miércoles, 6 de noviembre de 2013

Palobras


Ahora que estoy muerto, por unas razones y otras,  para la literatura, qué alegría más honda encontrar que mis libros, mis poemas y mis artículos siguen latiendo por mí. Mientras yo, con el alma en un puño, estaba revisando mis programaciones de aula, alguien ha leído con simpatía e inteligencia  Lo que ha llovido. He vivido más allí con él que aquí conmigo. Habría bastado con eso, pero Antonio Moreno y Josep Maria Asencio han tenido a bien escogerme un poema para su interesante antología Vida callada. Además, un poema de Ardua mediocritas, que es un libro que tenía echado al olvido, que ya ni siquiera me llevo a las lecturas. El efecto de resurrección ha sido mayor aún: 

UNOS POCOS INSTANTES PERSONALES 

Ser o no ser no es la cuestión. La cuestión es 
saber quién soy. Buscarme el rostro sin cansancio 
con las palabras y las obras, con palobras. 
Rasgar la niebla con abrazos y mordiscos 
tras esa sombra que se dice yo y es alguien 
aunque a menudo se confunda con la sombra 
o se confunda con la niebla o se confunda 
con unos pocos que son sombras o son otros.  
La cuestión es buscarme el rostro  a cada instante 
y vislumbrarlo en un reflejo en el cristal 
de mi reloj mientras observo que por dentro 
raudas avanzan por debajo las agujas.  
es la cuestión buscarme a  mí buscando en mí 
tal vez un nombre que me  nombre o una acción 
que me realice o un destello que me alumbre 
o una persona que me quiera..., 
...................................................y que Dios quiera 
que en ese instante personal (o en esos pocos)  
yo esté pasando por allí y me reconozca. 

 Cierto que la antología hace una muy juanramoniana apuesta por el anonimato (el vacío del yo, como silencio paradigmático y esencial) y los poemas no van firmados. Resulta muy bonito y, paradójicamente, contribuye a hacer más misteriosa, por delicada y tenue, mi intensa sensación de resucitado, como si flotase el alma, sin el cuerpo del nombre propio. 

Para colmo, veo ahora que incluso mis artículos, incluso ellos, me hacen la respiración asistida y ahí me ponen, en magnífica compañía. 

Quizá les parezca que me doy mucha importancia, pero será, como decía despectivamente Unamuno, que la necesito. Vuelvo a enterrarme en mis programaciones de aula, sabiendo, feliz, que hay vida más allá, a Dios gracias. 

2 comentarios:

Consuelo del Val dijo...

Quizás haya contribuido a crear esa falsa sensación de muerte con mis visitas calladas al blog y mi silencio en twitter. Aunque mi aporte sea pequeño, me hago notar por estos lares para decirte que no estás muerto para la literatura, que te seguimos leyendo.
Me he animado a escribirte esta tarde cuando, como tantas veces, has salido en mis conversaciones con el firmante del artículo de Suma cultural -el mismo que me daba codazos en la feria del libro al ver tu nombre en alguna portada-.
Un abrazo, Enrique.

Enrique García-Máiquez dijo...

Ah, vaya, qué pequeño es el mundo. Y qué buen artículo firmó el firmante, eh. Se nota que tiene buen gusto.