domingo, 27 de agosto de 2006

Para empezar a entendernos


Dentro del género ensayístico, lo más esclarecedor que he leído en los últimos años es la obra del antropólogo francés René Girard. De sus libros, si tuviera que elegir, aconsejaría Veo a Satán caer como el relámpago, porque culmina su emocionante evolución intelectual.

El pensamiento de Girard se construye sobre una teoría sencilla. Entre los hombres, el deseo nace por imitación o contagio, lo que produce envidias, que tensan las relaciones hasta un estallido brutal de violencia. La sociedad, para contener esa explosión autodestructiva, busca un chivo expiatorio que pague las culpas de todos. De ese modo, se calman las aguas, pero volverán a agitarse inevitablemente y habrá que recurrir otra vez al sacrificio, que acaba ritualizándose. Lo asombroso es que Girard demuestra que este mecanismo se halla en el fondo de importantes textos históricos y literarios, y que ha sido y es un patrón oculto, aunque real, de la conducta humana.

A partir de ahí, las aplicaciones son numerosas. Desmonta todas las especulaciones sobre el carácter tópico de la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesús, que lo asimilaban —en la estela de Frazer— a los mitos religiosos. Según demuestra, es justo lo contrario: Cristo denuncia el sistema sacrificial, de cuya falsedad nos redime. Por eso, Satán, padre de la mentira, cae como el relámpago. Además, nos acerca al Antiguo Testamento con una nueva luz, mostrando que encierra una primera e insólita rebelión contra el sacrificio de los inocentes chivos expiatorios, sobre todo en el Libro de Job y en algunos Salmos.

También ilumina las grandes obras literarias. El propio Girard ha explicado en otros libros a Sthendal o a Shakespeare. Cesáreo Bandera, continuando esta línea, realiza un impagable estudio sobre el Quijote en Monda y desnuda, que ningún lector de Cervantes debería perderse —y no exagero.

La obra de René Girard, además de ser teología y antropología, o por serlo, sirve para comprender el aquí y ahora, desvelando el trasfondo de nuestras convulsiones sociales. Lo ha demostrado Alejandro Llano, al aplicarla con brillantez a los acontecimientos que siguieron a los atentados del 11 de marzo.
[Publicado ayer en "La Gaceta de los Negocios"]

17 comentarios:

Enrique Baltanás dijo...

Gracias por estas pistas, que habrá que seguir.Del libro de Bandera no tenía noticia. Lo leeré.
A Girard tampoco lo he leido, y sin leerlo, no entiendo muy bien cómo el deseo nace por imitación. Yo creía que nacía por instinto. Así que también lo leeré, más que por la teoría (que, de entrada, no me convence mucho), por la aplicación a casos y obras concretos.

Arp dijo...

Yo leí un artículo de Cesáreo Bandera y me pareció magistral. De ahí saqué la idea de leer a Girard, que todavía no he puesto en práctica: lo pongo en mi lista de 'urgentes'. De algún modo hay que superar la melancolía de la vuelta a España (y sin haberlo buscado, me ha salido una anfibología, que para la rima no valgo).

Enrique Baltanás dijo...

Hombre, Arp, cita el título de artículo por lo menos. O nos quedamos a dos velas.

Joaquín dijo...

Para quienes (como es mi caso) no conozcan la obra de Girard, pueden desayunarse con el artículo de la wikipedia:

http://es.wikipedia.org/wiki/Ren%C3%A9_Girard

En la entrada en español, se dice que el diccionario de Ferrarter ni siquiera lo nombra. Es llamativo que las entradas de la wikipedia en francés, inglés y español son distintas, y excelentes como primera introducción.

Lo que me llama la atención de este profesor emérito de Stanford es que quiere superar las 'logomaquias' de la metafísica de occidente. ¿Una filosofía para el futuro?

E. G-Máiquez dijo...

Comprendo, amigo Baltanás, que mi entrada, de entrada, no convenza demasiado: es un resumen comprimido y, tal vez, mal explicado. En realidad, el instinto hace que deseemos cosas por imitación o por contagio, como hacen los niños (y los mayores) con los juguetes. Pero lo mejor es dejar que Girard se explique. Si el libro no te convence, yo te pago y unas cervezas para discutirlo...

Arp dijo...

Hice una reseña del libro, en la que ponía esto (soy pedante, lo veo, pero ahí está, y además con autocita):
"Cesáreo Bandera offers a suggestive literary essay on the difficulty of creating epic in European literature from the Renaissance on, which he explicates by reframing the problematic of violence and the sacred in myth, which was completely transformed with the arrival of Christianity".
El libro es: José María Candau Morón, Francisco Javier González Ponce, Gonzalo Cruz Andreotti, Historia y mito. El pasado legendario como fuente de autoridad. Actas del Simposio Internacional. Málaga: Servicio de Publicaciones. Centro de Ediciones de la Diputación de Málaga, 2004. Pp. 517. ISBN 84-7785-625-7. €20.28.

Joaquín dijo...

“L'histoire du christianisme est jalonnée par quelques penseurs qui construisent par leur génie l'intelligence de la foi chrétienne. Il y eut Augustin de Tagaste, Thomas d'Aquin, Blaise de Clermont-Ferrand. Mais l'importance de leur contribution n'apparaît pas toujours pleinement de leur vivant. Il est très difficile aux hommes de reconnaître le génie de leurs contemporains là où il se trouve, justement à cause de ces rivalités mimétiques dont sont habités les prétendants à la vérité. En conséquence peut-être faudra-t-il attendre la prochaine génération pour que les chrétiens mesurent l'importance de l'apport girardien.”

Joseph Bosshard, “la pertinence anthropologique du christianisme”

http://home.nordnet.fr/~jpkornobis/index1.html

(excusas por la pedantería…)

E. G-Máiquez dijo...

No hay pedantería que perdonar. Os agradezco el ambiente cosmopolita y, sobre todo, el interés por Girard, que os lo pagará con creces.

Jesús Beades dijo...

Sospecho que me hará Girard unos cuantos grados más...

hjalbero dijo...

De los libros que leí en el 2004, éste de Girard fue el que más me impresionó. Luego he leído otros suyos, aunque ninguno expone sus teoría con mayor claridad y eficacia. Es cierto que tengo algunos reparos a sus teorías, que se me antojan un tanto reduccionistas. Y también que en la segunda lectura de Veo caer a Satán acabé un poco cansado de sus manierismos estilísticos (hay un exceso de oraciones escritas con la estructura de "Lejos de suceder tal cosa sucede tal otra"). Pero, con todo, se esté o no de acuerdo con Girard, no leerlo es perderse algo importante. Cualquiera que tenga un mínimo interés por la religión, la historia o el comportamiento humano está obligado a leer a Girard; de lo contrario, puede estar dando palos de ciego cuando opine sobre estas materias. Por poner sólo un ejemplo, después de Girard es difícil seguir tragándose ese optimismo iluso acerca de lo bonita que era la vida en los tiempos paganos.

Mora-Fandos dijo...

Buen resumen, Enrique. La pregunta de Enrique B. yo también me la he hecho, y aún sabiendo lo que contestas, de algún modo me la sigo haciendo. Girard me parece un tipo de trascendencia histórica, por bajar hasta esas honduras... En fin, da para mucho, y me hace pensar en el problema de la autenticidad vs mimetismo, Kierkegaard... Gracias por la pista de Bandera.

Anónimo dijo...

Afortunadamente René Girard empieza a ponerse entre los columnistas más certeros de la prensa española. Aquí recojo este artículo que apareció en la prensa balear a principios de mes y que habla con admiración del pensador francés.

'Cuando empiecen a suceder estas cosas...'

DANIEL CAPÓ

Hace unos meses, mi buen amigo, el poeta José Mateos, me recomendó de modo encomiástico la lectura del libro de conversaciones con René Girard, Cuando empiecen a suceder estas cosas... Conocía a Girard gracias a un libro, La violencia y lo sagrado, que me causó una hondísima impresión cuando lo leí por primera vez hace ahora diez años. La traducción, algo farragosa -aunque quizá se trate del propio estilo desmañado de Girard-, permitía vislumbrar el vigor intelectual de uno de los pensadores más originales y atrevidos del siglo XX. Original, le parece a uno, por su capacidad de volver a los orígenes y recuperar la fecundidad de los inicios, y atrevido por la audacia de tratar de tú a tú alguno de los tótems triunfantes de la posmodernidad -de Sigmund Freud a Friedrich Nietzsche, con parada en la posta sartriana-. Años más tarde, me encontré con la sorpresa del ensayo escrito por el profesor Alejandro Llano acerca de las intuiciones fundamentales de Girard. Llano formaba parte de un claustro de profesores -de Gonzalo Redondo, cuya monumental historia cultural del franquismo no se encuentra a la altura de su carismática oratoria, a Luis Arechederra, pasando por Jacinto Choza- a los que tuve la ocasión de tratar durante mis años de estudiante. De los maestros, uno no espera obtener grandes certezas sino adquirir una cierta nobleza al pensar. En el caso de Girard, es también esa nobleza la que importa.

Afirma Alejandro Llano que "la pieza doctrinal clave de René Girard es la teoría del pensamiento mimético, según la cual los deseos humanos más relevantes no suelen ser naturales y espontáneos, sino aprendidos de otros, imitados de otros". En contra de lo que vendría a sostener el psicoanálisis, el deseo humano se moldea a partir de los deseos de los demás, imitando la conducta y el comportamiento de los hombres. Este mimetismo del deseo conlleva inevitablemente la aparición de la violencia, cuando los individuos luchan por apropiarse de un mismo objeto y dar cumplida cuenta del deseo compartido. La segunda de las tesis girardianas asegura que, fruto de esa violencia mimética, las sociedades entran en crisis, se deconstruyen, y terminan culpabilizando a una víctima inocente del desorden social. Y será gracias a la expulsión de ese chivo expiatorio -gracias, se diría, a este crimen perpetrado socialmente- como se logra restablecer el orden en una sociedad.

Ya Walter Benjamin -desde una perspectiva muy distinta, pero también centrada en la inocencia de las víctimas- afirmó que detrás de una cultura se encuentra la barbarie. La nobleza de pensadores como Girard, Benjamin o Levinás estriba en que todos ellos se han tomado en serio la centralidad de la víctima a la hora de interrogarse acerca de los fundamentos de la justicia.

No es lo mismo pensar en el Otro (sea el inmigrante, el lumpen o el musulmán) como alguien ajeno al que se puede humillar, o reconocerle dotado de una dignidad inalienable equivalente a la nuestra. Y de ahí se sigue que la lucha contra las leyes de la violencia supone el reconocimiento de la inocencia de las víctimas y de la verdad última de la que son portadoras.

Jesús Beades dijo...

¡Vaya con el usuario anónimo! ¡Qué despliegue de medios, como se dice ahora!

"De los maestros, uno no espera obtener grandes certezas sino adquirir una cierta nobleza al pensar." Muy buena esta frase, sí señor. Si se aprendiera a tiempo, no se vivirían ciertas frustraciones o tiranteces cuando se empieza a discrepar de los que uno considera maestros.

Javier Álvarez dijo...

A mí Girard me gusta bastante; a diferencia de otros intelectuales europeos, dedica cierta atención a la literatura española. En «Mentira romántica, verdad novelesca», creo, estudiaba con detalle «El curioso impertinente».

Ahora bien: creo que C. Bandera lleva las cosas demasiado lejos. En el próximo número del «Anuario de Estudios Cervantinos» aparece mi reseña de «Monda y desnuda» --qué mal suena auto-citarse--, y allí digo lo que pienso del libro de C. Bandera, vamos, que desconfío sobremanera de los enfoques antropológicos en Literatura. Interpretar (a zaga de V. Propp) segmentos narrativos de la literatura ‘culta’ como rituales de iniciación, rituales de sacrificio, me parece muy arriesgado.

Saludos a todos, y perdón por el momento de narcisismo.

E. G-Máiquez dijo...

A mí el narcisismo me parece lo más natural del mundo. Y bromas aparte, estoy deseando leer tu artículo. ¿Lo colgarás en tu blog? Avisa, al menos, cuando salga.

Javier Álvarez dijo...

Bah. Es sólo una reseña de dos páginas...; avisaré de todas formas. Te sigo leyendo, entretanto.

E. G-Máiquez dijo...

Que tú humildad no te engañe, Javier. En literatura nada se mide por su extensión, como sabes bien, que he visitado tu esplendido blog. Sí, avísanos, eh.