lunes, 24 de marzo de 2014

Hoy estamos a hoy


En la puerta de la Fundación Alberti, una niña dijo, para bochorno de su madre, "la Fundación Er Betí". Estábamos en El Puerto de Santa María. Y aunque me reí, pensé que la poesía tiene un problema. También la educación. 
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La presentación de La luz de hoy fue, por compensar, muy educativa. Ángel habló de lo mucho que le ha dado la poesía, aunque no da cosas que se tocan. Al rebufo y al margen, lo resumí retóricamente: "Pocas cosas que se tocan, pero muchas que nos tocan". 
Explicó magistralmente la cita de Alberti que abre el libro: "Hoy estamos a hoy". La magia del verbo estar, que le da, por contraste con el verbo ser, una provisionalidad vertiginosa que, a su vez, nos instala más en el hoy de hoy. 
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El carpe diem tiene que ver más con la madurez que con la juventud, que no necesita agarrar nada, dijo también. 
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Pero no todo fueron topos y Albertis, sino que también citó a Woody Allen y aquel chiste de las viejecitas en el asilo protestando de lo mala que estaba la carne y de la poca que ponían. La vida se nos va entre quejarnos de ella y querer más. 
Nos contó Ángel cuánto le gusta el soneto, y sugirió que quizá tenga que ver con el número de versos. Oyéndole se me ocurrió que tal vez tenga que ver  con su disposición. Al ser cuatro estrofas, da sensación de cuadrada simetría, que es engañosa porque las dos últimas se acortan un 25 %. Eso produce un efervescente efecto de aceleración, que le da al molde clásico una paradójica agilidad. ¿Puede ser?
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Leyó el poema Sixteen. Fue escrito en COU, en el instituto, informó. O sea, que el poema tiene treinta años. Yo, al primer golpe, me avergoncé de haberle destacado en su libro último un poema que no es nada último. Enseguida se me pasó, porque ya había dicho en mi presentación que en este libro hay un cambio en la voz de Ángel Mendoza, que ya no hace elegías, sino biografía, porque todo le encaja en su vida. Además, están las correcciones sabias a las que habrá sometido al poema, que me encantaría estudiar. Y, finalmente, el tiempo que el poema ha estado en las bodegas es un mérito por sí mismo, que le ha dado empaque, o solera, por ponernos autóctonos. 
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La mesa enorme del salón de actos de la Fundación se iba llenando de post-its verde limón en los que Á. M. traía apuntado lo que iba a decir. Se quedaba sin espacio, parecía una playita albertiana de juguete con tantas olitas.  
El invierno más dulce de la vida, quiso ser el final de la lectura. Aunque la impresión que nos llevamos es que de invierno nada, como mucho otoño, por la retoñá

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues a mí, lo de la Fundación "Er Beti" me parece un hallazgo. Sospecho que a Alberti le hubiese encantado.

Enrique García-Máiquez dijo...

Si no hubiese sido con su nombre y su fundación, sin duda. Tal y como está la cosa, no sé, pero está muy bien, sobre todo si se tiene presente la pronunciación autóctona, con esa "l" que "errea" un tanto y la auténtica "r" que se aspira.