martes, 12 de septiembre de 2006

Remember!

Nos encontramos con unos buenos amigos. Iban con una adolescente muy mona. Al saludarnos resultó que la chica era una sobrina suya que hace dos años pasó también unos días en el Puerto. Por entonces era una niña, pero estos dos años han cundido bien, han hecho su trabajo. Cuando niña no quería más que jugar con y pasear a nuestros perros, y se presentaba cada dos por tres en casa. Una tarde de ésas los perros atraparon un gato y fue impresionante, pero esa es otra historia, y más bestia. Ahora los tíos le dijeron: “Mira, Leonor y Enrique, los dueños de los perros, ¿te acuerdas de ellos, verdad?”. La adolescente, con un leve rubor, contestó: “No”. Eso azoró bastante a sus tíos: “Pero, ¿cómo es posible, si fuimos a la playa, si otra tarde, si un gato, si aquella noche…” “No. No. No. No.” Nuestros amigos empezaron a preocuparse por la actividad neuronal de su sobrina: no caían en que ella de lo que no quería acordarse era de ese interés canino de antaño, tan pueril. La prueba es que, en vez de fingir el reconocimiento, como hacemos todos los que sufrimos mala memoria, ella se encastillaba en sus noes, defendiendo como gato panza arriba su recién conquistada madurez. La vida misma. Cumplirá más años (que también harán, ay, su trabajo) y algún día se encontrará añorando las tardes interminables de los veranos de su niñez. “No preocuparos —les dije a sus tíos— ya se acordará”.

7 comentarios:

Enrique Baltanás dijo...

Preciosa anécdota. Y la categoría (según mi modesto entender). Nos pasamos una buena parte de nuestra vida diciendo no, no, no. De pronto empezamos a decir sí, sí, sí. Pero ya no tiene remedio.

Rocio Arana dijo...

Ayyyy qué nostalgia... ¿Por qué lanzas palabras que son bellas pero duelen tanto? Y Baltanás (por detrás) acaba de arreglarlo.

Juan Ignacio dijo...

Sabía que les cuesta a los padres darse cuenta de que los hijos crecieron. Pero no sabía que a los tíos también podía sucederle.

Gracias a Dios están los amigos.

No preocuparos —les dije a sus tíos— ya se acordará...

Carlos RM dijo...

Certera esta entrada, muy gráfica y reconocible: todos hemos actuado alguna vez como esa «lolita». Pero el comportamiento maduro en su caso sería, pienso, reirse de algo así, adelantarse a recordarlo incluso. Supongo que madurez, naturalidad y sencillez son casi sinónimos y, tal vez, en el fondo inalcanzables.

Miguel Ángel dijo...

Leyendo la anécdota recuerdo un haiku que acabo de leer y me ha entusiasmado:

"Cuánto has cambiado.
Cuando recuerdas, sientes
vergüenza ajena."

Te suena, ¿no? Simplemente me quito el cráneo.

Rodríguez dijo...

Llego aquí desde no se donde y me encuentro con esta preciosa anécdota. Felicidades por saber escribirla.

Pablo Buentes dijo...

Simplemente espléndida, la anécdota es genial y me siento identificado con la niña... Creo que todos nos arrepentimos de algunas cosas que hicimos, pero llegado el momento siempre queremos volver atrás a esos momentos en que no nos preocupaba el que dirá de la gente.

Por cierto, ya que hablas de VERDAD en el post del dia 14, no hay más verdad que tu frase de aquellos que fingimos por tener mala memoria... Son infinitas las veces que he tenido que fingir conocer a alguien que no recordaba haber visto nunca, ¿será cierto eso del castigo de mala memoria de Dios a los poetas?, entonces, ¿por qué la sufro yo que no soy capar de unir dos palabras?