viernes, 14 de enero de 2011

La mano que mece la cuna

A los pocos días de llegar Amparo a casa a cuidar a Carmencita, me di cuenta de que tenía que apuntar lo que iba diciendo para escribir cuanto antes una entrada. Fue cuando la oí llamar a grito pelado: “¡Carbón, ven aquí, ven a comerte a Carmen!” porque la niña no quería comer... Pegué un respingo que me duró tres días y no sé cuántas noches. Cuando estuve ya casi repuesto, dijo, pensativa: “Huy, esta niña está tan mona que la voy a vender”, y regresaron mis pesadillas. Cuando le da biberones, la anima al grito de: “¡Otro buche de vino blanco!” y cuando es tila o manzanilla: “Y dale otro trago a la cerveza”. Me consuelan: “Pero se nota que la quiere mucho”; y vaya si se nota, porque en sus momentos de arrebato, suspira: “Ay, ay, que yo me la voy a llevar a Chile”. De paseo sí se la lleva constantemente, despidiéndose de esta guisa: “Carmen se va al parque a ver a los muchachos”. Claro que no sé si es peor que se quede, porque luego nos asegura: “La niña y yo lo hemos pasado cachondo”. A todo se acostumbra uno, sin embargo. Y acabé olvidando el propósito de la terapia bloguera. Hasta que ayer, mientras cenábamos, nos aseguró que había visto una película preciosa. “¡Oh, sí, qué interesante —repusimos Leonor y yo al unísono—, y cuál, Amparo?”. “La ramera errante”. El respingo fue tan grande que esta vez nos lo notó. Por lo visto, no sale nada de nada en la película ésa, nada, es muy decente, es preciosa, de aventuras. “Ah, ah”, alcanzamos a decir con un hilillo de voz, boqueando.  

6 comentarios:

Mora Fandos dijo...

Muy bueno, Enrique, ¡menuda joya "en bruto"!, se merece puesto vitalicio.

Gonzalo dijo...

Coincido con el primer comentario: Hay que ponerla en nómina del blog.

A pesar de vuestra estabilidad nerviosa.

:-)

cb dijo...

Hasta Carbón debe de estar alucinando, qué cosas, comerse a su niña.
De momento podíais intentar surtirla de peliculas menos borrascosas, aunque lo de los muchachos, si es jovencita, está difícil.
Es genial, genial. Ya la irá puliendo Carmencita, sólo con que la mire y le sonría como sabe. Y llamándose Amparo... hay que confiar.

E. G-Máiquez dijo...

Eso queremos: ¡puesto vitalicio! Por si ayuda, le abro etiqueta.

Carbón no da crédito, Cristina, lo has adivinado.

Anónimo dijo...

Cierto niño, cuando su madre lo castigaba, recibía el consuelo de su tata, con estas palabras: vente conmigo, que tu madre no te quiere.
Jilguero

E. G-Máiquez dijo...

Impresionante historia, J. Esa mano que mece la cuna sí que es inquietante.