viernes, 20 de abril de 2012

Contrastes

El viaje a Madrid para dar mi clase en la UFV fue una ducha escocesa, un día de intensos contrastes.

De buena mañana, la alegría de que L. se ofreciese a sacarme la ropa, eso que hacía antes. Y la ansiedad de que sólo tengo foso de armario, nada de fondo. Me lo dijo claro: "Vas a ir de compras".  


Viaje en coche hasta Sevilla, delicioso: la autopista de las retamas en flor. Mientras, la tertulia político-económica de la radio, terrorífica.

No llegué justo a Santa Justa esta vez. Y menos mal porque había impreso el billete que no era. En Atención al cliente, la chica, de nombre Eva, justamente, la mar de atenta. En cambio, la que aguardaba el turno detrás de mí, la mar de agitada.

En la comida de Madrid, deliciosa, um, se habla de los signos de los tiempos, uf. Contraste exterior; e interior, porque en principio en misa pedimos (Marana Tha!) por que llegue pronto el fin, y yo con estas pocas ganas, ay. Pensé que De Prada está en la misma longitud de onda, o de honda esperanza que mi comensal, y que eso explica muchas cosas de sus artículos. Y me reconfortó recordar que mi Pábilo vacilante trae en su primera página Procrastinación.

En el coche de camino a la universidad, me llama Ignacio Peyró. Hablamos de Ambos mundos y las nuevas incorporaciones. El desazonante contraste con la plácida conversación y las buenas noticias lo ponía la chica del coche de al lado --fuimos un buen rato en paralelo-- que iba llorando a mares. Soltaba una mano para frotarse los ojos y después la otra, blanca mano de azuladas venas, en la que llevaba un clínex.

La alegría de llegar a la UFV a tiempo; la desazón de tener que hacer tiempo durante media hora; la misericordia del Señor, que me recogió en su capilla, contento (¡qué bueno es!) de que yo le diese ese tiempo que, más que sobrarme, me molestaba y el fastidio de que me sonase el teléfono y tuviese que salir disparado, pensando que sería alguien de la universidad, buscándome, y que fuera una oferta de una teleoperadora. Ya no me atreví a entrar de nuevo, por no abusar de Dios.

La clase, muy bien, pero no medí los tiempos y la dejé a medias, que es lo que me pasa cuando estoy a gusto. Salí disparado, con mala conciencia.

En el viaje de vuelta en el tren, dice un señor: "Es lo que digo yo: sólo se vive una vez". Y con la inercia del profesor que traía puesta, unas ganas locas de volverme y matizarle: "Dirás: 'Es lo que dicen todos, ¿no?"

Venzo la tentación leyendo Las cosas se han roto, la antología de la poesía ultraísta que hace Juan Manuel Bonet. Definitiva. Gran alegría ante el espectáculo de su inteligencia y buen gusto. Gran gratitud porque nos ponga al alcance esta poesía que era inasequible e inabarcable. Y a la vez gran inquietud por un compañero de coche que habla a gritos a su mujer, a su niño, a todo el mundo. Tiene una especia de aura oscura. No sé qué dice su mujer, pero él le grita: "No empieces, ¡eh! no empieces, que..." Al niño, de 18 meses le espeta cada dos por tres un "¡Coño, quieto!" o un "No me toques los cojones". Eso también se lo dice la mujer al niño. El hombre habla a gritos por teléfono, llamando a todos con los que habla "hermano", como los negros de las películas, aunque es rubio. Nos enteramos todos de que ha salido de la cárcel con un permiso. En el coche (es preferente), la gente empieza a sentirse incómoda, no sé si por el ruido o, como yo, por el destino del chiquillo. Paralelamente, como dos raíles que convergen en el punto de fuga, estos versos de Cansinos sobre la ciudad: "los grandes ómnibus, / los bueyes del mediodía, / el sol que incendia los balcones / y los viste de visillos rosados, / y hombres, hombres y mujeres, / lo más dramático..."

Por todo esto, en el viaje de vuelta no hubo haiku.

Pero la alegría de llegar a casa a las 2 de la mañana y encontrarme a L. despierta para recibirme. Pero no. Era porque Enrique estaba malo. Me manda a la farmacia de guardia.

El último contraste: pocas horas de sueño, pero qué profundas. En otro cuarto. Un marido duerme en el cuarto oscuro de los invitados o porque te has peleado agriamente con tu mujer o porque ella ha tenido ese detalle dulcísimo de delicadeza. Y es que los extremos se tocan, verdaderamente.

9 comentarios:

Balaverde dijo...

¿De qué fue tu clase?
Ayer vi una peli, "The Sitter", en la que Jonah Hill, un blanco gordo, tenía una habilidad asombrosa para hablar como un negro. No es recomendable, sólo que a mí me gustan las comedias groseras.

Enrique García-Máiquez dijo...

"Aprender a leer", se llamaba.

Y te agradezco la desrecomendación, que si no me hubiese puesto a buscar The Sitter por ahí.

Ununcuadio Uuq dijo...

Muy interesante entrada, como retrato de nuestra sociedad. A veces tenemos que coger el bus urbano o el tren para salir de la burbuja de nuestra vida... ¡Y la tira cómica es inmejorable!

Ana Agüero dijo...

Ya sabes que no suelo comentar pero hoy tengo una muy buena razón. Durante mucho tiempo anduve angustiada con los signos de los tiempos y el fin del mundo, y encontré un buen antídoto en tu entrada, Procrastinación, que llevé impresa, en el bolso, durante meses.
Una alegría más que me ha dado El pábilo vacilante, abrir la primera página y leerla...
Vaya mi gratitud tardía, aquí, acompañada de la frase de un buen amigo: "si nadie sabe el día ni la hora... ¿por qué nos gusta tanto hacer cábalas?"

Enrique García-Máiquez dijo...

He deshecho la broma —se estaba engrandeciendo mucho— y para no desconcertar a futuros visitantes he quitado los comentarios que se referían a ella y el que no llegué a aprobar. Disculpen las molestias..

Enrique García-Máiquez dijo...

Ana, no te puedes ni imaginar la profunda alegría que me da tu comentario. Muchas gracias.

cb dijo...

Hay que ver el horror y la belleza y la pena y la alegría que caben en un solo día.
Que se mejore Enriquito.
(y de paso aprovecho para decirte que aquella entrada -que lo primero que hice fue tirarme al diccionario a ver qué significaba Procastinación, también me caló muy hondo, y que me ha gustado mucho lo que dice
Ana porque es verdad que su reencuentro en El pábilo, fue la segunda de las alegrías. Hay muchos agradecimientos que no te damos).

Enrique García-Máiquez dijo...

En realidad el agradecido soy yo porque me dais una lección de poética. Sólo hay que escribir aquellos que nosotros necesitemos. Gracias.

Gonzalo dijo...

Es curioso que la misma entrada me haya gustado y a la par me haya angustiado ligeramente, recordándome prisas y agendas llenas.

La tira es magnífica, aunque esa afirmación matinal de L. ante el foso no se daría en mi caso. En eso, N. hace años que me dio por imposible. Para mí, ir a comprar ropa se limita ya a buscar unos pantalones y una camiseta de algodón de oferta que llevarme a pasear por el campo, que es para lo único que cuido y elijo las prendas, que traspiren bien y aguanten el barro. No entiendo que haya otras virtudes ni parámetros que buscar en la ropa.