viernes, 6 de julio de 2018

Epitafio universal


Un mirlo se ha dado de cabeza con el cristal del porche. Los niños lo han recogido del jardín y han tardado muy poco en perder la esperanza de que se restableciese. Hemos tenido que encerrar a Aspa que estaba menos bucólica y más Diana cazadora y, ya tranquilos, ellos han procedido a enterrar al pájaro con solemnidad. Carmen le ha escrito un epitafio, crecida por el éxito de su última composición. Igual que a Andrés Trapiello todo le empieza a servir para himno, a nosotros en casa cualquier ocasión nos vale ya para un epitafio. Esta vez, sin embargo, no le ha salido, aunque el verso: "Te recogí del suelo, y te di un nombre" estremece.

Enrique, decepcionado de los versos de su hermana (el nombre es "Plumitas"), ha venido a pedirme un epitafio como el de Pukka. Le digo: "No puede ser, porque Pukka estuvo dieciocho años con nosotros y al mirlo lo acabo de conocer y no me inspiro". Me ha replicado: "Pero tú eres amigo de Dios y Dios amaba al mirlo".

No he tenido que decirle nada. Me ha visto tan impresionado, que también se ha crecido, y ha añadido: "Tú eres hijo de Dios y Dios creó el mirlo, de modo que el mirlo es tu hermano, y puedes y debes escribirle una lámina ['Lámina' por 'lápida' y ésta por 'epitafio']. Creo que hay más poesía en la primera argumentación y más escolática en la segunda, pero ninguna está mal para un niño de siete años.

Y ambas sirven de  epitafio para el mirlo, para nuestro (ahora sí) mirlo.


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