Trabajó
en casa una chilena que era muy fan de Pinochet, al que llamaba “Pinocho”, pero
no enfadada por alguna mentira sino todo lo contrario: agradecida porque
prometió que todos los pobres tendrían su televisor y cumplió y ella tuvo el suyo a los
pocos meses. Lo conté en la sala de profesores de mi instituto, pero no le
vieron la gracia ni a lo de Pinocho. "¡Pinochet!", se rasgaban las vestiduras. Ahora trabaja en casa una rumana: esforzada, cariñosa con los
niños, honrada, seria. tan limpia que se pasa ya al traslúcido… Y comunista. Añora el régimen anterior, cuando las
chicas eran respetuosas, no había droga, todos tenían trabajo, etc. No para de
cantarme (a mí, ay) las múltiples excelencias del marxismo. Cuando lo cuente en mi sala
de profesores, ¿se escandalizarán tanto como de la chilena? A que no.
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sábado, 1 de octubre de 2011
jueves, 4 de agosto de 2011
Biserică
Corina nos ha preguntado por una iglesia. Creemos que ortodoxas --en su sentido-- no las hay en el Puerto, pero a ella, ecuménica como Steinhardt, no le importa. Quiere un lugar donde recogerse y rezar, nos indica uniendo las manos y mirando al cielo. La capilla de mi urbanización, de la que he sido siempre un ferviente, casi fiero, defensor, con su misa al aire libre, a medias de campaña y a medias de sermón de la montaña, todos reclinados en la hierba, de pronto me ha parecido insuficiente. Muy insuficiente. Y he comprendido como nunca hasta ahora la importancia del arte sacro. Corina, que no sabe ni español ni costumbres nuestras ni liturgia católica, necesita iconos, imágenes, vidrieras, sombras, cirios y piedras. No son un lujo cultural, sino una necesidad del alma. Hoy no me acostaré sin haber aprendido hasta los tuétanos algo nuevo.
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