martes, 17 de febrero de 2015

O obvio ululante


Quiero decir dos palabras (o sea, doscientas)
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Para mí el amigo es el gran acontecimiento.
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Cuando voy en taxi, siento una euforia absurda y terrible.
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Hay admiraciones abyectas.
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El arte de la lectura es la relectura.
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Estamos tan olvidados del sufrimiento que su dolor nos parecía, cada vez más, una dolencia psicológica, casi una locura.
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La perfecta soledad ha de tener por lo menos la presencia numerosa un amigo real.
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Esta es nuestra degradación: sufrir menos, cada vez menos, hasta olvidar. […]  Tenemos un miedo tan idiota al sufrimiento, y son tan pocos nuestros instantes de tristeza total. Qué bueno es sufrir de viejas penas.
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Yo me sentía violado cuando el profesor hablaba de sexo (y, de amor, ni una sola palabra). […] mucha educación sexual y nadie se dispone a ensayar una “Eduación Amorosa”. 
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El hombre comienza a ser hombre después de los instintos y contra los instintos.
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En realidad, yo no me asombro de que alguien, papa o no, vea a Dios. Lo que asombra, verdaderamente, es que Dios no sea visto, a toda hora y en cualquier parte del mundo.
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A todas horas, en todas partes, la vida injerta el pasado en el presente.
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[la desaparición del sombrero fue la desaparición de la cortesía] Somos más solitarios porque nos cumplimentamos menos.
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[Le pidieron hablar contra las palabrotas]. No puedo. Todas las palabras son rigurosamente lindas. Somos nosotros los que las corrompemos.
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No sé qué cruel fatalismo está siempre empujando a nuestras izquierdas hacia el error, hacia la equivocación, hacia la alienación.
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Este pueblo está viviendo una época de poquísimo amor. El odio está más promovido que una marca de refrescos.
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Los “comprensivos” son cada vez más. Nos los encontramos por todas partes. […] Somos hoy un pueblo de poquísimos asombros. […] Suprimió de sus textos el punto de exclamación.
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Los idiotas perdieron la modestia, la humildad de milenios. […] A simple vista, cualquiera percibe la ascensión social, económica, cultural, política del idiota.
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El brasileño es un Narciso al revés que escupe sobre su propia imagen.
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La verdad es que no hacemos otra cosa en la vida sino olvidar el espíritu.
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Si me preguntan que es lo que se salva de mí diré, con la frente erguida: ¡La memoria!
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Hoy nadie respeta a la inteligencia ni la inteligencia se respeta a sí misma.
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El aplebeyamiento comenzó cuando el intelectual se politizó.
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Así como Zé Celso halla que el espectáculo no tiene nada que ver con el autor, yo entiendo que el teatro no tiene nada que ver con el público. Sólo reconozco en el público una función estrictamente pagadora. No debería tener derecho al aplauso. El aplauso ya me parece una exageración.
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Los que capitularon necesitan destruir al que no se rindió.
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Juntos nos reímos porque la amistad debe ser una relación graciosísima.
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Cada quince minutos aumenta el desgaste de nuestra delicadeza.