lunes, 9 de febrero de 2015

Una aventura


Por muy feliz que sea un matrimonio, o por eso mismo, uno entiende a la perfección la frase de Oscar Wilde de que es una carga muy pesada para llevarla sólo entre dos. Eso serviría para una reflexión teológica, por supuesto. Qué introducción a la importancia de que Dios forme parte de la pareja, piedra angular. Pero no rebajaré (alzaré, digo) la broma de Oscar Wilde a esas alturas, porque no se lo merece. Lo llevaré a la mía, sin traicionar, por tanto, la frivolidad fundamental del guiño. La literatura sí vale de aventura, de cana al aire, de divertida e irresponsable rotura de las reglas. Anoche me quedé leyendo una novela hasta la una y media, una novela que no tengo que reseñar ni que aprovecharé para escribir un artículo. Y, hablando de artículos, todavía no tenía ni idea de qué iría el mío de mañana (ni lo sé, ay, uf). Y cuántas cartas que contestar. Y trabajo del IES. Y libros que leer por motivos más serios. Pero allí estaba yo, leyendo, leyendo, disfrutando del placer de lo prohibido, sabiendo que a las 6:00 sonaría el despertador y que me levantaría con la mejor cara, porque en estas aventuras lo esencial es que tu mujer no sospeche nada o, al menos, no tenga nada que reprocharte. 


II

Maravillosa Leonor, que me llama a media mañana, tras leer esta entrada, ¡celosa! Dios se lo pague. 

III

Pienso ahora, examinándome a fondo, que quizá no habría escrito la entrada de esta mañana de haber sido el libro de un hombre. ¿Será posible que sea tan subconscientemente frívolo?