jueves, 27 de octubre de 2016

Mujeres



Coincido en el ascensor con dos chicas de la vida que van hablando de su oficio. Como una llora, no cambian de tema. La llorosa teme que un tal Enrique (¡vaya!) le va a reñir por trabajar por su cuenta y no haber ido al club. La otra, para consolarla, le riñe. Yo aprendo eso: que una riña con amor consuela de las otras.

La siguiente vez que tomo el ascensor del hotel, una chica japonesa, bellísima. Muy alta. Con un mechón blanco en su larga melena que le da un aire María Kodama. Lleva un hermoso pantalón falda que le da un aire Kurosawa. Se me hace muy corto el trayecto. Me parece que le asombra mi asombro y me asombra que no esté acostumbrada a despertarlo a su paso.

Una chica de la limpieza va a entrar en el ascensor, pero me ve y da un salto atrás. Yo lo lamento, y más aún, si cabe, mi lentitud para decirle que pasara, por favor.

Es ya tarde. En el último ascensor del día, tres chicas sordomudas que hablan con un ágil lenguaje de signos. Debe ser un chiste, porque, de pronto, rompen el silencio concentrado y triplicado del ascensor un coro de risas cristalinas. No se me hizo ni corto ni largo, porque lo maravilloso está fuera del tiempo.


7 comentarios:

Anónimo dijo...

Mujeres y ascensores

Milkus Maximus dijo...

Bien ahí! La capacidad de contemplar tanto, en tan poco tiempo y espacio.

Josefina dijo...

"No se me hizo ni corto ni largo, porque lo maravilloso está fuera del tiempo."

¿Se pueden conseguir sus libros en la Argentina?

(me felicito cada día por haberlo encontrado en la internet; gracias; otro más que me reconcilia con la modernidad; no deje nunca de escribir).

Enrique García-Máiquez dijo...

La suerte, Josefina, es toda mía. Muchas gracias por sus visitas.

Adaldrida dijo...

Maravilloso este texto, proemaaaaa

Juan dijo...

Sencillo y hermoso

Juan dijo...

Sencillo y hermoso