lunes, 26 de abril de 2010

Mientras paso

Llegando a casa, paso al lado de un grupo de jovencitos, que tienen toda la pinta de ser alumnos de mi colegio. Yo me recuerdo así, apoyado en la moto, rodeado de amigos, hablando de intimidades, riéndome. Paso entre ellos como si fuese el tiempo: sin que me echen cuenta. Les parecería una figura alegórica si se fijaran. "Como os veis, me vi; como me veis, os veréis", pienso sin acritud, y hasta tengo el impulso (que reprimo) de declamárselo en plan discurso de don Quijote a los cabreros.

Luego, en casa, he leído este poema de José Luis García Martín:
.......LA INVASIÓN DE LOS BÁRBAROS

Me distraje un momento
(una música, un libro, nubes
que imperceptiblemente pasan),
y ahora miro mi reino
ocupado por esos
extraños animales,
los jóvenes.
Uf, una inscripción de cementerio y la decadencia del imperio romano. ¿Así estamos? Podría, claro está, leer el poema de Javier Salvago titulado "No volveré a ser joven", donde remata con este suspiro: "A Dios gracias". Pero no, gracias: la nostalgia es uno de los encantos, y no el menor, de la edad.

Seamos sibaritas hasta de la melancolía.

5 comentarios:

Albert dijo...

La comparación entre unos y otros puede ser posible pero probablemente será errónea. Las generaciones se suceden para borrarse unas a otras. Ya nada nos debe importar el tiempo que ahora pertenece a otros.

Judit Esteban dijo...

O podrías también leer el poema de Benedetti "Pasatiempo" y pensar que es obligatorio pasar por todas las etapas. Aunque unas nos duelan más que otras.

Y dibujar a la vez en tu mente charcos y estanques y lagos y...al fin: océanos.

marinero dijo...

No estoy yo muy de acuerdo con el planteamiento que Albert resume con eficacia en sus palabras finales: "el tiempo que ahora pertenece a otros". Yo, que ya no cumplo los 50, no creo en absoluto que este tiempo no me pertenezca, ni lo creeré cuanto tenga los 100, si llego allá.
Ésa hipervaloración de la juventud, aunque pueda entenderla, me parece errónea. Uno siempre está al principio de lo que le queda por vivir, y así, con ese espíritu de novedad y descubrimiento continuos, es como debe (y puede) afrontarlo.
Por otra parte, quien tiene 20 años tiene sólo 20 años; quien tiene 40 tiene también, dentro de sí, los 20 que ya ha vivido, y que le siguen perteneciendo. Vivir sólo en el extremo más reciente de nuestra propia edad, olvidando que es un capital que nos pertenece por entero, me parece un empobrecimiento inútil.

E. G-Máiquez dijo...

Oh, marinero, no sé quién de los dos se tiene que preocupar más, porque últimamente estoy muy de acuerdo con todas sus palabras.

(Mañana, en el artículo de Joly, romperemos la racha, creo.)

marinero dijo...

A mí esa coincidencia no me preocuparía nada; al revés. Lo veo como síntoma de lo que decía a "Adaldrida" en su propio blog: más importantes que las ideas son las personas. Y, en el terreno del entendimiento personal, me parece -también lo decía allí- que estoy yo bastante más cerca del amigo EGM, con su lucidez y su tolerancia ejemplares, que de muchos que, más cercanos a mí ideológicamente, son incapaces de ver más allá de lo que les dictan sus prejuicios (o sus convicciones: para el caso, es lo mismo).
Y sí: el mismo Jaime Gil de Biedma, cuyos son aquellos versos que dicen que "[el placer del pensamiento abstracto]/ es lo mismo que todos los placeres: / reino de juventud", no dejó por decir eso de buscar el placer, incluso más que antes, cuando ya no se sentía viviendo en dicho "reino". Y no se entienda aquí "placer" en el sentido más limitada y exclusivamente físico -repárese en el primer verso entre corchetes-, sino más ampliamente, como estímulo y convicción para seguir viviendo, incluso -¿por qué no?- como amor generoso a la vida, que desde luego lo merece.
Y digo esto porque hay gente que censura a la vida, como si ella no estuviera a la altura de nuestros sueños o nuestros deseos (en el fondo, de nuestras expectativas; más en el fondo aún, de nuestros -presuntos- méritos), cuando más bien habría que preguntarse si no seremos nosotros los que no sabemos estar, tantas veces, a su altura.