viernes, 1 de febrero de 2013

Piña



Estuve todo el día fuera, y me fue bien, muy bien, pero lo mejor me siguió pasando en casa. Carmen, al volver del cole, vio en la bolsa de basura de una casa una piña y decidió llevármela de regalo para la chimenea. Es la primera vez que me trae un regalo. Leonor me lo contó por teléfono y la ilusión con que Carmen me esperaba para enseñarme su/mi piña. Cuando llegué ya se habían dormido todos (¡gracias a Dios!). Esta mañana, por suerte, sí he podido  agradecérselo a Carmen como merece. Una flor o un dibujo me habrían gustado, desde luego, pero menos, porque las piñas para la chimenea me apasionan como nada y ella se ha dado cuenta. Cuando la encendamos, la piña al rojo vivo será una flor intocable y luminosa, nimbada por un círculo de fuego, como la rosa de Dante.

Esa anulación del espacio me ha recordado a la que sentí físicamente hace unos años. El jovencísimo sacerdote celebraba una de sus últimas misas en España. Marchaba a Japón. Yo estaba muy impresionado por su viaje. Pero cuando alzó la Hostia consagrada supe que no se iría lejos, que siempre estaría agarrado al centro del universo, a cuatro pasos de mí, que no había distancias. 


5 comentarios:

Gonzalo dijo...

Curioso. Yo enciendo la chimenea con piñas cada tarde, y me encanta verlas arder...

María dijo...

Te iba a decir: no la quemes, guarda como tesoro ese primer regalo.
Pero tienes razón: el gran regalo es que ella se ha dado cuenta de que las piñas te gustan como nada. Eso es un regalo mayor que la propia piña.

Anónimo dijo...

Esa rosa de Dante se transformaría después en la gongorina "mariposa en cenizas desatada".
Jilguero

ACdR dijo...

¿No son las piñas uno de los símbolos cristianos de la inmortalidad? Eso al menos me dijeron hace mucho tiempo en Vilar de Donas, una pequeña iglesia camino de Santiago cuyo pórtico estaba adornado con ellas.

CB dijo...

Maravilloso. Y más aún porque la viera en la basura.