jueves, 4 de agosto de 2011

Biserică

Corina nos ha preguntado por una iglesia. Creemos que ortodoxas --en su sentido-- no las hay en el Puerto, pero a ella, ecuménica como Steinhardt, no le importa. Quiere un lugar donde recogerse y rezar, nos indica uniendo las manos y mirando al cielo. La capilla de mi urbanización, de la que he sido siempre un ferviente, casi fiero, defensor, con su misa al aire libre, a medias de campaña y a medias de sermón de la montaña, todos reclinados en la hierba, de pronto me ha parecido insuficiente. Muy insuficiente. Y he comprendido como nunca hasta ahora la importancia del arte sacro. Corina, que no sabe ni español ni costumbres nuestras ni liturgia católica, necesita iconos, imágenes, vidrieras, sombras, cirios y piedras. No son un lujo cultural, sino una necesidad del alma. Hoy no me acostaré sin haber aprendido hasta los tuétanos algo nuevo.

5 comentarios:

Bosco Suabia dijo...

Bisericâ... De basílica. Mola

Jerónimo Molina dijo...

¡Ah! Lo repetía mucho Álvaro d'Ors: Ex Oriente Lux. Se ve claro luminoso que tenía razón.

Gonzalo dijo...

Cuánta verdad. Y qué daño hace ese vaciado de los templos, como si fueran dispensarios y no precisamente eso, templos de Dios.

AnaCó dijo...

Que bien me cae, sin conocerla, esta tocaya que me ha salido en tu blog.

Breo Tosar dijo...

Querido Enrique,
hacía mucho que no pasaba por aquí sin dejar unas líneas. Pero esta entrada me resulta muy especial, y me toca muy personalmente.
No hay nada más hermoso que compartir la fe con personas de distintas tradiciones, para que se caigan nuestros prejuicios y descubramos lo realmente importante, el amor de Dios.
Acabo de pasar una semana en Francia en la comunidad ecuménica de Taizé,"esa eterna primavera", como decía el papa Juan XXIII. Escuchar su bella música, contemplar en silencio ese misterio rodeado de jóvenes de todas partes del mundo, protestantes, ortodoxos y católicos, y compartir la belleza de la oración contemplativa es muy necesario. Juan Pablo II comparaba a Taizé con una fuente, donde uno va a refrescarse en este desierto que es la vida. Los pastores suecos y los patriarcas rusos también lo veían así.
Yo invitaría a Corina a una oración al estilo de Taizé en una parroquia, y luego me la llevaría a tomar algo... pero eso ya es otra historia...