miércoles, 31 de marzo de 2010
Nada más ordinario que el ansia de originalidad
Y para redimirme, ¿no vemos todos (todos juntos) que el cielo, por las tardes, acaba poniéndose golonciélago?
lunes, 29 de marzo de 2010
Acantilado Rojo

domingo, 28 de marzo de 2010
sábado, 27 de marzo de 2010
La la, sí, la la, no
Yo marcaba el femenino de los apellidos anteponiéndoles el artículo “la”. Decía: la Pardo Bazán, la Bergman, la Callas. Pero hablé en un artículo de la Szymborska, y un amigo del que me fio me lo ha afeado: “Suena a machismo. Nadie dice el Pérez Galdós ni el Bogart ni el Pavarotti”. Ustedes, ¿qué opinan? Lo pregunto en serio. Y tanto que voy a abrir nueva sección del blogg, titulada S.O.S. para entradas como ésta, en las que pido socorro.
En legítima defensa diré que mi intención sólo es dejar muy claro que hablo de una mujer. Los nombres propios distinguen entre masculino y femenino, y algunos idiomas, como el ruso, hacen con los apellidos lo mismo con la absoluta naturalidad de su gramática. Qué envidia.
No se trata de un capricho. Se escribe con todo el cuerpo, como defendía Machado, y un dato esencial de nuestra corporeidad es el sexo, que va mucho más allá de las dimensiones meramente biológicas. Lo ha explicado el profesor Viladrich: “Atañe la distinción sexual a aspectos más amplios y profundos de la persona: temperamento, sensibilidad, mentalidad, estructura psíquica, etc.”
La literatura no es asexuada, como no lo es el alma. Discrepo de Mario Quintana, que escribió que “lo más desconcertante de la muerte es cuando la gente descubre que el alma no tiene sexo”, y estoy con Joubert: “Dicen que las almas no tienen sexo, pero por supuesto que lo tienen”. Por eso me cuesta tanto escribir una sola línea sobre una mujer que no transparente de un modo u otro su femineidad.
Según con qué tipo de feministas discreparé más o menos, pero en algo me encontrarán siempre con ellas: ser mujer es un valor fundamental en sí mismo. Desde mi pre-adolescencia, si no antes, lo tengo clarísimo (en la teoría y en la práctica). Paradójicamente, esta sociedad híper-sexual es a la vez furiosamente alérgica a las diferencias inherentes a la condición sexuada de las personas.
Si a pesar de este alegato, ustedes deciden que el “la” es una expresión machista, renunciaré a ella. El machismo no es lo mío. Pero entonces daré vueltas, circunloquios, usaré el nombre (Emilia, Ingrid, María, Wislawa), antepondré “la escritora, la actriz, la soprano”, lo que sea… Todo antes de dejar de inclinarme, levemente, al paso de una señora.
En legítima defensa diré que mi intención sólo es dejar muy claro que hablo de una mujer. Los nombres propios distinguen entre masculino y femenino, y algunos idiomas, como el ruso, hacen con los apellidos lo mismo con la absoluta naturalidad de su gramática. Qué envidia.
No se trata de un capricho. Se escribe con todo el cuerpo, como defendía Machado, y un dato esencial de nuestra corporeidad es el sexo, que va mucho más allá de las dimensiones meramente biológicas. Lo ha explicado el profesor Viladrich: “Atañe la distinción sexual a aspectos más amplios y profundos de la persona: temperamento, sensibilidad, mentalidad, estructura psíquica, etc.”
La literatura no es asexuada, como no lo es el alma. Discrepo de Mario Quintana, que escribió que “lo más desconcertante de la muerte es cuando la gente descubre que el alma no tiene sexo”, y estoy con Joubert: “Dicen que las almas no tienen sexo, pero por supuesto que lo tienen”. Por eso me cuesta tanto escribir una sola línea sobre una mujer que no transparente de un modo u otro su femineidad.
Según con qué tipo de feministas discreparé más o menos, pero en algo me encontrarán siempre con ellas: ser mujer es un valor fundamental en sí mismo. Desde mi pre-adolescencia, si no antes, lo tengo clarísimo (en la teoría y en la práctica). Paradójicamente, esta sociedad híper-sexual es a la vez furiosamente alérgica a las diferencias inherentes a la condición sexuada de las personas.
Si a pesar de este alegato, ustedes deciden que el “la” es una expresión machista, renunciaré a ella. El machismo no es lo mío. Pero entonces daré vueltas, circunloquios, usaré el nombre (Emilia, Ingrid, María, Wislawa), antepondré “la escritora, la actriz, la soprano”, lo que sea… Todo antes de dejar de inclinarme, levemente, al paso de una señora.
viernes, 26 de marzo de 2010
Heráclito me da un baño (en el mismo río)
No tengo remedio. Nunca seré un erudito ni, siquiera, un lector voraz. Empiezo entusiasta Más virutas de taller de Miguel d’Ors, pero enseguida me entretengo entrelíneas.
En la página 11 encuentro esta anotación:
Y de pronto caigo en el río, plof, y quedo calado hasta los cuernos.
La frase de Heráclito el Oscuro está clarísima y Borges la vio mejor que nadie (y Jorge Manrique). El río es una metáfora transparente del tiempo, donde nos bañamos o, mejor dicho, nos sumergimos. No cruza el río por el aforismo para darle un toque bucólico, sino para que contemplemos y sintamos físicamente (como la cercanía del mar) lo que puntualiza Miguel: “que estamos en constante transformación”. Si queremos sustituir con una explicación analítica el símbolo de Heráclito hay que hacerlo con todas las de la ley y entonces su frase sale seca y pulida como un canto rodado: “Nadie dos veces”.
Y todo lo demás, nosotros incluidos, por supuesto, se va río abajo y se disuelve…
Qué baño me ha dado Heráclito, con ahogadilla y todo.
POST SCRIPTUM.- Sin embargo el baño me lo ha dado Heráclito en su mismo río y, cada vez que lo pienso, zas, la ahogadilla es la misma. Eso, como recalca la misma CB en su comentario, es un dato de experiencia inapelable. Samuel Johnson demostraba la libertad por el mismo método práctico, y punto. Pero sin salirnos del subyugante símbolo de Heráclito, hay, implícita, una alusión fundamental: las riberas. El río transcurre, nunca igual, por entre un paisaje y eso hace que el río sea el río y que nosotros también seamos. Fuera del río, a ambos lados, la tierra firme es la eternidad. Si no me ahogo, siempre salgo yo del mismo río.
En la página 11 encuentro esta anotación:
Si “nadie puede bañarse dos veces en el mismo río” es porque los ríos y nosotros mismos estamos en constante transformación.Le hice, me digo, un comentario a Miguel cuando me mandó esta viruta en una carta, pero no lo recuerdo bien, y hago varios intentos de reconstrucción. No, no era eso, no. Desesperado por mi mala memoria, al cabo de un rato, me rindo y vuelvo a la lectura.
Así que, Heráclito, te quedaste corto: “Nadie puede bañarse ni siquiera una vez en el mismo río”.
POST SCRIPTUM. Enrique García-Máiquez lee la nota anterior y me sugiere otro corolario posible: “Así que, Heráclito, te quedaste corto: ‘Nadie se baña dos veces’”.Vuelvo a interrumpir la lectura, medio ahogado ahora entre la sorpresa y la vanidad. Ah, don Miguel me escucha, oh. Enseguida, sin embargo, me inquieta algo y vuelvo corriendo al post scriptum. Um, yo tendría que haber dicho: “Heráclito, te pasaste de largo: ‘Nadie se baña dos veces’”. Qué fallo. Pero un retintín sigue silbándome aún en los oídos, como la risita burlona de un riachuelo de aguas cristalinas.
Y de pronto caigo en el río, plof, y quedo calado hasta los cuernos.
La frase de Heráclito el Oscuro está clarísima y Borges la vio mejor que nadie (y Jorge Manrique). El río es una metáfora transparente del tiempo, donde nos bañamos o, mejor dicho, nos sumergimos. No cruza el río por el aforismo para darle un toque bucólico, sino para que contemplemos y sintamos físicamente (como la cercanía del mar) lo que puntualiza Miguel: “que estamos en constante transformación”. Si queremos sustituir con una explicación analítica el símbolo de Heráclito hay que hacerlo con todas las de la ley y entonces su frase sale seca y pulida como un canto rodado: “Nadie dos veces”.
Y todo lo demás, nosotros incluidos, por supuesto, se va río abajo y se disuelve…
Qué baño me ha dado Heráclito, con ahogadilla y todo.
POST SCRIPTUM.- Sin embargo el baño me lo ha dado Heráclito en su mismo río y, cada vez que lo pienso, zas, la ahogadilla es la misma. Eso, como recalca la misma CB en su comentario, es un dato de experiencia inapelable. Samuel Johnson demostraba la libertad por el mismo método práctico, y punto. Pero sin salirnos del subyugante símbolo de Heráclito, hay, implícita, una alusión fundamental: las riberas. El río transcurre, nunca igual, por entre un paisaje y eso hace que el río sea el río y que nosotros también seamos. Fuera del río, a ambos lados, la tierra firme es la eternidad. Si no me ahogo, siempre salgo yo del mismo río.
jueves, 25 de marzo de 2010
De más
La punzante sensación de que aquí sobra alguien… y estoy solo.
*Lo peor de la palabrería es que ni siquiera el silencio la salva, sólo la remedia. A la palabrería la redimen las palabras esenciales, nada más.
*Escala de valores, de menos a más: 1) más, 2) más o menos, 3) menos, 4) nada, y 5) ni más ni menos.
martes, 23 de marzo de 2010
lunes, 22 de marzo de 2010
viernes, 19 de marzo de 2010
Paco
Paco el albañil ha venido por lo de las humedades. Ha roto de cuatro martillazos secos, que parecía que me los daba a mí, el techo de escayola del baño y ha visto que estaba tó calao. Eso también se veía, la verdad, por fuera. Luego se ha subido al tejado y ha estado un buen rato —cobra por horas— limpiando la pinocha y los jaramagos. Las tejas están muy bien puestas. Yo he aprendido que unas se llaman cobijas y otras canales, que son las fundamentales, y luego está el mortero, que lleva mucha cal, y el canalón. Como la humedad no podía ser del tejado, Paco se ha rascado la cabeza y ha dictaminado que era:
Mu raro, mu raro, mu raro, mu raro, mu raro, mu raro.A mí me ha distraído de mi problema la música de su frase, cuya entonación, por desgracia, no os he podido grabar. Qué sosos me han parecido de pronto mis pobres superlativos. Yo hubiese dicho “rarísimo” o incluso “insólito”. He pensado, con envidia, en la musa popular, en el aire de un cante de ida y vuelta o en el eco de copla de carnaval, pero no. Como lo ha repetido otra vez:
Mu raro, mu raro, mu raro, mu raro, mu raro, mu raro.me ha dado tiempo a reflexionar, y he caído en que era la música del hexámetro, y se oía clarísima (dentro de lo que yo puedo saber de la música del hexámetro). No hay que olvidar, me he dicho para reforzar mi teoría, que El Puerto lo fundó Menesteo. La gracia desde luego no estaba en el tema, que a mí me horroriza, y más aún cuando al principio le confesé mis miedos a Paco y él, en vez de consolarme, puso cara de circunstancias, se rascó y dijo: “En las casas, el agua es lo peor”. Pero a pesar de lo peor, el ritmo de su frase me ha encantado (literalmente) e, incapaz de imitarlo, me he puesto a ver si conseguía al menos un aforismo: “Las humedades son los fantasmas de las casas burguesas”, por ejemplo. Como me he quedado un buen rato callado, ensimismado, medio sonriendo, la última vez que Paco ha dicho:
Mu raro, mu raro, mu raro, mu raro, mu raro, mu raro.no sé ya si estaba hablando de la humedad o del dueño. Me miraba.
jueves, 18 de marzo de 2010
El origen
Sólo con una madre puede hablarse incansablemente de uno mismo sin ser egoísta. Lo sabía desde hace años. Hoy he visto cómo empezó todo: la embarazada se mira el ombligo constantemente con una generosidad sin límites.
Estos son sus poderes
Ayer, en el almuerzo, nuestra prima Alicia Delkader, que será la madrina de Carmencita y ya ejerce, comentó que dEl rompehoras de las Españas le había gustado mucho el encuentro con José Cereijo. Le alabo el gusto: en ese café de la estación se paró el tiempo extrañamente.
Por la tarde, leyendo los tres cuentos semi inéditos o camuflados que me regaló Cereijo, me entró el pasmo. Allí se desvela el misterio. En el último cuento expresaba un deseo: “Cuánto daría yo porque esos cincuenta y tres días se volvieran de pronto cincuenta y tres años”. Lo estremecedor, sin embargo, estaba antes, en el primero y en el segundo:
Por la tarde, leyendo los tres cuentos semi inéditos o camuflados que me regaló Cereijo, me entró el pasmo. Allí se desvela el misterio. En el último cuento expresaba un deseo: “Cuánto daría yo porque esos cincuenta y tres días se volvieran de pronto cincuenta y tres años”. Lo estremecedor, sin embargo, estaba antes, en el primero y en el segundo:
Al cabo de bastante tiempo, cosa de media hora...Que aquella media hora nuestra (¡media hora exacta!) cundiese tanto no fue una percepción mía ni una casualidad. Para Cereijo, en 30 minutos de nada cabe todo un mundo. Su visión transforma la realidad: a su alrededor los relojes se ralentizan. Qué poderosa es la buena literatura.
La entrevista fue larga; hay quienes han llegado a hablar de más de dos horas, pero parece razonable atenerse a la estimación, más prudente, de unos treinta minutos.
Se encuentra
Tardamos veinte minutos en encontrar a la autora que había ignorado durante veinte años. El poema lo había escrito María García Amilburu, gracias le sean dadas. Y hemos tardado sólo diecisiete días en disponer de la versión original exacta:
No hay ausenciasMi memoria lo había, supongo que poco a poco, convertido en un tanka. Sólo se resistía un poco el primer verso: "No hay ausencia. Cerca", donde había que tirar de demasiada sinalefa, pero estaba a punto de conseguirlo. Bueno: no sólo de métrica (japonesa) vive el hombre.
Cerca,
porque tengo tanto tuyo en mi interior,
que estando yo conmigo
te encuentras tú presente.
miércoles, 17 de marzo de 2010
El ruido y lo fucsia
Después de tanto follón como hubo en aquel viaje, al único al que se le ha ido la mano ha sido a mí, ay, que presumía de ecuánime. Se me ha ido al rosa fucsia. Con la excusa de que hay que acostumbrarse al nuevo costumbrismo, de frivolidad en frivolidad, he acabado helado. Lo avisó don Antonio: "Qué difícil es..."
martes, 16 de marzo de 2010
La profecía
Mi corazón de piedra
a duras penas ama
y poco y solo a ratos.
La caridad cristiana
la conozco de oídas,
la mística, de páginas
de san Juan de la Cruz
y la piedad, de nada.
Alrededor hay gentes
mejor cualificadas:
son sabias, son sensibles,
son suaves, solidarias...
Podrían, si quisieran,
pero de Dios no hablan;
y ya lo dijo Cristo:
"Si estos callan --y callan--
me aclamarán las piedras".
Mi corazón le canta.
domingo, 14 de marzo de 2010
El rompehoras de las Españas
El día va a ser tan largo que empezó anoche y acabará mañana. Eso fue lo que pensé cuando a las 6:15 abrí un ojo y vi los dos de Leonor mirándome fijamente. Dijo: “Dentro de cinco minutos sonará el despertador” “Ya para qué, eh”, repliqué, poniéndome de pie. El día, en realidad, había empezado anoche, cuando ella clamaba al cielo con un puño cerrado: “Menos mal que no voy, menos mal que no voy”. Se estaba enterando de todos los planes que había hecho para mis horas en Madrid (viaje de ida y vuelta en el día) y pensaba que aquello era imposible y, por tanto, que no podía ser. Su alegría por no venir era muy curiosa: se parecía bastante al enfado. Me hizo llamar para tratar de cancelar alguna cita. Sin éxito, afortunadamente.
A las 6: 30, mientras me desayunaba un plátano y un café (1º) y luego otro (2º), mandé mi artículo al Diario, y dejé en el blogg un exagerado montón de enlaces, por si perdía el tren de vuelta y tardaba en volver no dejaros con Franco frente a frente.
A las 7: 30 estaba en carretera y a las 8:10 en autopista (de peaje). A las 9:00 en punto llegaba a Santa Justa, ante el asombro de Abel Feu por mi puntualidad. Aparqué junto a su coche y pasamos rápidamente de su maletero al mío unas cajas con el nuevo libro de d'Ors: Más virutas de taller. Parecíamos contrabandistas. Luego entramos a tomar un café (3º) a la estación. Aunque iba a pasar un día, yo llevaba dos maletas: un maletín grande, con libros, papeles, revistas, el ordenador y dos insólitos sándwiches que me había preparado Leonor con ese instinto maternal que se le dispara por días; y un maletón chico que llevaba vacío para llenarlo en casa de mi suegra con la ropa que le está comprando a Carmencita, con un instinto de abuela que se le dispara por días. Abel no dijo nada, pero yo me acordé de las veces que nos ha contado aquel viaje a un congreso de poetas en Granada que hizo con X y como éste apareció con un boli y un cuaderno. Abel pensó: “Quillo, ¿y la maleta?”, y no había maleta. Ahora estaría pensando: “Ni tanto ni tan calvo, tú, que vuelves esta noche”.
En el AVE me tocó al lado de un señor recortadito con la barba recortadita que se estaba estudiando El País. Fui a por un café (4º). En la cafetería leí El País (¿reflejo mimético?) y a la vuelta allí seguía, como un muñeco de cera, casi inmóvil, leyendo El País. En un momento dado, me llamó mi amigo Antonio Romero-Haupold, y yo, muy ufano, nada recortadito, más bien desparramado por los bordes, le dije: “Me pillas en el AVE: voy [tatatachán] a Madrid a dar una conferencia”. Y miré con el rabillo del ojo a mi acompañante, para estudiar la impresión causada. No mucha. A los cinco minutos (o menos) le llama un tal Jerónimo, al que cuenta que viene de Jerez de dar una conferencia y le pregunta si va a ir a la de esta tarde en Madrid. Jerónimo asiente, por supuesto, y entonces mi vecino de asiento le informa con toda la naturalidad del mundo: “Pues te harán falta entradas. Hay un aforo de 650 personas y me han dicho que habrá lleno. A mí todavía me queda alguna”. Qué poco dura la vanidad en la casa del pobre. Él, ricamente, dobló entonces con mucho cuidado El País y, justo cuando me debatía entre pulsiones cainitas, sacó Caín de Saramago.
En Atocha, a las 12:20 en punto me esperaba José Cereijo. Me hizo una ilusión grande llegar a Madrid y tener a un amigo entre ese grupo de gente que siempre espera a los viajeros. No se conocen de nada, pero están juntitos, apiñados, como si el cariño, que no es mutuo, sino a los que vienen, hiciese, en cualquier caso, su trabajo, y les uniera. Me dio calorcito ver entre ellos a mi viejo amigo, uno de los más antiguos que tengo de la poesía. En la misma estación nos tomamos un café (5º). Hablamos de Borges, de Panero, de Trapiello, de Lostalé, de Urcelay, de San Juan de la Cruz, de d’Ors, de Eloy Sánchez Rosillo, de Leopardi, de Carlos Javier Morales, de García Martín, de Antonio Moreno y, sobre todo, de la Musa y del barón de Münchhausen. Lo asombroso es que sólo estuvimos media hora y que diese para tanto y tan hondo y tan tranquilos.
Me monté en un taxi y fui a casa de mi suegra, a rellenar la maleta con ropa para Carmencita. No ha nacido, y ya es una fashion victim. Se habla mucho últimamente por teléfono en mi entorno sobre faldones, capotas, encajes, lazos y zapatitos, y ya tiene un un fondo de armario profundísimo. La ropa que mi suegra le ha comprado y que va de los dos meses a los dos años, de trajes de fiesta a abrigos de pre-esquí, no cupo en la maleta, de modo que hubo que habilitar una bolsa más.
Con los nuevos bultos, bajé a la esquina de Ferraz con Marqués de Quintana, donde me recogió Kiko Méndez-Monasterio. Educadísimo, le pareció lo más natural del mundo que uno vaya a Madrid a pasar el día con tres bultos inmensos; e hizo sitio, con esfuerzo, en el maletero de su coche. La casa de Kiko es luminosa y pasé en ella unas horas espléndidas. Me hizo bien al cuerpo y al alma. Centrémonos en el alma (no sin antes alabar la comida). La gente me ha metido mucho miedo con el follón de la paternidad y, sin embargo, allí, con dos niñas pequeñas y que según los padres se estaban portando fatal, se respiraba una paz deliciosa, casi cartujana. A Leonor le habría encantado estar allí. En la sobremesa, renuncié a otro café (no quería acabar dando saltos en el aula de la conferencia), y abrí mi correo para asegurarme de la hora exacta del evento. Entonces vi que Ignacio Peyró había reseñado Lo que ha llovido. Me pareció poco conveniente decir: “Amigos, interrumpamos cinco minutos esta apacible tertulia, que voy a leer(me)le ”, y me quedé con la ilusión y a la expectativa.
En la UFV me recibieron con los brazos abiertos, como siempre. Hablaba de poesía, como siempre, pero ante un público más juvenil, no el del Master de Humanidades, sino el de un curso que tienen de liderazgo para universitarios, patrocinado por el Banco de Santander (¡gracias!, que no todo va a ser la Fórmula 1). Lo había pasado tan bien en casa de los M-M y los muchachos estaban tan divertidos con su fin de semana cultural que una cosa contagió a la otra, y la conferencia salió más risueña de lo que pide la poesía, que es alada y graciosa, pero no desternillante. Aunque bien está lo que bien acaba: les había dado el soneto 76 de Shakespeare y cinco traducciones distintas, para que eligiesen la mejor. Se trataba de afilar su sentido crítico. Una chica levantó la mano, ufana: “Ya sé cuál es la mejor”. “Bien, ¿cuál?”. “El soneto 76”. Como todos eran el soneto 76 pensé por un instante que se estaba quedando conmigo. No. La equivocación tenía su motivo: una vez detectado el mejor, había leído atropelladamente el título; pero con explicación y todo fue un momento de jolgorio perfecto. Yo me senti muy solidario pues hasta entonces creí que esas cosas sólo me pasaban a mí y, por otra parte, puso un broche festivo a la conferencia. A Shakespeare me pega que le habría hecho mucha gracia. Está en la línea de su humor.
Con el taxista que me llevaba a Atocha, sin embargo, perdí una oportunidad de oro. Hablamos de Delibes. Una muerte como la suya, con la obra cumplida, la familia alrededor, el aprecio de todos, no es un drama, le dije. Un escritor casi no se muere. Y él, que cogió la idea y le pareció bien, añadió: “Así es. A un tuercebotas [sic] como yo, en cambio, cuando muere se le olvida, no queda nada”. Parecía el epitafio de Portocarrero. Yo, entonces, tendría que haberle explicado que “la muerte no interrumpe nada” y hablarle de Dios y de la vida eterna, porque lo tenía a huevo, y de la grandeza que todos tenemos y tendremos a sus ojos. Pero a esas alturas del día estaba muy cansado y me impresionó verme tan bien entendido por el taxista y esa palabra, sobre todo, “tuercebotas”. Me quedé pasmado.
En el AVE de vuelta iba en preferente, para que cenase allí (¡gracias, UFV!), aunque lo de menos fue la cena. Qué diversión de vagón, mejor que la televisión. Detrás de mí se sentó una folclórica famosa (por el porte lo digo, porque yo no la conocía) y su hija. A ellas sus billetes se los había pagado, precisamente, la televisión, y protestaban porque le habían sacado asientos diferentes. Por lo visto, en RTVE cada vez hacen peor las cosas. La hija le preguntó a la madre algo impresionante: “¿Acaso soy yo menos artista que mi hermano?” La sombra de Caín cruza errante por la red ferroviaria española.
Así las cosas, la quijada no tardó en aparecer. En mi coche iba la Princesa de Tracia, su novio o amigo o acompañante, que es podólogo, y un tal Enrique, del que quedó meridianamente claro que es homosexual y que trabaja en algún programa del corazón. Yo esos datos los desconocía. Pero allí se pusieron a gritarse, con un impresionante desmelene, la Princesa y el periodista a cuenta de la autenticidad de sus respectivos títulos, y nos enteramos de todo con pelos y señales. Era asistir en primera fila a un programa del corazón. La sangre, prácticamente, nos salpicaba. Quiero contarlo en mi artículo del miércoles, pero si no me sale, volveré sobre mis pasos, para dar aquí todo lujo (es un decir) de detalles. Me tomé mi sexto café. Como iba en preferente, pude saborearlo sin perderme nada de aquella escena de Almodóvar en directo.
En Sevilla, a las 11:20 tenía aún por delante una buena hora de AP-4 y ya nada podría mejorar el día, me dije, resignado. Todo sería decadencia y cansancio… Pero volví oyendo a Mozart, entusiasmado. A la altura del peaje, lamenté que no se hubiese ocurrido un mísero verso, que es una tradición ya, y entre el barón de Münchhausen y yo garrapateamos este:
Leonor había salido a cenar con unos amigos y me pasé a recogerla. No tuve que bajarme del coche. Bastó una llamada de las llamadas gitanas (con perdón), y salió… ¡corriendo! Por Dios, cuidado, que con tanta lluvia hay mucho verdín en las calles.
En casa, tras los saludos saltarines de los perros, pude entrar en Internet para leer la reseña de Peyró (¡gracias, Peyró!) y colgar mi haiku. Leonor esta vez no me afeó el vicio informático porque estaba (01:25 de la madrugada) sacando y contemplando y ponderando y colgando la ropita de Carmen. ¡Qué de favores me está haciendo esa criatura desde el principio, madre! Leí también el artículo de Luis Suárez sobre el descubrimiento de El Lazarillo. Yo soy de los que está muy contento de que se le haya descubierto la noble paternidad, por múltiples razones que debería desgranar en otro artículo, pero no tenía el pequeño dato del Gran Puerto de Santa María. Nada como estar de nuevo en casa.
A las 6: 30, mientras me desayunaba un plátano y un café (1º) y luego otro (2º), mandé mi artículo al Diario, y dejé en el blogg un exagerado montón de enlaces, por si perdía el tren de vuelta y tardaba en volver no dejaros con Franco frente a frente.
A las 7: 30 estaba en carretera y a las 8:10 en autopista (de peaje). A las 9:00 en punto llegaba a Santa Justa, ante el asombro de Abel Feu por mi puntualidad. Aparqué junto a su coche y pasamos rápidamente de su maletero al mío unas cajas con el nuevo libro de d'Ors: Más virutas de taller. Parecíamos contrabandistas. Luego entramos a tomar un café (3º) a la estación. Aunque iba a pasar un día, yo llevaba dos maletas: un maletín grande, con libros, papeles, revistas, el ordenador y dos insólitos sándwiches que me había preparado Leonor con ese instinto maternal que se le dispara por días; y un maletón chico que llevaba vacío para llenarlo en casa de mi suegra con la ropa que le está comprando a Carmencita, con un instinto de abuela que se le dispara por días. Abel no dijo nada, pero yo me acordé de las veces que nos ha contado aquel viaje a un congreso de poetas en Granada que hizo con X y como éste apareció con un boli y un cuaderno. Abel pensó: “Quillo, ¿y la maleta?”, y no había maleta. Ahora estaría pensando: “Ni tanto ni tan calvo, tú, que vuelves esta noche”.
En el AVE me tocó al lado de un señor recortadito con la barba recortadita que se estaba estudiando El País. Fui a por un café (4º). En la cafetería leí El País (¿reflejo mimético?) y a la vuelta allí seguía, como un muñeco de cera, casi inmóvil, leyendo El País. En un momento dado, me llamó mi amigo Antonio Romero-Haupold, y yo, muy ufano, nada recortadito, más bien desparramado por los bordes, le dije: “Me pillas en el AVE: voy [tatatachán] a Madrid a dar una conferencia”. Y miré con el rabillo del ojo a mi acompañante, para estudiar la impresión causada. No mucha. A los cinco minutos (o menos) le llama un tal Jerónimo, al que cuenta que viene de Jerez de dar una conferencia y le pregunta si va a ir a la de esta tarde en Madrid. Jerónimo asiente, por supuesto, y entonces mi vecino de asiento le informa con toda la naturalidad del mundo: “Pues te harán falta entradas. Hay un aforo de 650 personas y me han dicho que habrá lleno. A mí todavía me queda alguna”. Qué poco dura la vanidad en la casa del pobre. Él, ricamente, dobló entonces con mucho cuidado El País y, justo cuando me debatía entre pulsiones cainitas, sacó Caín de Saramago.
En Atocha, a las 12:20 en punto me esperaba José Cereijo. Me hizo una ilusión grande llegar a Madrid y tener a un amigo entre ese grupo de gente que siempre espera a los viajeros. No se conocen de nada, pero están juntitos, apiñados, como si el cariño, que no es mutuo, sino a los que vienen, hiciese, en cualquier caso, su trabajo, y les uniera. Me dio calorcito ver entre ellos a mi viejo amigo, uno de los más antiguos que tengo de la poesía. En la misma estación nos tomamos un café (5º). Hablamos de Borges, de Panero, de Trapiello, de Lostalé, de Urcelay, de San Juan de la Cruz, de d’Ors, de Eloy Sánchez Rosillo, de Leopardi, de Carlos Javier Morales, de García Martín, de Antonio Moreno y, sobre todo, de la Musa y del barón de Münchhausen. Lo asombroso es que sólo estuvimos media hora y que diese para tanto y tan hondo y tan tranquilos.
Me monté en un taxi y fui a casa de mi suegra, a rellenar la maleta con ropa para Carmencita. No ha nacido, y ya es una fashion victim. Se habla mucho últimamente por teléfono en mi entorno sobre faldones, capotas, encajes, lazos y zapatitos, y ya tiene un un fondo de armario profundísimo. La ropa que mi suegra le ha comprado y que va de los dos meses a los dos años, de trajes de fiesta a abrigos de pre-esquí, no cupo en la maleta, de modo que hubo que habilitar una bolsa más.
Con los nuevos bultos, bajé a la esquina de Ferraz con Marqués de Quintana, donde me recogió Kiko Méndez-Monasterio. Educadísimo, le pareció lo más natural del mundo que uno vaya a Madrid a pasar el día con tres bultos inmensos; e hizo sitio, con esfuerzo, en el maletero de su coche. La casa de Kiko es luminosa y pasé en ella unas horas espléndidas. Me hizo bien al cuerpo y al alma. Centrémonos en el alma (no sin antes alabar la comida). La gente me ha metido mucho miedo con el follón de la paternidad y, sin embargo, allí, con dos niñas pequeñas y que según los padres se estaban portando fatal, se respiraba una paz deliciosa, casi cartujana. A Leonor le habría encantado estar allí. En la sobremesa, renuncié a otro café (no quería acabar dando saltos en el aula de la conferencia), y abrí mi correo para asegurarme de la hora exacta del evento. Entonces vi que Ignacio Peyró había reseñado Lo que ha llovido. Me pareció poco conveniente decir: “Amigos, interrumpamos cinco minutos esta apacible tertulia, que voy a leer(me)le ”, y me quedé con la ilusión y a la expectativa.
En la UFV me recibieron con los brazos abiertos, como siempre. Hablaba de poesía, como siempre, pero ante un público más juvenil, no el del Master de Humanidades, sino el de un curso que tienen de liderazgo para universitarios, patrocinado por el Banco de Santander (¡gracias!, que no todo va a ser la Fórmula 1). Lo había pasado tan bien en casa de los M-M y los muchachos estaban tan divertidos con su fin de semana cultural que una cosa contagió a la otra, y la conferencia salió más risueña de lo que pide la poesía, que es alada y graciosa, pero no desternillante. Aunque bien está lo que bien acaba: les había dado el soneto 76 de Shakespeare y cinco traducciones distintas, para que eligiesen la mejor. Se trataba de afilar su sentido crítico. Una chica levantó la mano, ufana: “Ya sé cuál es la mejor”. “Bien, ¿cuál?”. “El soneto 76”. Como todos eran el soneto 76 pensé por un instante que se estaba quedando conmigo. No. La equivocación tenía su motivo: una vez detectado el mejor, había leído atropelladamente el título; pero con explicación y todo fue un momento de jolgorio perfecto. Yo me senti muy solidario pues hasta entonces creí que esas cosas sólo me pasaban a mí y, por otra parte, puso un broche festivo a la conferencia. A Shakespeare me pega que le habría hecho mucha gracia. Está en la línea de su humor.
Con el taxista que me llevaba a Atocha, sin embargo, perdí una oportunidad de oro. Hablamos de Delibes. Una muerte como la suya, con la obra cumplida, la familia alrededor, el aprecio de todos, no es un drama, le dije. Un escritor casi no se muere. Y él, que cogió la idea y le pareció bien, añadió: “Así es. A un tuercebotas [sic] como yo, en cambio, cuando muere se le olvida, no queda nada”. Parecía el epitafio de Portocarrero. Yo, entonces, tendría que haberle explicado que “la muerte no interrumpe nada” y hablarle de Dios y de la vida eterna, porque lo tenía a huevo, y de la grandeza que todos tenemos y tendremos a sus ojos. Pero a esas alturas del día estaba muy cansado y me impresionó verme tan bien entendido por el taxista y esa palabra, sobre todo, “tuercebotas”. Me quedé pasmado.
En el AVE de vuelta iba en preferente, para que cenase allí (¡gracias, UFV!), aunque lo de menos fue la cena. Qué diversión de vagón, mejor que la televisión. Detrás de mí se sentó una folclórica famosa (por el porte lo digo, porque yo no la conocía) y su hija. A ellas sus billetes se los había pagado, precisamente, la televisión, y protestaban porque le habían sacado asientos diferentes. Por lo visto, en RTVE cada vez hacen peor las cosas. La hija le preguntó a la madre algo impresionante: “¿Acaso soy yo menos artista que mi hermano?” La sombra de Caín cruza errante por la red ferroviaria española.
Así las cosas, la quijada no tardó en aparecer. En mi coche iba la Princesa de Tracia, su novio o amigo o acompañante, que es podólogo, y un tal Enrique, del que quedó meridianamente claro que es homosexual y que trabaja en algún programa del corazón. Yo esos datos los desconocía. Pero allí se pusieron a gritarse, con un impresionante desmelene, la Princesa y el periodista a cuenta de la autenticidad de sus respectivos títulos, y nos enteramos de todo con pelos y señales. Era asistir en primera fila a un programa del corazón. La sangre, prácticamente, nos salpicaba. Quiero contarlo en mi artículo del miércoles, pero si no me sale, volveré sobre mis pasos, para dar aquí todo lujo (es un decir) de detalles. Me tomé mi sexto café. Como iba en preferente, pude saborearlo sin perderme nada de aquella escena de Almodóvar en directo.
En Sevilla, a las 11:20 tenía aún por delante una buena hora de AP-4 y ya nada podría mejorar el día, me dije, resignado. Todo sería decadencia y cansancio… Pero volví oyendo a Mozart, entusiasmado. A la altura del peaje, lamenté que no se hubiese ocurrido un mísero verso, que es una tradición ya, y entre el barón de Münchhausen y yo garrapateamos este:
En la autopistaPero en el último momento, a 1000 metros de la salida, me adelantó un coche con un conductor solitario y, zas, inesperadamente, la Musa.
ni un solo haiku: bueno,
un viaje zen.
Leonor había salido a cenar con unos amigos y me pasé a recogerla. No tuve que bajarme del coche. Bastó una llamada de las llamadas gitanas (con perdón), y salió… ¡corriendo! Por Dios, cuidado, que con tanta lluvia hay mucho verdín en las calles.
En casa, tras los saludos saltarines de los perros, pude entrar en Internet para leer la reseña de Peyró (¡gracias, Peyró!) y colgar mi haiku. Leonor esta vez no me afeó el vicio informático porque estaba (01:25 de la madrugada) sacando y contemplando y ponderando y colgando la ropita de Carmen. ¡Qué de favores me está haciendo esa criatura desde el principio, madre! Leí también el artículo de Luis Suárez sobre el descubrimiento de El Lazarillo. Yo soy de los que está muy contento de que se le haya descubierto la noble paternidad, por múltiples razones que debería desgranar en otro artículo, pero no tenía el pequeño dato del Gran Puerto de Santa María. Nada como estar de nuevo en casa.
sábado, 13 de marzo de 2010
Contiene spoilers
Estoy encantado con el nuevo encargo que me han hecho en Alba. Consiste en comentar muy a mi aire las películas que veo en el cine. La sección se va a llamar "Contiene spoilers", porque quien avisa no es traidor. Aprovechan en Alba el primer párrafo para ponerlo de entradilla en la página principal y luego no lo reproducen en el texto principal. Por eso, las críticas comienzan algo abruptamente: algo así como llegar cinco minutos tarde al cine. Para evitarles las molestias, las aprovecho yo mismo de trampolínks.
Mi película preferida ha sido An Education. El comentario se me quedó muy corto, ay:
Mi película preferida ha sido An Education. El comentario se me quedó muy corto, ay:
Una de las iniciativas más interesantes de la sociedad civil actual son las escuelas de padres y los cursos de orientación familiar. Ante la creciente, agobiante presión exterior, muchos matrimonios acuden a ellos en busca de criterios y habilidades para educar a sus hijos. El método didáctico suele ser el estudio, el posterior debate y la puesta en común de un caso. La película An Education resultaría perfecta como caso práctico en esos cursos.La reseña que mejor me ha quedado fue la de Precious:
En una de las últimas escenas de la película, Precious, una chica negra de 16 años con obesidad mórbida, le dice a la desbordada asistente social Mrs. Weiss, que acaba de conocer toda su terrible historia de violencia y abusos: “Me caes bien, pero esto te supera”. También nos lo está diciendo a todos los espectadores y yo, al menos, no tengo inconveniente en reconocer que estoy exactamente igual que Mrs. Wise: superado. La historia es durísima.También hice la de Invictus, que fue la que más le gustó a mi jefe.
Mientras que los romanos concibieron el deporte como un espectáculo y una distracción del pueblo para que no se preocupase por la política (el archiconocido panem et circenses), los griegos lo entendieron como un rito religioso y un elemento de cohesión nacional. Nosotros, herederos de ambos, nos debatimos entre ambas concepciones. Invictus, la última película de Clint Eastwood, basada en un libro John Carlin, apuesta decididamente por la visión griega.La de Up in the Air, que, en contra de la opinión general, me interesó bastante:
Qué pena no haber estado haciendo estas crónicas de cine cuando Jason Reitman, director de Up in the Air, estrenó Juno. Hubiese llenado mi crítica de signos de admiración. Con esta película no llegaré a tanto, pero alguna exclamación sí que se me escapará. Los que odian los spoilers, pueden dejar de leerme cuando se acaben las negritas, e irse a verla. Más tarde hablamos. De la película se sale con unas ganas locas de comentarla.Y la de Avatar, que fue la primera, y como estaba inseguro, me cogí de la mano de Alejandro Martín Navarro de forma descarada (le debo un café, o, para ser justos, un almuerzo.)
La mejor imagen de Avatar de James Cameron, la película más taquillera de la historia de España, la pone en realidad el público. Al ser una película en 3D a los asistentes nos colocan a la entrada unas grandes gafas, talmente unas anteojeras. Anteojeras que te imponen, ojo, los colores: uno rojo, otro verde. Consiguen así una imagen de una impresionante justicia poética. Imposible no rendir un recuerdo a Ramón de Campoamor: “En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira, / todo es según el color / del cristal con que se mira”.
viernes, 12 de marzo de 2010
Memoria histórica
Tras la guerra civil, Juan Gil-Albert se exilió en México y sólo volvió a España en 1947 a tirones de una nostalgia irresistible por su tierra, y para encerrarse en lo que se llamó el exilio interior. Releyéndole con gusto, como siempre, me ha sorprendido su poema “Apetencia”. Es muy bonito, pero lo suelen ser los suyos, así que la sorpresa no venía por el lado de la estética. La sorpresa venía del lado de la memoria histórica.
El poema está fechado en los versos 4 y 5: “veintisiete de mayo/ del año del Señor cincuenta y ocho”. Estamos en uno de esos años que el poeta Miguel d’Ors sitúa con ironía “allá por el cincuentayfranco”. Gil-Albert, sin embargo, no gasta ironías, él va a lo suyo.
Pero nosotros no podemos evitar leerle en el año del Señor dos mil diez, y por tanto nos chocan enseguida los versos del 19 al 29: “Los primerizos coches, camiones, / inician su diario desconcierto / con rutina afanosa. / ¿Qué otra cosa se puede en nuestros días / hacer que trabajar? / Es santo y seña. / Trabajan los honrados y los lerdos, / trabajan los sagaces y malvados. / Todos responden hoy a esa llamada / del deber. / Ya no se ven mendigos”. Desde esta España en paro uno se para al leer eso. Lo mismo que en las épocas de hambre la gente se desentendía del argumento de la película y contemplaba arrobada lo que comían los lujosos protagonistas, no se me van ahora de la cabeza unos versos que, como quien no quiere la cosa, retratan una sociedad de pleno empleo.
Lejos de la intención de Gil-Albert hacer propaganda de los logros sociales del franquismo y lejos de mí tergiversar su poesía. En el poema, hace una defensa de su ocio aristocratizante, y se permite cierto desprecio a “los que piden un sueldo y un estadio / donde gritar unidos como un hombre”. Pero tampoco le gustaría al poeta alicantino que pusiésemos en duda su testimonio y comprendería que uno, con la que está cayendo, se admire ante esos dos versos inauditos, casi increíbles: “¿Qué otra cosa se puede en nuestros días / hacer que trabajar?”. Qué cosas.
El poema está fechado en los versos 4 y 5: “veintisiete de mayo/ del año del Señor cincuenta y ocho”. Estamos en uno de esos años que el poeta Miguel d’Ors sitúa con ironía “allá por el cincuentayfranco”. Gil-Albert, sin embargo, no gasta ironías, él va a lo suyo.
Pero nosotros no podemos evitar leerle en el año del Señor dos mil diez, y por tanto nos chocan enseguida los versos del 19 al 29: “Los primerizos coches, camiones, / inician su diario desconcierto / con rutina afanosa. / ¿Qué otra cosa se puede en nuestros días / hacer que trabajar? / Es santo y seña. / Trabajan los honrados y los lerdos, / trabajan los sagaces y malvados. / Todos responden hoy a esa llamada / del deber. / Ya no se ven mendigos”. Desde esta España en paro uno se para al leer eso. Lo mismo que en las épocas de hambre la gente se desentendía del argumento de la película y contemplaba arrobada lo que comían los lujosos protagonistas, no se me van ahora de la cabeza unos versos que, como quien no quiere la cosa, retratan una sociedad de pleno empleo.
Lejos de la intención de Gil-Albert hacer propaganda de los logros sociales del franquismo y lejos de mí tergiversar su poesía. En el poema, hace una defensa de su ocio aristocratizante, y se permite cierto desprecio a “los que piden un sueldo y un estadio / donde gritar unidos como un hombre”. Pero tampoco le gustaría al poeta alicantino que pusiésemos en duda su testimonio y comprendería que uno, con la que está cayendo, se admire ante esos dos versos inauditos, casi increíbles: “¿Qué otra cosa se puede en nuestros días / hacer que trabajar?”. Qué cosas.
jueves, 11 de marzo de 2010
Trabalenguas trágico
El drama del hombre moderno —leo— es que ignora que no todo lo que puede hacerse debe hacerse. Bien, pero mi tragedia personal es otra: saber que no puedo hacer todo lo que debo.
martes, 9 de marzo de 2010
¿Me coge el toro?
¿_¿
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Signos de interrogación: un toro corniveleto que mete miedo.
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Signos de interrogación: un toro corniveleto que mete miedo.
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