sábado, 5 de marzo de 2016

Bicicleta


Se me escapó un grito de júbilo, a pesar de mi prescrito silencio absoluto. Carmen me pidió que le enseñase a montar en bicicleta sin ruedines y yo, fiel al deber, allí que fui, pero temiendo por mis riñones y lamentando el destino trágico del padre tardío.

Sin embargo, a las dos vueltas, salió andando sola. No me lo podía creer, y grité, ay, de alegría.

Y lo mejor no fue eso. Corría (sí, corría, así es el instinto paternal) a su lado, por si tenía un desfallecimiento, y la oía decirse: "Vas con ruedines, vas con ruedines". Luego me lo ha explicado: "Imagino que los llevo puestos y así me siento mucho más segura". Ese método es muy mío y es un ejemplo de poner la ficción al servicio de la realidad, siempre más emocionante y peligrosa. Tuve otro ataque de júbilo, pero ya no grité, por la prescripción médica y porque la alegría iba mucho más honda.


3 comentarios:

zUmO dE pOeSíA (emilia, aitor y cía.) dijo...

Donde dice "bicicleta sin ruedas", debe decir "bicicleta sin ruedines". Las bicis sin ruedas aún no se han inventado.

Montar en bici sin ruedines. Antes fue nadar sin manguitos. Y lo siguiente será equilibrismos sin red, la vida misma.

(Sandra Suárez)

Enrique García-Máiquez dijo...

Muchas gracias, Sandra.

Anónimo dijo...

La edad en la que el ninio empieza a nadar, a montar en bici, a leer es preciosa. Los padres se pasan el dia enternecidos y algo nostálgicos.