martes, 1 de febrero de 2011

Una mala mezcla

Con el embarazo, Leonor se pregunta con frecuencia si esta comida o esta otra están buenas. Le huelen mal. Calcula cuándo compramos los ingredientes, hace poco, pero aun así le huelen fatal. Lo repite varias veces y aparta el plato al fin. Yo, hambriento siempre y en principio despreocupado, sigo cenando sin oler nada, me como incluso su parte, que ahora hay que comer por dos, digo, mientras ella me mira con cara de aprensión. Hasta ahí, bueno. Después ataca mi hipocondría, que es mucho peor que Leonor, dónde va a parar, y me pregunto, muy preocupado, si no tendría razón ella. Recuerdo un regusto que... Y a las embarazadas se les afina el olfato, exclamo con espanto. Echo unas noches de unas digestiones muy complicadas, si no físicamente aún, de ánimo. Y qué miedo de fondo a la somatización, que sería el remate y me dejaría sin escapatoria. 

2 comentarios:

Gonzalo dijo...

Yo creo que no es hipocondría... es lo que tiene acostarse después de ponerse como el kiko...

Yo lo que peor llevé en algún embarazo es que mi mujer le cogió manía al gazpacho y me tuve que tirar meses y meses sin probarlo. Y eso sí que es sufrir por un hijo. :-)

E. G-Máiquez dijo...

Oye, lo del kiko va a ser la clave, sí.