lunes, 30 de marzo de 2015

Cuerpos perfectos


Ahora que me duelen los huesos, el hombro, la espalda, las rodillas, pienso mucho más en mi cuerpo. Y como el roce hace el cariño, la relación es más íntima y constante. A veces, diría que le quiero como a un hijo más torpe, que dicen que se les quiere más.
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Llegan los veraneantes, y salimos a cenar con ellos. La conversación gira en torno al deporte y lo estupendo que es. Antes me rebelaba pensando: "¿Y si ahora les digo: pero mejor es leer a Dante o rezar el rosario?" Pero —debe de ser la edad— sin dar la espalda a Dante, asentía: "Qué bueno es, qué bueno es".
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En un atasco, paro junto a este logotipo:


y me encanta. Lo veo como símbolo de la aspiración a la trascendencia que late en todas estas nuevas técnicas deportivas y en la moda del deporte en general. Pero lo que apunta hacia arriba no es lo más alto.
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Se desatascó la calle y sigo en coche. Voy a adelantar a una chica corriendo. Tiene una melena extraordinaria y pienso que ojalá su cara esté a ese nivel. La adelanto volviéndome hacia atrás aun a riesgo de un accidente: una torsión de cuello. Pero no, pero me alegro igualmente. La melena tiene un valor en sí. Y además es una chica muy deportiva, lo que es una virtud, sin duda.
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Y por muy dantesco que uno sea, no puede quitarle importancia al cuerpo, me digo, ya de verdad convencido, mientras escribo mi protesta del rollo del patrimonio inmaterial. ¿Inmaterial? ¡Anda ya!