viernes, 15 de octubre de 2010

Algo personal

Es, objetivamente hablando, lo más extraño que me ha pasado con mi hija de casi cinco meses. Le encanta que le cante. Se sonríe. Quizá a usted le parezca lo más natural del mundo, pero es que usted nunca me ha oído cantar.

En el colegio me lo prohibieron. No es sólo que me echaran del coro, que es algo por lo que han pasado miles de niños, ni que fuese el primero al que echaron, sino que tampoco me dejaban cantar mis propios compañeros en el autobús cuando los profesores, qué buenos son, nos llevaban de excursión. Tampoco me permitían tocar las palmas, porque perdía el compás a las primeras de cambio. Mi abuela, que era profesora de solfeo y de piano, y de la que yo era el nieto favorito, sólo logró darme una clase, una, y desistió, desolada. La madre de un amigo que estaba ilusionada con enseñarnos a tocar la guitarra, me animó a jugar al tenis, que lo haría mejor, sin duda. En mi adolescencia y juventud, no he bailado, como no fuese el agua a alguna chica, y también mal. En la mili perdía el paso y me recuerdo como en la película Cateto a babor, pero ya con la licenciatura de Derecho y dos libros escritos, desfilando sólo, al caer la tarde y con un sargento que me gritaba, desgañitándose, desesperado: “¡Si es como en la disco, leñe, si es como en la disco!” “Precisamente, mi sargento, apenas he pisado una disco”, hubiese replicado yo, si no hubiese estado tan reconcentrado en intentar coger o recoger el paso, el paso, el paso, el paso... En mi boda, mi hermano Nicolás bailó por mí el vals.

Esos son mis antecedentes. Y ahora me encuentro con una niña delicadísima, de ojos claros y brillantes, que deja de llorar y sonríe y se ríe y es feliz si le canto y le hago un baile alrededor de la cuna. Padre no hay más que uno, se suele decir o se debería, pero la verdad es que, sobre todo, hija no hay más que una.

Como el caso es tan increíble, he quedado firmemente convencido de que lo importante es lo presencial, como se dice ahora. Es imposible que mi hija valore mis aptitudes musicales, así que ella, con sus agradecidas risas, está celebrando el contacto estrecho, la intimidad atenta. Eso le compensa, a la pobre, cierto dolor de oído. Tralararará.

9 comentarios:

Adaldrida dijo...

¡¡¡PRIME!!! Preciosa entrada, Enrique. Te sales.
A mí también me pidieron que no cantara, aunque en cambio bailo bien. Pero también me da por cantar a los bebés...

Kris Kelvin dijo...

Son cosas de la edad, pero no se preocupe, con el tiempo aprenden a disimular y se ríen más discretamente.

Un saludo

Por cierto, anuncian un otoño seco...

Espinelete dijo...

Tenga usted mucho cuidado
y no prodigue su canto,
no mude la risa en llanto
fllial y desesperado.
El otoño soleado
no merece su favor
ni la inocencia el honor
-aun tímpano agradecido-
de ver su sueño cumplido
de convertirse en tenor.

Gonzalo dijo...

Jajajjaa.

Me he reído mucho, y además la entrada es muy bonita.

Eso sí, amigo Enrique... tenga usted cuidado no ahogue a esa criatura en el torrente de babas que le caen...

;-)

P.S. ¿Le han hecho una audiometría a la niña?

José María JURADO dijo...

Hija no hay más que una hasta que hay 2...

Precioso.

JuanMa dijo...

¡Qué suerte tienes!
Mi problema no es con la música y el canto, sino con mi materia y mi ámbito: ¡qué poca constatación de que mis alumnos aprenden biología!
Cualquier día me dicen que me dedique a otra cosa. En casa tengo ahora obra y me da envidia el trabajo de los albañiles: día a día se ve su fruto.
Y con eso de que lo que vale es lo presencial has dado donde duele: este año tenemos "ESPA semipresencial", para que aumenten mis remordimientos (aunque yo no he inventado el sistema) cuando escuche el comentario de la falta de productividad de los trabajadores españoles.

marinero dijo...

No se preocupe JuanMa por lo de la falta de productividad que dice: el mandamás de la patronal tiene la solución. Todos a trabajar más (y más horas), y a cobrar menos. ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? La crisis famosa no la han creado los curritos, es sabido, pero que la paguen ellos, que para eso están, que los empresarios ya lo están pasando mal, los pobres (los trabajadores, con más de cuatro millones en el paro, mileuristas a tutiplén y una inseguridad velozmente creciente en sus puestos de trabajo, no: es por gusto. ¡Son tan ridículamente tontos...!).

Maria dijo...

Ay que risa!
Me he visto reflejada en esta entrada como nunca. A mí siempre me han prohibido cantar y la mejor fue mi profesora de guitarra (a pesar de mi oído me la trajeron lo reyes con cursillo incluído)que en las primeras clases me decía: "canta, María, que así aprendes antes" y más adelante "no cantes si no quieres".
Y en cambio mis hijos siempre han disfrutado con mis cantos, y siguen pensando que canto bien... Un misterio.
¡Y a mi me encanta cantar!

JuanMa dijo...

Perdonad por "dar el cante" con mi comentario, y abrir el paso al mítin.
Sólo sangré un poco por mi herida (semipresencial), por la pérdida de ese contacto profesor-alumno que es la base de la enseñanza, por estar sumergido en una vorágine de virtualidades académicas que dejan de lado lo importante, y que llegan a hacer oficialmente malos a algunos buenos profesores -y eso no es culpa de la ogresca patronal, sino de la juntesca-. Me encanta lo que has escrito de la relación con tu hija.