jueves, 23 de febrero de 2017

Visto y no visto


Antes, cuando iba y volvía en tren, daba para mucho traqueteo ir a Madrid. Ahora que, por no perder horas de instituto, voy en avión, el viaje pasa volando.
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Aturdido, apenas avanzo en el sistemático y esclarecedor resumen que ha hecho Domingo González en René Girard, maestro cristiano de la sospecha.  Jerónimo Molina Cano me lo recomendó vivamente  y (recomendación mimética) vivamente lo recomiendo.
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Un nudo en la garganta. Como Leonor estaba de viaje de trabajo, los niños me ayudaron a hacer la maleta. Carmen miraba (y acariciaba) las camisas y los pantalones para escoger los más bonitos y delicados. Como Quique iba por detrás, pero también quería trabajar en la maleta, se concentró en las corbatas. Ya en Madrid, al abrir la maleta, he contado ocho.
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Reluciente. También incluyó Quique (ya digo, dispuesto a no quedarse atrás) una esponja para limpiar zapatos. Yo llego a la lectura con los míos relucientes. Nadie se fijará. La gente es más de fijarse en los zapatos sucios. En los zapatos y en todo lo demás, ya sean errores o erratas, que tanto tengo siempre, y más últimamente.
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Antes, en el aeropuerto había remediado el almuerzo con Alfredo Félix-Díaz, que regresaba a Alemania. Se enteró de que iba a Madrid gracias a una oportuna mención de Ángel Ruiz en Facebook. A la alegría de ver al amigo, se sumaba la de vencer las dificultades de siempre de vernos y de una forma tan peliculera, tú a Berlín, yo a San Dámaso. Allí, además, tuve una relevación girardiana. Cuando nos fastidia que alguien nos hable de su libro, es por pura rivalidad mimética: porque queremos hablar del nuestro. Sin embargo, por una vez yo estaba venciendo el magnetismo mimético, porque la amistad y la admiración son así: Alfredo me hablaba de su libro y yo pensaba que la conversación era apasionante. (No quiero parecer beatífico: casi nunca me pasa.)
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En la conferencia de Fernando Ariza sobre la poesía de Emily Dickinson, una revelación: ella se consideraba una “monja rebelde”, por au amor a la reclusión, a la soledad, al silencio y por veneración a lo sagrado. Más tarde, yo leeré el poema de Mario Quintana “Si fuese sacerdote”; pero no seré capaz de improvisar una teoría sobre la consagración paralela que implica la poesía, y la tenía delante de mis ojos.
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Además olvidé contar, liándome con una anécdota,  lo importante que he descubierto gracias a esta invitación. Es en “Otro autobiografía”:



La anécdota es que en el poema perpetré el andalucismo de escribir “no preocuparos” en vez del ortodoxo “no os preocupéis”. Luego caí en la cuenta de mi error garrafal (otro) y pensé que el soneto no serviría para nada y que ya no lo podría corregir porque en un soneto las rimas cristalizan. Hasta que vi, deslumbrado, que me venía muy bien la equivocación para mostrar gráficamente cómo voy, en efecto, equivocándome. Yo metía la pata y la Providencia me echaba una mano. Salvaba el soneto por los pelos. Pero la anécdota me hizo olvidar la categoría. Como se sabe, mi soneto está replicando al poema famoso de Luis Rosales, “Autobiografía”. Como las jornadas en la Universidad San Dámaso eran sobre “Religión y poesía” yo había hecho la selección de mi poesía más confesional. Y al hacerla, había descubierto --aunque ya digo que no lo dije-- que la razón de ser de la alegría del poema, a pesar de haberme equivocado en todo, está en las Personas y en las personas con que comienza el poema: Dios, Leonor, amigos míos…
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Hablando de amigos, qué compañía ver entre el público a Carmen y a David Arias. En una lectura de poesía deben de estar los que pasan por allí, los interesados, los aficionados y los amigos. Sin esas cuatro patas, se tambalea. Carmen y David me sostenían.
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En la cena --entre los techos altos y señoriales de la casa del anfitrión, la dulzura de la anfitriona, el encanto de los anfitrioncitos, el vino abundante, la euforia `pr los nuevos conocidos-- hablo demasiado. (Leonor dirá que no me hace falta nada de lo anterior para hablar demasiado.)
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Dos momentos delicados. Me preguntan quién es mejor poeta, si Jaime o yo. En una milésima de segundo tengo que decidirme entre la candidez y el cinismo. Trato de que el anacoluto me eche un cable: “El mejor es… yo”. Noto que mis contertulios habrían preferido la candidez y trato de arreglarlo y es peor.
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Cuentan la muerte monárquica del astrónomo Tycho Brahe. Ante el rey de Bohemia no tuvo cuerpo de decir que tenía que ir al baño, y explosionó por dentro. Recuerdo entonces a mi primera novia preadolescente. Iba a verla en tren desde el Puerto a Puerto Real y echábamos la tarde dando paseos. Me parecía una afrenta a aquel amor platónico bajar a la ordinaria administración y  decir que tenía que orinar. No llegué a morir como Tycho, pero volvía en el cercanías con los ojos llorosos y dando saltitos. Yo veo que era una historia bonita y que aquella novia era tratada como una reina (de Bohemia), pero tal vez quedó rara contada a unos recién conocidos por un señor de cincuenta años. No sé, porque el vino era excelente, y la compañía, y en fin…
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El hotel tenía innumerables ruidos, pero ninguno humano.
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En el aeropuerto, a primera hora, la cola del control está atestada y no avanza. Un noruego (por lo rubio, digo) se cuela y cunde la indignación más unánime. Vuelvo a acordarme de Girard, al que leeré en el avión. Y entonces una chica se cuela con cara de angustia porque va a perder el avión y le gritan los vigilantes y el monstruo de la masa va a abalanzarse sobre ella. Entonces se me ocurre un experimento. Digo en voz alta: “Pobrecita, qué angustia, el estrés nos va a matar, esto no es vida, ojalá llegue a su avión”. La crisis mimética se paraliza, hesita y cambia de signo. Todo el mundo reconoce la inocencia de la víctima a la que ya consideraban culpable. Se multiplican las muestras de empatía y los buenos deseos. La chica me mira, agradecida, y yo no me atrevo a decirle que todo el mérito es de René Girard.
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Con la dudosa voz del alba, saludo, albarazado, alborozado, a María Blanco, que fue mi profesora de Derecho Canónico en Navarra. Los aeropuertos propician encuentros caídos del cielo. Lamento no estar en estado de revista, como ella se merecería, más afeitado y, sobre todo, más delgado, como entonces. Claro que fue ella la que me enseñó, en el campus, que el chocolate era un magnífico antidepresivo, así que, de alguna manera, podría culpabilizarla de mis cambios morfológicos. Pero no tengo tiempo que perder en tonterías. Hemos de aprovechar el encuentro. Le pregunto por el nuevo proceso de nulidad. Vuelve a ser la profesora clara y apasionada de hace veinte años. He de embarcar y a uno, de estos breves encuentros, siempre le queda la sensación de que no ha dejado claro cuánto se ha alegrado, cuánto. Entiendo la razón de ser de un abrazo, que aquí no procede, pero que hubiese sido terminante.
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Desde el avión, una visión. Una autopista se ensancha justo en su cuello de botella, paradójicamente. Allí donde están las cabinas para el pago del peaje, la autopista se abre en una explanada inmensa, en una tremenda torta de asfalto. Es una imagen, presiento, que habrá de servirme para algo. Quizá para entender la poesía actual, más ancha donde más atascada. Cuando fluía, antes, y cuando fluirá, después, irá más delgada y más recta, más sola.





6 comentarios:

zUmO dE pOeSíA (emilia, aitor y cía.) dijo...

Me ha gustado mucho. Está escrito en estado de gracia. Peor que "no preocuparos" habría sido "no preocuparse". También lo he oído decir por el ortodoxo "no os preocupéis". Aunque no tiene mucha importancia: Si el andaluz se hubiera alejado aún más intensamente del castellano académico, hoy sería una respetabilísima lengua autóctona, cooficial y autonómica.

AITOR SUÁREZ

Anónimo dijo...

Que fructífero viaje. Me he cansado hasta yo, que llevo horas sentada. Jaja.
Por cierto... yo pensaba que el andalucismo era "no preocuparse". Aupa poeta.
Soy Loreto.

Pablo75 dijo...

"Me preguntan quién es mejor poeta, si Jaime o yo."

¿Quién es Jaime?


¿Sabes si la conferencia "La voz del amado en la poesía religiosa de Emily Dickinson" de Fernando González Ariza se puede leer en algún lugar de internet?


A propósito de la gran poeta americana:


"Huellas de Emily Dickinson"

Por Antonio Muñoz Molina

http://cultura.elpais.com/cultura/2017/02/15/babelia/1487161340_026794.html


Uno de sus poemas mas bellos:


1472

"To see the Summer Sky
Is Poetry, though never in a Book it lie—
True Poems flee—".

(Emily Dickinson)

Enrique García-Máiquez dijo...

Sí que es bellísimo. Y verdad.

Belén Conradi dijo...

Madre mía...que inculta me siento!!

Anónimo dijo...

Preciosa entrada, toda ella. Y lo que más me ha gustado es lo de la chica del aeropuerto. Ella jamás olvidará al caballero andante que apaciguó a la turba con sus palabras, como Tomás Moro.