viernes, 16 de septiembre de 2011

Mi sentido del pésame


Tenía cierta prevención a desfilar en los entierros por delante de la familia cuando se pone al pie del altar, porque lo habitual es conocer nada más que a uno o a dos de ellos, y hay que saludar a todos. Hoy, sin embargo, he entendido el gesto. Generalmente, la vida social se hace a la salida de la iglesia, en la calle, pero aquí nos permitimos una excepción y se intercambian unas breves palabras, un abrazo, un beso casi en el altar. Y es justo y necesario porque la muerte es un sacrificio, y las muestras de cariño son casi un sacramento, y estamos hermanados todos, conocidos o desconocidos. Un beso entonces es –parafraseando a Machado– algo perfectamente serio.