas, precisamente, el Diario de Cádiz. Pero por más que he aumentado la imagen y repasado una a una las felices caras de los escolares que fuimos, no he dado conmigo. ¡Con las ganas que tenía de llevarle la contraria a Neruda y suspirar a pie de foto: “Nosotros, los de entonces, somos aún los mismos”!

¿Es posible que haya cambiado tanto que no me reconozca? Claro que es posible, por desgracia; pero pedí socorro y los que me recuerdan de aquellos días no me ven por ninguna parte. Las posibilidades se reducen, pues, a dos: o ya con la tierna edad de diez años huía de las fotos como de la peste (y me escondí detrás de algún compañero) o ya con diez años andaba distraído (y llegaba siempre tarde o nunca). Mi ausencia, en uno u otro caso, adquiere dimensiones —aunque proporcionalmente pequeñas— proféticas. Lo que está descartado es que no fuese a esa excursión porque estuve allí, y hasta quién sabe si el veneno del columnismo no se me inoculó aquel día, con ese olor a tinta fresca que todavía, más de veinte años después, recuerdo tan bien.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Chestertonina

Aunque es una desgracia, por suerte Jesús Beades tiene dejada de su mano (de música) la blogosfera. Por suerte para mí y sólo por hoy, ojo. Hace unos meses escribí un artículo contra los balones en la playa, y Beades me abroncó porque no había sabido sacarle nada bueno al esférico: Chesterton le habría visto el chiste. Yo bajé la cabeza ante aquella tarjeta amarilla, y en cuanto tuve una oportunidad escribí otro artículo protestando contra los balones en la playa, sí, pero con un ánimo mucho más juguetón. Con el artículo de hoy, Beades me sacaría la roja, porque Chesterton habría dado con algo positivo (no sé, el hartazgo general de la política, la defensa de la intrahistoria y de la intimidad) a esas listas de noticias más leídas. Y yo lo habría hecho con mucho gusto de ser otras las noticias más leídas. En cualquier caso, y antes de que me lo prescriba un facultativo, voy a inyectarme uno o dos libros de Gilbert, a ver si así me subo los niveles de chestertonina, que no me vendrá nada mal, que tengo el síndrome de Erlich.

martes, 9 de febrero de 2010

El curso (de los acontecimientos)

A primera hora de la tarde, el curso de informática en el IES era un martirio transilvano. En eso estábamos de acuerdo todos los asistentes, incluido el director, que aquí era un alumno más. Pero como yo soy un hombre de recursos, me susurré encantatoriamente, a lo protagonista de La vita é bella: ahora estoy durmiendo la siesta y sueño con un curso de informática, algo así como la mariposa de Chuang-Tzu, así que cuando despierte ya no sabré si he sido el asistente en el curso de informática o el curso de informática en el sueño del asistente. Parece un cuento chino, pero os aseguro que la estrategia me ha servido a menudo en los momentos más apurados para descansar. (Mucha informática, en cambio, no se aprende.) Y estaba en esas. Lo malo es que cuando me iba quedando dormido (imaginativamente, por supuesto) me empezaba a dar lástima del ponente. Un hombre de carne y hueso, un alma de Dios, y venir yo ahora a difuminarlo en fantasmagoría, como aquel que dice, a rebajarlo a ente onírico. Eso no estaba bien. Por caridad, más que por un interés vivísimo en el programa Linux, versión Guadalinex, me mantuve firme en mi vigilia. Por motivos estrictamente ontológicos.

domingo, 7 de febrero de 2010

Estribillo

Como en las canciones que están poniendo a toda pastilla, en la fiesta te dedicas a repetir tu estribillo (“Me alegro mucho de verte--sí, hemos venido desde el Puerto--qué bien estás--¿sabes que estamos embarazados?”) a unos y a otros y a diestro y a siniestro y de frente y por la espalda: “Me alegro mucho de verte--sí, hemos venido desde el Puerto--qué bien estás--¿sabes que estamos embarazados?” Y como las canciones tontas de nuestra época, que están poniendo a toda pastilla, el hecho te llena de una efervescente felicidad (y de cierta afonía).

jueves, 4 de febrero de 2010

Tres notas en el diario

Aprovechando una Moleskine que me regaló mi cuñado en Navidad, me he puesto a llevar un diario, una contabilidad B con respecto a este blogg, cada día menos diarístico. Se trata, por tanto, de apuntar, una tras otra (y con algún ocasional comentario entre paréntesis) las actividades del día. En esas estaba, cuando de pronto me leo haciendo estas consideraciones:
1- Cuando esto lo lea otro, ¿entenderá las notas?, ¿la letra?, ¿las alusiones?
2- ¿A quién le interesarán, en todo caso?
3-Es imposible escapar a la metaliteratura. Llevo poco más de un mes escribiendo un diario estrictamente privado, pura anécdota, valga la contradicción, y ya me estoy haciendo preguntas sobre el género.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Taconazo

Lo hablo enseguida con el primer articulista que me encuentro: en el intervalo que media entre que uno manda la columna y sale publicada, pueden surgir noticias que te dejen fuera de juego. Es una agonía más que sumar a los plazos perentorios y al número exacto de caracteres (que en el de hoy, por cierto, tuve que exceder, porque me han cortado unas frasesitas y se puede ver un "y", el de "sobre todo", colgando como un pingajo). Pero no me quejo, porque a veces nos da tiempo a cambiar en el último momento, dando, digamos, un taconazo, y uno suspira aliviado. En este caso, además, si algún mérito tiene el artículo de hoy, aparte del homenaje, es el cambio en sí, precisamente.

lunes, 1 de febrero de 2010

El alma simpática

Como esa tinta juguetona, llamada simpática, que se vuelve visible cuando se la acerca a una llama, a mi alma la veo cuando la acerco a la música.