jueves, 13 de agosto de 2020

La revolución de la paciencia (la reacción)

 

El barbero del rey de Suecia ha encontrado un sorprendente aliado en Francisco Ferrero, autor de La revolución de la paciencia (Apeadero de Aforistas, 2018). 

No debe de ser él muy consciente de lo reaccionario que es, porque utiliza la dichosa arroba para referirse tanto a hombres como a mujeres. Pero ¡cuidado! porque su paciencia (y su inteligencia) le pega un revolcón de aúpa a la revolución, siempre impaciente. 

Mis aforismos preferidos son:


Mejor que llevar una doble vida es llevar una sola vida de doble significado.

 

Si dijéramos todo lo que queremos decir no hablaríamos tanto.

 

La esperanza es la farmacia del ser.

 

Con el arte intentamos poner la realidad de nuestro lado.

 

Lo olvidado, jamás cicatriza.

 

Empezar de nuevo es terminar bien.

 

Si confías en mí, me dejarás caer.

 

Que tus ideas no te necesiten para luchar por sí mismas.

 

La flor es un reloj de la naturaleza.

 

En el olvido hay calma, pero nunca paz.

 

Hablando del alma es cuando sonamos más superficiales.

 

Hay más libertad en el orden que nos convence que en el desorden que nos tienta.

 

Para el alma humana no hay mayor caos que la orden exterior.

 

Si cuidas de ti con integridad, arriesgarás.

 

Cuando des mucho y recibas poco, sigue dando mucho, pero en otra dirección.


Y ahora un problema. Este aforismo: En el servicio encontramos la forma más refinada  del autoconocimiento. 

Yo tacharía el autoconocimiento y pondría  "señorío". O sea:   «En el servicio encontramos la forma más refinada del señorío». ¿Justificaría esa variante que lo incluyese en mi próximo libro de aforismos o sería una impertinencia o un plagio? 



lunes, 10 de agosto de 2020

Tic-tac

 

Todavía una cosa más de la primera comunión de Jaimito. Mi hermano Nicolás no podía venir y nos mandó un whatsapp en el último momento que decía:

«Rezad... Es ahora o nunca».

Me impresionó muchísimo. Lo estoy usando de estribillo (como un tic-tac desarrollado) de estos días.




domingo, 9 de agosto de 2020

Transformador

 

Las capuchinas dejaron hace muchos años su bellísimo monasterio de San Miguel en pleno centro del Puerto, que ahora es un hotel de lujo con encanto, y ellas se fueron a las polvorientas afueras. A una zona de casas tal vez ilegales y caminos improvisados. Allí hizo la primera comunión de urgencia mi sobrino Jaime. Todo fue precioso, íntimo, en ese estilo «espías de Dios» que la pandemia ha impuesto. En Madrid, no pudo hacerla cuando estaba prevista y es posible que tampoco pueda hacerla a la vuelta. Lo han solucionado por lo sano.

A la salida, me fijé que una calle que sale de la del monasterio nuevo se llama, por motivos eléctricos evidentes, calle del transformador. Pero el monasterio va transfigurando la barriada y era imposible no leer el nombre de la calle como «del Transformador». Eso pedí yo, que lo fuera.



sábado, 8 de agosto de 2020

Qué imaginación

 

Van a llevar a mis hijos al cine a ver una peli titulada Los zapatos rojos. Se lo digo a los niños y Carmen, recelosa, pregunta: «¿Pero es de miedo?» No. ¿Por qué? «Porque el rojo es un color inquietante, el mismo de la sangre, y los zapatos podrían ser de otro color, pero ahora son rojos porque están manchados de sangre y alguien los encontró...» Mientras yo pienso qué contestar, su hermano Quique, irónico y admirativo, exclama: 

«¡Qué imaginación!»



jueves, 6 de agosto de 2020

Odio eterno a Los Pecos


Serían buenos chicos y no tienen la culpa:

Qué fue de los Pecos, el famoso dúo español que cantaba las canciones  “Esperanzas” y “Háblame de ti”? - Guioteca

Lo malo es que entusiasmaban a las chicas que trabajaban en casa cuidándonos hasta la más absoluta locura. No hablaban de otra cosa. Cuando Luis Suárez me cuenta que el romancero tradicional se transmitía gracias a las tatas, muero de envidia. Rafael Alberti también reconoce su deuda de poesía popular con los dichos y los cantos de las personas que trabajaban en su casa. Charles Maurras le debía a su querida nodriza sus conocimientos del provenzal. 

Yo no recuerdo ni una canción de Los Pecos, además.


miércoles, 5 de agosto de 2020

Césped artificial



Lo bueno es que podré presumir muchísimo de un poema de Mal que bien, mi último libro. Hasta ahora lo admiraba en silencio. Era este haiku:

Pone la lluvia
también más verde el césped
artificial.

Yo no lo podía decir, pero tenía satori, esto es, el deslumbramiento ante la realidad, porque, sin dejar de ser superficial, todo adquiría en él una hondura mayor. Transmitía un sentimiento de piedad universal, una misericordia muy grande, cuando la lluvia (imagen de toda la vida de la gracia) venía incluso a redimir al césped artificial. Todo lo cual encajaba muy bien con el espíritu íntimo del poemario. En resumen, que yo estaba satisfecho (en silencio).

Ayer, gracias al repaso que está haciendo Ángel Ruiz de su blog, descubrí que el haiku no era mío, sino de él. Yo apenas lo retoqué para meterlo en cintura métrica. Aquí está todo. 

¿Quedé abochornado? Quedé abochornado. 

Es la segunda vez que me pasa, además.

Eso sí, se me pasó pronto gracias al procedimiento más mío de todos: el Felix culpa!

Para empezar, me permitiría presumir de lo lindo, quod erat demonstrandum. 

Después, me sirve para hacer una reflexión sobre mi manera de leer tan apropiativa. Cuando lees en serio un poema de otro, se hace tuyo. Tanto, que, cuando releía el haiku en los sucesivos repasos de libro, veía la concreta pista de futbito de césped artificial que se había puesto más verde con la lluvia. Pensaba que era la de Puerto Sherry. ¿Sería un engaño de la memoria o que, cuando leí el haiku de Ángel, reviví esa imagen con una impresión fortísima y (ay) para siempre?

Por último, lo más gozoso de todo. ¿No me había sentido yo tan hermanado al césped artificial, eh? Pues ea, el propio haiku era una prueba viviente de que brillaba más, más verde, a pesar de todo, gracias a la lluvia de la inspiración ajena. Es un haiku que se autorrealiza.




lunes, 3 de agosto de 2020

Fideuá



Una de mis ideas básicas, que la aprendí de T. S. Eliot, nada menos, aunque hoy la aplique a una fideuá, es que nuestras virtudes llevan aparejadas, como la cruz de la cara de una moneda, sus defectos correspondientes.

No hay que arremeter contra esos defectos, sino con gran cuidado, no vayamos a fastidiar la virtud correspondiente. En muchos escritores (aquí Eliot) se ve con claridad.

¿Y la fideuá? Pues ayer me ofrecí a hacerle a mi suegra y a sus invitados una en una hoguera, que es la fantasía que he desarrollado, junto con los arroces, en el confinamiento. En general, me salen muy buenas.

Pero en esta ocasión, para dar el triple salto mortal de la novelería, también me empeñé en calentar el caldo en la hoguera, y ni tocar la cocina de mi suegra. ¿Vitrocerámicas a mí? ¿A mí vitrocerámicas y a tales horas? El problema es que no hervía el caldo y se me enfríaba el sofrito. Lo mezclé todo un poco frío; y la fideuá salió bastante regular. Sopeaba. 

Estaba muy fastidiado por mi error de loco. Tendría que haber hervido el caldo en su sitio. Pero claro, pensé después, con la ayuda de T. S. Eliot, si no llego a tener la manía de la hoguera tampoco me habría ofrecido a hacer la fideuá, que no salió suprema, pero salió del paso. Váyase una cosa por la otra.

ADENDA. He recordado la primera vez que oí la palabra "fideuá". En la paleopreadolescencia, jugábamos a un juego de decir cosas que empezaran con una determinada letra que podías encontrarte en un determinado lugar. Tocó la letra F y un menú de un restaurante. Fátima Pemán dijo «Fideuá». ¿Que por qué me acuerdo? Por vanidad. Porque entonces yo dije, en uno de mis pocos chispazos de ingenio: «Faltas de ortografía» y aquello fue muy aplaudido por todos y por todas.


domingo, 2 de agosto de 2020

Marcarse un Marcial


No todo es misantropía. Confieso que, a veces, me resisto a quedar con amigos porque no me leen. No es rencor, sino fría lógica. ¿Qué interés pueden tener en verme -descartada, claro está, la estética- si lo más sopesado mío es lo que escribo y pasan? ¿No será, entonces, que quieren que les escuche, verdad? Marcial, mi hermano, mi semejante, se lo dijo a las claras y para siempre a su amigo Galo: «En mi lugar, te dará los buenos días mi libro» (Epigramas I, 108). No creo que fuese irónico, sino honesto, con el corazón en la mano.

Esto siempre tuvo un efecto colateral. Que con aquellos que no son mis amigos, pero son mis lectores, me encanta verme, para desconcierto de Leonor, que sufre mis retraimientos habituales. Al menos, ellos han mostrado un interés previo. Y ahora hay un nuevo efecto colateral amable e inesperado. Como, durante agosto, no estoy escribiendo artículos, ha mejorado mucho mi vida social. He perdido ese rechazo marcial a echar la tarde con unos y con otros, oyéndoles.


sábado, 1 de agosto de 2020

Castiguito


Bajo más tarde a la playa, porque tenía que terminar una reseña. Me ve de lejos Carmen y se lo dice a su madre, que viene y me saluda, muy simpática y esponsal: «No lo he dicho yo, eh; lo ha dicho Carmen: "Mira, ahí viene papá con un polo muy feo"». 

Me fijo en mi polo y, en efecto, es muy feo. Chillón. Fosforescente. Pero eso no es lo importante. Lo importante es que... ¡me lo regalaron ellas! Hago constar esa circunstancia. Y replican: «Fue hace dos o tres años». Pero está  nuevo (lógicamente, porque nunca fui muy fan del polo). 

Aunque ahora le estoy cogiendo cariño. Ha ascendido a aviso moral. Lo malo de seguir las modas es que éstas siempre te pegan el esquinazo más pronto que tarde. 


viernes, 31 de julio de 2020

Corregirse


«La autocrítica bien entendida empieza por uno mismo» no da para aforismo, aunque me haga gracia, pero sí me vale como

Estoy corrigiendo los aforismos (precisamente) que he ido anotando en mi cartera en estos años y he de aplicarme, al menos, la misma crítica puntillosa con que leo los aforismos del prójimo. «Esto, ¿si fuera de otro me parecería bien?», es una pregunta tonta que me sirve: diezma mis cosas.

Idealmente, escribo cuando estoy de buen humor y corrijo cuando estoy de mal humor. Es mi combinación, aunque ayer di (serendipia) con un método mejor. Descubrí qué inspiró la espada láser de los caballeros jedi: la rendija de luz de la puerta del dormitorio a la mañana siguiente de una cena animadísima. Una ligera resaca es una arma excelente para la exigencia más tajante. Aniquila la más mínima complacencia, sin agriar tu visión del mundo. El malestar sólo va por fuera y es leve, pero eficaz.

Por suerte para mi salud moral, yo, para tener reseca, no necesito haber perdido los estribos la noche anterior.




miércoles, 29 de julio de 2020

Emocionante


Bien pensado, enternece que mi mujer no se resigne de una vez a que yo envejezca, engorde o descuide mi aliño indumentario. Ella todavía me ve posibilidades ir hecho un figurín y un pollo pera. A mí. Para que luego duden ustedes de la existencia de la gracia sacramental del matrimonio.


Desgracia


Me alegra oír cosas emocionantes de otros niños porque a veces me temo que me esté dejando cegar por el instinto paternal. Me cuenta un amigo que estaba en casa oyendo cómo su hija mayor (15 años) daba clases a su hijo menor (8 años). Éste, por lo visto, se estaba haciendo un lío con las entidades administrativas, que es algo que suele pasar. ¿Madrid es España? ¿Valencia no es Madrid? Etc. Entonces pasaron de lo administrativo a lo político. «¿Y Cataluña?» «Cataluña es España, aunque algunos catalanes no quisieran». «Ah», amoscado. Y entonces le dice la niña a su hermanito: «Pero mientras papá viva, Cataluña seguirá siendo de España, no te preocupes».

No sé si mis hijos lo tendrían tan claro conmigo.

Cuando he llegado a casa, Carmen ha querido acompañarme a la compra. Yo me he hecho ilusiones con que, charlando, charlando (la inspiración la tiene que pillar charlando), igualase el órdago a grandes de mi amigo. En el peor de los casos, llevarla en la vespa, me encanta.

De pronto ha empezado a sonar un ruido muy raro. «Para, para, ¡para!», ha gritado. He derrapado del frenazo. El ventilador del motor había cogido el vuelo de sus súper pantalones de campana con flores hippies y los había chupado con fuerza.

«Uf», suspiré con alivio, «podía haber pasado una desgracia...», mientras desenredaba unos pantalones ahora grasientos y raídos.

Me ha contestado indignada: «Una desgracia ha pasado», y señalaba los bajos de los pantalones.

Mi risa le ha terminado de provocar una indignación muy fashion. No es la épica de la hija de mi amigo, desde luego; pero menos da una piedra.

lunes, 27 de julio de 2020

Zasca


Carmen me pregunta qué pájaro puede ser uno que ha visto, y me describe perfectamente un verderón. Se alegra mucho de que tenga nombre y celebra lo bien puesto que está. Yo le repito una vieja ambición mía: «Quiero que seáis los niños que más sepan de pájaros, de plantas y de perros». Me sonríe y me contesta: «Yo quiero ser la niña que quiera más a Jesús».

Me ha dado otro zasca místico, vaya.

domingo, 26 de julio de 2020

All shall be well, and all shall be well, and all manner of thing shall be well


Estoy repasando las entradas antiguas del blogg. Leo el Barbero del rey de Suecia que le apliqué a un libro de Bobin. Digo que no me gustó mucho, y recuerdo que no me gustó mucho, pero qué esplendidos fragmentos recorté. Son tan buenos como los del libro de Antonio Moreno que recorto un poco después y que me gustó mucho más.

Jamás seré un buen crítico por esto. Por mi querencia a quedarme sólo con lo bueno, que hace que, en apenas tres años, se me confunda el juicio y no me quede más que agradecimiento.


sábado, 25 de julio de 2020

Lección estética, además de moral



«Vemos todo a través de nosotros mismos. Somos un medio siempre interpuesto entre las cosas y nosotros», anotó Joseph Joubert. Y qué manera tan luminosa y transparente de decirnos, sin decirnos, que hemos de ser un cristal muy limpio y, si acaso, una lente de aumento de lo bueno y hermoso.

El escritor, para poder callarse, tiene que ser muy limpio y transparente.

jueves, 23 de julio de 2020

Paradoja

 

La incompatibilidad de aquel matrimonio era tan evidente que su divorcio me ha sorprendido muchísimo. Ya de novios tenían que haber sido por fuerza muy conscientes de su situación; en la boda, la llevaban al altar más larga y pesada que la cola de la novia; y, además, siempre imaginé que estaba el orgullo (muy bien sentido) de burlar todos nuestros prejuicios. Por eso, mi sorpresa.

Pero debo de ser el único, porque cada vez que pongo cara de pasmo, todo el mundo me mira con lástima por mi ingenuidad irremediable.


miércoles, 22 de julio de 2020

Aniversario


Hoy coronamos los veinte años de casados y hemos de vencer una tentación constante e insidiosa. La de pasarnos el día entero pasmándonos de lo rápido que ha pasado el tiempo. Doy fe de que la tentación es poderosa, pero cualquier día es bueno para entonar el tempus fugit. Hoy toca una celebración pura, como de amor platónico y eterno, y, si tiene que estar transida de temporalidad porque, al fin y al cabo, es un aniversario, que sea para mirar el rostro y de frente del futuro.



 

Menos es más


En la homilía del funeral de la madre de un amigo, el sacerdote contó que, al final, estaba tan malita, con tan pocas fuerzas, que, cuando rezaba el rosario, sólo contestaba: «Santa María». Es mejor ejemplo que he oído nunca del tan mentado «menos es más», como estaría de más explicar.

martes, 21 de julio de 2020

Por el codo abajo la tinta goteando.


Cuando me tengo que releer para antologarme, es una carnicería. Entro con el hacha en el fragor de los textos y voy descuartizando páginas hasta terminar como Minaya Álvar Fáñez: «Tanto su espada tajó, que sangriento lleva el brazo, y de la muñeca al codo la sangre va chorreando». Claro que en mi caso es tinta, pero tan autobiográfica que bien podríamos llamarla sangre sin faltar a la verdad.

(Lo que más me duele, es pensar en todo lo que me habéis leído que no merecía la pena. Los clásicos siempre tienen razón y ¡cuánta llevaba Horacio cuando decía que los textos tienen que esperar nueve años en el cajón hasta que se den a la luz! Como yo no espero ni nueve minutos, pasa lo que pasa y tengo que dar nueve tajos de cada diez, lo menos. Lo que más me ilusiona de antologar mis artículos o las entradas de mi blog volvéis a ser vosotros: que veáis que no leíais sólo por misericordia, sino también con una pequeña esperanza fundada. Razón para blandir con más fiereza aún la espada.)






sábado, 18 de julio de 2020

Media docena de sonetos


Cuenta José María Pemán que en el colegio San Felipe Neri, un profesor muy optimista les puso de tarea a los alumnos adolescentes que trajesen un soneto escrito por cada uno para el día siguiente. Él escribió los seis (eran sólo seis alumnos en esa clase) y los repartió entre los compañeros, reservándose el mejor. El profesor recogió los cuadernos y leyó los sonetos. Dijo: "Pemán, el suyo es el peor. Se ve que usted no va para poeta". El joven José María contestó por lo bajo para no traicionar las leyes sagradas del compañerismo: "Se ve que para lo que no voy es para crítico".

La anécdota la he escuchado y la he contado un montón de veces. Pero, en realidad, hay muchas posibilidades abiertas, menos la literal. No se puede ser un buen poeta, si no se es también un crítico como mínimo implícito y de lo propio. Si tuviésemos los sonetos, podríamos juzgar  con más fundamento; pero que en esta anécdota hay gato encerrado no me lo quita nadie de la cabeza. Pudo haber ocurrido una de estas cosas:

A) Que el joven José María se quedase, en efecto, con el mejor soneto y, por tanto, con el menos obvio y consabido, con el más personal, con el menos ejercicio de retórica. El profesor ejerció honradamente de profesor y le gustó mucho menos el mejor.

B) Que el profesor descubriese el pastel y, haciéndose el tonto, embromase al autor.

C) Que el profesor fuese consciente de las condiciones y aptitudes de Pemán y, al ver que su soneto era tan del mismo nivel que los poemas de los más brutos de la clase, le exigiese que destacara más.

D) Que el profesor lo descubriese todo, incluso el mínimo egoísmo de quedarse Pemán con el mejor, y no le estuviese dando una lección literaria, sino levemente moral.

E) Que el profesor fuese un crítico finísimo y que viese en tanta facilidad soneteril del joven alumno un escollo para que se convirtiese en un poeta auténtico, esto es, agónico. Entre dientes, mientras Pemán susurraba su protesta de crítico, quizá el profesor masculló: "Pero qué gran columnista será usted, Sr. Pemán".

¿Tenéis alguna preferencia u otra solución?