jueves, 4 de marzo de 2010

Gaya, Panero y yo

Me he llevado una sorpresa y una alegría muy grande al descubrir que Ramón Gaya había leído a Leopoldo Panero, y tan cuidadosamente como para matizarlo. En El silencio del arte, dice: “Lo mejor del hombre es la creencia; se ha dicho que era el dolor, pero el dolor es un medio para llegar a la creencia”. Si no estoy equivocado, eso contesta directamente al verso: “Lo mejor de mi vida es el dolor”, del poema “El templo vacío” de Escrito a cada instante. La figura de Gaya nunca deja de crecer, porque qué atención más viva a la poesía demuestra esa cita (espléndida, por otra parte, como siempre) y a la poesía estrictamente contemporánea, y qué bien leída, con qué seriedad y hondura. A Panero, por otra parte, tener como interlocutor a Gaya, como interlocutor que le toma tan en cuenta, también le engrandece. De ese encuentro todos salimos ganando.

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También he tenido yo mi pequeño encuentro con Panero. Leyendo la antología que ha hecho José Cereijo, titulada Memoria del corazón, llegué a la página 176 y me di con el “Canto al Teleno V”, que reza:
Te vi tras las ventanas del colegio,
aun inconsciente a tu belleza entonces
o ignorando que al verte iba amansando
hora tras hora el corazón riqueza
que no se agota nunca.

Yo lo que veía tras las ventanas del colegio, aún inconsciente a su belleza entonces, quizá inconsciente hasta hoy mismo que lo he recordado a la sombra del Teleno, era el azulmorado del mar más hermoso del mundo (JRJ --que tanto lo vio desde las ventanas de su colegio del Puerto-- dixit), y a la luz más clara y más honda del invierno. Y aquello, es verdad, es verdad, no se agota nunca.

Me entristece, mientras pienso sin cesar en la hija que ya tengo, saber que en estos treinta años, entre entonces y ahora, construyeron pisos y construyeron apartamentos de playa y más pisos y ya no se ve el mar desde las ventanas de mi colegio ni, me temo, desde el colegio de las niñas, que está bastante cerca y a la misma altura. Los han cegado.

Siempre podré, por supuesto, llevar a mi hija de la mano hasta el Paseo Marítimo, pero eso no es lo mismo. Lo suyo son las ventanas del colegio y la inconsciencia, sobre todo la inconsciencia. Menos mal que, venciendo la melancolía, sigo leyendo, y sigue Panero:

… Un poco de ti existe,
por mí llevado como lleva el río
la nieve derretida, en las pupilas
de mis hijos. Un poco en su mirada
Ah, bien.
***
De aquella lectura de Memoria del corazón, esta reseña; aunque no os sintáis en la obligación de leerla, eh. Lo advierto: sólo es para los muy apasionados por la poesía.

2 comentarios:

Javier de Navascués dijo...

Te entiendo bien como ex alumno. Como sabes, no suelo (ay) bajar demasiado a Cádiz. Una vez quise enseñar a Marina y a los niños mi colegio y me perdí por las urbanizaciones. Al final llegué al Grazalema, que era el destino ideal de mi juventud, pero no el de mi madurez (nuevo ay).

RG dijo...

Gracias, en npmbre de Ramón.