martes, 3 de marzo de 2015

Salomón



Cuánto pierdo por no llevar diariamente a mis hijos al colegio. Hoy tenía que hacerlo, ¡no fuese a estropearse en el autobús el trabajo de Carmen! Conducía nervioso, como un contrabandista, porque íbamos en mi coche sin sillitas, que Leonor esta mañana, sin darse cuenta, se había llevado el coche nuevo. Ellos iban enérgicamente peleándose por una caja de sellos de tinta de Carmen. Yo, amablemente, les he dicho que si no dejaban ipso facto de discutir tiraba la caja por la ventana. Y entonces se ha producido la epifanía bíblica. Quique ha empezado a decir a voz en grito, enfervorizado: "¡Tírala, papá, tírala!" y Carmen: "No, no, no", angustiada. Una versión pedestre del juicio de Salomón, desde luego. Carmen se ha quedado, por tanto, con la caja de sellos; y yo esta tarde  le tengo que explicar a Quique con tranquilidad la justificación latente. 

Lo que está claro es que Salomón no era un positivista jurídico, de ninguna de las maneras. Dictó una sentencia y luego no se ciñó a ella. Qué rey tan sabio.