jueves, 20 de junio de 2013

Quejigo


Anoche me acosté exultante. ¿Cual podía ser la causa, me pregunté, de tanto repique taquicárdico de gloria? No lo de la nueva asistente del dentista, no, no, ni hablar. Fui a hacerme una limpieza, con todas las prevenciones que la ocasión produce. La chica está de prácticas. Me preguntó si me importaba. Le dije que no, y que no se pusiera nerviosa, porque lo estaba. Ya en faena, era muy agradable verla reclinada sobre mí, concentrada, a menos de 20 cm. Le caía un mechón de pelo rebelde, y se lo dije, y me pidió que yo se lo colocara, por los guantes. Noté que la mascarilla le sentaba bien y pensé que, si fuera un poeta arábigo-andaluz, lo del velo y los ojos me daría mucho juego. Mi situación era lamentable —por fortuna— en lo que a un flirteo se refiere: quiero decir, sin poder decir ni mu, siendo la labia mi punto fuerte, y con los dientes todos por fuera, como un caballo, siendo ese mi punto débil, del que sólo han conseguido consolarme Mario Quintana ("Las sonrisas desdentadas son las más sinceras"), G. K. Chesterton, y, sobre todo, Miguel de Cervantes. O sea, que fuíme y no hubo nada, y muy bien, claro. 

La alegría me esperaba, como siempre, en casa. Vi que a la ramita seca del brote de quejigo que cogí en aquella excursión, y que se había secado, ay, como todas las otras, le han salido tres hojitas nuevas, de un verde intenso, como mojado. Bailé una danza india alrededor de la pequeña maceta, para asombro del vecino norteamericano, que me miraba a través de los claros del seto rascándose la cabellera. Y ya esa alegría de las hojitas no se me quitó en todo el día, con independencia del éxito de convocatoria de los güelfos blancos, que llegó a la cifra multitudinaria de ocho firmes partidarios, abrumadora, para mí.  Pero volviendo a las hojas, ¿sentimiento machadiano del olmo seco, hendido por el rayo, y en su mitad, etc.? Creo que diferente, aunque entiendo hoy mejor a don Antonio. En él, es la resurrección; en mí, la vida. Cuando no teníamos hijos, me rondaba la idea aquella del gran Hopkins cuando no le salían poemas: "I'm an eunuch. Nothing comes". Incluso intentamos cruzar a Pukka varias veces, y no había manera, pues mi perra ha hecho voto de castidad, y ahora lamento habérselo puesto tanto a prueba (aunque las superó siempre). Pero una vez conseguí sacar unas glicinias de unas semillas que me había traído de nuestra antigua casa y sentí un zarandeo de gracia: el don de la creación y de la paternidad, que no es ni mucho menos sólo la genética ni sólo la espiritual ni sólo la poética, sino que todas valen. Lo iba a contar aquí, en el blogg, pero enseguida vino Carmen y lo trastocó todo, y los poemas de Con el tiempo, y luego Enrique, y ya, hasta ahora. Ayer, con las hojitas del quejigo, recuperé de golpe aquella emoción de la glicinia, pero casi mejor, porque ahora no venía a consolarme de nada, encima. 


2 comentarios:

zUmO dE pOeSíA (emilia, aitor y cía.) dijo...

En el mundo vegetal es frecuente esa extrañeza de que lo que creímos muerto nos sorprende de pronto con un "brote verde" (los economistas se han cargado la magia de esta expresión).

Por desgracia en el mundo animal este hecho, este "efecto Lázaro" que no es resurrección pero se le parece, no pasa casi nunca.

Ununcuadio Uuq dijo...

¡Espectacular! :D