viernes, 11 de febrero de 2011

La realidad y el deseo

Siempre me ha repelido instintivamente que, ante una desgracia personal o social, alguien salte raudo a concluir que eso demuestra que Dios no existe. No es por mi fe: el ateísmo de los demás en ninguna otra circunstancia afecta a mi estómago. Al fin he comprendido el motivo. Las personas que usan ese argumento se mueren por que Dios no exista. Parece que estén, como vio Baudelaire,  interesadas. Lo demuestra su celeridad en desenfundar el argumento de marras y que nunca hacen el análisis a la inversa. Ante las maravillas de la realidad y de la vida, ante la felicidad, la bondad o la belleza, jamás exultan: “¡Esto demuestra la existencia de Dios!”. Lo que me repele, en consecuencia, es cierta instrumentalización de la desgracia.

20 comentarios:

Adaldrida dijo...

Pues yo entiendo lo que dices. Conozco mucha gente así. Pero lo que de verdad me fastidia es esa gente que, ante una desgracia tuya o de otros, en cuanto demuestras tu fe saltan a tu cuello: vamos, que piensan que hablar del Cielo en un tanatorio es pecado mortal laico.

Ignacio Trujillo dijo...

Es complejo, no sé...El que sufre no entiende a veces el silencio de Dios. ¡Cómo no renegar ante tanta injusticia! Es un verdadero misterio el mal que asola el mundo. El estar hecho a imagen y semejanza de Dios implica dos capacidades, la de amar y la de elegir. Amor y libertad nos identifican con el Creador. ¿Pero era necesario tanta generosidad? ¿Porque nos regalan la libertad para hacer el mal? ¡Qué grandeza, qué responsabilidad, qué riesgo! ¿No hubiese sido mejor que no existiese el peligro? No sé, esto da para mucho y no para unas palabras apresuradas...En todo caso, para mí, es un misterio.

Dal dijo...

Estoy un poco con Suso, querido Enrique. En cualquier caso esos ateos son producto del cristianismo, no se dan en otros contextos. Y su ateísmo es una fe.

Por cierto, no dejes de bajarte las conferencias de Peter Kreeft. Trata muy bien este tema al comentar el libro de Lewis sobre el problema del dolor.

T dijo...

Es un asunto antiguo y recurrente, Enrique. Y tengo comprobado que es inútil tratar de explicar que Dios no es un solucionador de problemas y que la Fe lo que hace es que te enfrentes a los inevitables problemas de otra manera.

La libertad de los hijos de Dios es algo que no entienden porque no lo quieren entender. O no pueden.

E. G-Máiquez dijo...

Me ha pedido Suso que borre su comentario, muy duro con mi entrada, probablemente con más razón que un santo. Y lo siento porque me parece muy bien que quien, cuando lo considera oportuno, elogia mis cosas, las critique otras veces con la misma contundencia. Pero sus deseos son órdenes, y ya está borrado.

Sobre el asunto principal me temo que me he explicado mal. No vine a hablar de teología (estoy bastante con T.), sino, como muy bien ha visto Adaldrida, de psicología. Aunque no descarto que haya, de nuevo inconscientemente, un tanto de defensa personal en mi réplica, como si el que usa ese argumento estuviese, implícitamente, diciéndome: “Tú es que no ves el mal, o no lo sientes tanto como yo, como para que conmueva el universo”.

Pero personalizaciones aparte, intentaré re-explicarme. Lejos de mí negar el misterio del mal (“y el dolor inocente, que es el mayor misterio”, en palabras de nuestro Claudio Rodríguez), pero si alguien no cree en Dios, ¿por qué cargar las desgracias en sus espaldas inexistentes? ¿O es que nos las carga a los creyentes? Y si esa persona cree, ¿no le bastaba el signo de la cruz, que es lo primero que se aprende en el catecismo, para plantearse el problema del mal y el dolor inocente? ¿Cómo es que ha esperado hasta ahora teniendo al Crucificado como Dios? Hay algo que no me cuadra en esa situación concreta.

Y voy al enlace de Dal…

Anónimo dijo...

Está la esperanza de que cuando crucemos la puerta, lo entenderemos todo; y preferiremos haber sido personas en vez de marionetas.
Jilguero

Kris Kelvin dijo...

Nada demuestra su existencia ni su contrario, pero afortunadamente Él se muestra.

Tema peliagudo, recuerdo a una amiga de mi madre que, tras la muerte de su hijo, decía que le costaba pronunciar el "hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo"...

Creer es confiar, ¿no?

Un saludo

Juan Ignacio dijo...

Sí, hay de esos.

Pero están los que sinceramente reniegan de Dios ante el sufrimiento. Y eso es entendible. Y hasta podemos decir que quizás sea mejor que eso pase.

Porque no basta con quedarse viendo las cosas buenas de la vida. Hay que creer en la vida eterna, plena de felicidad, en las bienaventuranzas.

Dal dijo...

Trato de explicar mi anterior entrada. El escándalo del ateo es ante el Dios del cristianismo, que es infinitamente bueno y misericordioso, que es Amor. No se escandalizaría ante un Dios meramente omnipotente ni ante una causa primera o un motor inmóvil. Si es sólo omnipotente, puede también ser caprichoso y a ratos bueno y a ratos malos, divertirse haciendo el bien o el mal a su albedrío. El problema es que Dios es omnipotente, pero sobre todo es Amor y es bueno. Por tanto, la cuestión del sufrimiento y del mal es LA cuestión. El ateo se rebela contra ella como prueba de que el Dios cristiano no existe. Los cristianos le damos vueltas, tenemos ciertas respuestas, pero no podemos quitarle la parte de misterio que tiene. Sólo sabemos que Dios sabe más y que cuando lo veamos cara a cara, entenderemos.

José Luis dijo...

Algo parecido se discutió aquí con ocasión del terremoto de Haití.
Frente al mal sufrido por el inocente es difícil no caer en alguna de las posturas de los amigos de Job. Dicen muchas cosas juiciosas, los tres, y Dios condena a los tres.

No estoy de acuerdo con lo que se ha dicho de que "no basta con quedarse viendo las cosas buenas de la vida". Primero, la afirmación es difícilmente demostrable: no creo que se sepa de nadie que viera todas las cosas buenas de la vida y no le bastara.
Es más, creo que lo que la experiencia indica es que es más eficaz ver unas cuantas cosas buenas y tenerlas por presagio de una felicidad mayor o plena que observar el dolor y tener como única esperanza la vida eterna.
Hay que creer en las bienaventuranzas, se ha dicho, pero los bienaventurados están aquí y son parte de esas cosas buenas.

Anónimo dijo...

Parece, a veces, que el ateo no acepta que el creyente encuentre un refugio, una presencia, un estado interior.

La nube

AFD dijo...

Interesantísimo el comentario de DAL. La cuestión toral puede ser justamente el Dios de Amor... Pero sin recurrir al ateísmo, la visión hindú del karma y la reencarnación es la mejor explicación que encuentro al sufrimiento, y no excluye necesariamente al Dios de Amor. Al menos no para Orígenes, Clemente de Alejandría, Sinesio de Cirene...

marinero dijo...

Reproduzco aquí la escena, tan conocida como desgarradora, de la muerte de Zenobia y la reacción de JRJ:
"El doctor Batlle le informa de que su esposa ha muerto; entonces Juan Ramón, estremecido, se levanta de su cama, llega hasta la de Zenobia, se arrodilla ante ella, y, acariciándola, con la cabeza sobre la mano izquierda de su mujer, empieza a decir, en un murmullo que en un crescendo llega hasta el grito: "No, no, no es verdad. Zenobia, tú no estás muerta. No, tú eres inmortal". A continuación, se vuelve a los presentes y les dice, desesperado: "Denme una píldora, un revólver. Tengan dolor de mí. Quiero morirme. Tengo que irme con ella. Se lo prometí". Cuando pareció tranquilizarse quisieron sacarlo de la habitación, y entonces gritó: "Dios no existe. ¡Zenobia, Zenobia..., Zenobia!".
¿De veras cree EGM que JRJ, "interesadamente", "se moría" porque Dios no existiera? Me parece tener cierta tendencia EGM (no es el único) a caricaturizar a quienes no piensan como él, a reducir su conducta a motivaciones superficiales e interesadas; a no guardar a sus convicciones, que pueden ser muy serias y muy sentidas, el respeto que yo, agnóstico, siento sin ninguna duda por quienes son creyentes. Mal hecho, si es así. El que no piensa como nosotros no es necesariamente, por ello, ni tonto, ni superficial, ni interesado.

E. G-Máiquez dijo...

Vuelvo a estar de acuerdo con Marinero, y ya empieza a ser una costumbre. Muy mal hecho por mi parte si caricaturizo a quien no piensa como yo. Creo que no lo hago y seguro que no es mi intención, pero me examinaré más de cerca, me comprometo.

Digo en el texto que en general tengo por los agnósticos y ateos mucho respeto, mucho. Menos en este caso en concreto. Esperar a que se te muera la mujer para dictaminar que Dios no existe me parece mucho esperar y no ver que a muchos otros todos los días se les mueren las mujeres, los hijos o ellos mismos.

Pero ya digo, tengo que pensarlo más, y corregirme firmemente si me descubriese falta de respeto. Mis sospechas, por ahora, coinciden con lo que dice La Nube: quizá sean quejas contra el prójimo creyente, y creo que ese no es el momento de hacerlas…Gracias, Marinero, por darme ocasión de re-reflexionar.

José Luis dijo...

Bueno, yo creo que esto del respeto que merecen unos y otros en este caso concreto no es, como diría algún estadista sesudo, simétrico.

Primeramente, "respeto a las convicciones", claro. Lo que ocurre, es que de un lado hay convicciones y del otro no. Quiero decir, hablar de tal cosa como la "convicción agnóstica" es como hablar de humo o soltar bu-bu-burbujas (como decía Anthony Blanche) por la boca. Es sencillo advertir que no puede merecer el mismo respeto la convicción que la falta de convicción.

Y esto es fácil de ver si apreciamos que al creyente cuando tiene que oír esos exabruptos desagradables -y rara vez, no nos engañemos, bienintencionados- le están, por decirlo así, mentando a la madre.

Mientras, el no creyente se limitará a sentirse (al verse supuestamente caricaturizado) muy dolido porque sus (no)convicciones intelectuales se tomen a broma. Lo que para mí es tanto como que se metan con mi barriga, o mi incipiente calvicie.

En el fondo, Adaldrida ha dado en el clavo la primera. Frente a una blasfemia nos quieren oponer pecaditos laicos.

marinero dijo...

Veo a "José Luis" muy identificado, o muy proclive a identificarse, con las hordas que, en ciertos países islámicos, salen a la calle exigiendo la ejecución del caricaturista de Mahoma, por ejemplo. De un lado (del de las hordas, aclaro) hay convicciones, tan sólidas como hondas y, sin duda, respetables; del otro, según su pintoresca expresión, sólo "pecaditos laicos", que desde luego no pueden ni de lejos merecer igual respeto. Y es que sólo se pueden tener convicciones serias si uno es religioso; de otro modo, caemos -ya lo dije- en la superficialidad, o, peor todavía, en los planteamientos puramente interesados. Sólo se me ocurre una cosa que decir sobre el asunto: que Dios, o quien haga sus veces, nos coja confesados.

José Luis dijo...

Qué ironía, Marinero: vino usted pidiendo respeto por quien no piensa "como nosotros" y acaba identificando a quien no piensa "como usted" con un terrorista islámico en potencia.

marinero dijo...

Primero: no todos los que protestaban contra las caricaturas de Mahoma eran "terroristas islámicos en potencia"; semejante simplificación es absurda. Segundo: Yo no he identificado a nadie -ni siquiera a esos manifestantes, que pueden haberlo sido por motivos muy varios- con "terroristas", potenciales o no. Tercero: "José Luis", en cambio, sí nos da a entender que quienes no participen de sus convicciones religiosas no pueden tener más hondura o seriedad, en las que ellos tengan (si es que pueden, podemos, tener alguna, cosa nada clara) que la que corresponde al enfado por tener barriga o ser calvo. Cuarto y último: atendido todo esto, ¿quién de los dos demuestra escaso respeto a las ideas del otro? Se admiten apuestas.

José Luis dijo...

Mi apuesta es que usted piensa que yo.

Como esta discusión nuestra implica molestar a nuestro anfitrión, si no tiene mayor inconveniente, Marinero, le dejo imaginándome entre la multitud, pidiendo la muerte de un caricaturista del profeta; que yo me lo imaginaré a usted pidiendo respeto y respetando allá donde vaya.

marinero dijo...

Mi apuesta, en cambio, es que "José Luis" es creyente y tiene muchos y muy serios motivos para ello, en lo que goza de todo mi respeto (y hasta, si se me permite añadirlo, de una cierta envidia por mi parte). Y que, en cambio, no cree que quienes piensan de otro modo puedan poner, en aquello que creen, igual convicción y hondura que él pone en sus propias creencias, en lo que desde luego se equivoca. Los católicos no tienen la exclusiva ni de la verdad, ni de la seriedad, ni de ninguna otra cosa. Y yo, que fui católico de niño y que no descarto que alguna vez vuelva a serlo, sé desde luego con certeza que si eso ocurriera, y al contrario que él, no pensaría por eso que las creencias de otros sean menos respetables o serias que las mías.