sábado, 29 de septiembre de 2018

Me quito el cinturón en clase


Mis alumnos oían mis primeras explicaciones con una vergonzante cara de sopor. Son de FP y yo les habla de la iniciativa emprendedora. Se les entiende. Por fin, ¡por fin! sonó el timbre e íbamos a salir. Pero la puerta de hierro de la pequeña aula se había cerrado herméticamente, quizá con el calor había dilatado, y no tenía tirador, sino apenas un pestillo. Cundió el terror. Los más dispuestos trataron de tirar del pestillo, pero no podían. Alguno respiraba (lo noté) con más dificultad.

Entonces me quité el cinturón. Lo introduje por detrás del pestillo como el que usa un hilo dental, poco a poco, forzando, y luego tiré. Se abrió. Pero lo mejor fue que por dos o tres segundos los alumnos, por primera vez en seis o siete horas de clase, me miraron con otros ojos. Hubiese preferido que fuese por mis clases, y todavía más por un artículo, y muchísimo más por un poema que hubiesen leído por ahí, pero, bueno, el cinturón vale.

Pensé que quizá con otro grupo se podría repetir la actuación. Pero cuando regresé al aula ya habían colocado un tirador.  

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