Trabajó
en casa una chilena que era muy fan de Pinochet, al que llamaba “Pinocho”, pero
no enfadada por alguna mentira sino todo lo contrario: agradecida porque
prometió que todos los pobres tendrían su televisor y cumplió y ella tuvo el suyo a los
pocos meses. Lo conté en la sala de profesores de mi instituto, pero no le
vieron la gracia ni a lo de Pinocho. "¡Pinochet!", se rasgaban las vestiduras. Ahora trabaja en casa una rumana: esforzada, cariñosa con los
niños, honrada, seria. tan limpia que se pasa ya al traslúcido… Y comunista. Añora el régimen anterior, cuando las
chicas eran respetuosas, no había droga, todos tenían trabajo, etc. No para de
cantarme (a mí, ay) las múltiples excelencias del marxismo. Cuando lo cuente en mi sala
de profesores, ¿se escandalizarán tanto como de la chilena? A que no.
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sábado, 1 de octubre de 2011
sábado, 16 de abril de 2011
Con seis diminutas felicidades
Las cinco diminutas ferocidades de las nanas de Miguel Hernández son mucho más potentes, como metáfora. Pero lo nuestro, quiero decir, sus dientecillos son felicidades y no tan diminutas. Hoy Carmen cumple 11 meses:
Y lo ha celebrado dejando sus obligaciones domésticas del día a día
Éste es (o era) Brideshead Revisited, nada menos, leído por Sir John Gielgud.
Bien está lo que bien acaba, sería un bonito epitafio shakesperiano para la cinta.
domingo, 27 de marzo de 2011
Sin marcha atrás
Tengo mis dudas de que el artículo no sea demasiado íntimo-costumbrista-pijillo-falto-de-moraleja, pero se lo leí a Amparo para pedirle permiso, y desde ese momento fatídico ya no había marcha atrás. Le encantó, se rió a mandíbula batiente y lleva unos días preguntándome que cuándo y dónde lo publicaría, cuándo, dónde.
Una curiosidad. ¿Imagináis qué es lo único que objetó Amparo a la cosa?
Nada del sueldo, naturalmente, ni del marquesado. Eso le parece muy bien. Precisó que no tiene especial interés en que trabajemos tanto. Ha prometido, incluso, que si le toca la primitiva nos pagará un viaje, un viaje largo alrededor del mundo, los dos solos, y que no tengamos prisa por volver, que ella se encarga de todo.
Una curiosidad. ¿Imagináis qué es lo único que objetó Amparo a la cosa?
Nada del sueldo, naturalmente, ni del marquesado. Eso le parece muy bien. Precisó que no tiene especial interés en que trabajemos tanto. Ha prometido, incluso, que si le toca la primitiva nos pagará un viaje, un viaje largo alrededor del mundo, los dos solos, y que no tengamos prisa por volver, que ella se encarga de todo.
lunes, 14 de febrero de 2011
Tuiteando
Terrible decepción de Amparo al ver que llego a casa sin un ramo de flores para Leonor, hoy, ¡hoy!, San Valentín.
Mis explicaciones no la convencen.
Mis explicaciones no la convencen.
viernes, 21 de enero de 2011
Osito
Carmen salió ayer a merendar. Se la llevó Leonor, que había quedado con sus compañeras de la bodega. Esas meriendas son eternas, eternas. Amparo y yo salimos, desazonados, a despedirlas. Luego, la casa, entre el frío y la noche, que caía lenta e inexorable, y el silencio, parecía muchísimo más grande. Los pasillos se alargaban. Yo leía y leía en el cuarto de estar, cada vez más gris. De pronto, del fondo de la casa, oí al osito mecánico de Carmen que decía: "Canta conmigo: uno, dos, tres, cuatro..." Y luego: "Vamos a aprender los colores: rojo, azul, verde y aaamariiilooo". Amparo, cincuenta y pico años, estaba jugando con él.
viernes, 14 de enero de 2011
La mano que mece la cuna
A los pocos días de llegar Amparo a casa a cuidar a Carmencita, me di cuenta de que tenía que apuntar lo que iba diciendo para escribir cuanto antes una entrada. Fue cuando la oí llamar a grito pelado: “¡Carbón, ven aquí, ven a comerte a Carmen!” porque la niña no quería comer... Pegué un respingo que me duró tres días y no sé cuántas noches. Cuando estuve ya casi repuesto, dijo, pensativa: “Huy, esta niña está tan mona que la voy a vender”, y regresaron mis pesadillas. Cuando le da biberones, la anima al grito de: “¡Otro buche de vino blanco!” y cuando es tila o manzanilla: “Y dale otro trago a la cerveza”. Me consuelan: “Pero se nota que la quiere mucho”; y vaya si se nota, porque en sus momentos de arrebato, suspira: “Ay, ay, que yo me la voy a llevar a Chile”. De paseo sí se la lleva constantemente, despidiéndose de esta guisa: “Carmen se va al parque a ver a los muchachos”. Claro que no sé si es peor que se quede, porque luego nos asegura: “La niña y yo lo hemos pasado cachondo”. A todo se acostumbra uno, sin embargo. Y acabé olvidando el propósito de la terapia bloguera. Hasta que ayer, mientras cenábamos, nos aseguró que había visto una película preciosa. “¡Oh, sí, qué interesante —repusimos Leonor y yo al unísono—, y cuál, Amparo?”. “La ramera errante”. El respingo fue tan grande que esta vez nos lo notó. Por lo visto, no sale nada de nada en la película ésa, nada, es muy decente, es preciosa, de aventuras. “Ah, ah”, alcanzamos a decir con un hilillo de voz, boqueando.
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