domingo, 5 de abril de 2015

Jerez-Xerez-Sherish


Me atropellan los días y los virus y no he contado aún la presentación del libro de memorias juveniles de MMGG que anuncié. El acto tuvo tres momentos memorables, a mi entender. 


1.-
Manuel María sorprendía a todos por su aguante bebiendo finos y olorosos en ferias y ventas de carretera. El secreto se lo explicaba a quien hiciera falta. Las copas tenían que ser "cortitas y frecuentadas". 


2.- 
Existía en la bodega la sana tradición de donar una arroba de vino a la semana a cada una de las órdenes religiosas de Jerez, incluyendo a los Hermanos fossores de la Misericordia, encargados de los enterramientos. Venían con sus tétricas barbas blancas y un inevitable aire sombrío a su alrededor que cortaba el aliento. A éstos, Manuel María les propuso que, si eran capaces de ir a la bodega a por su arroba sin que él los viese, podrían llevarse dos arrobas. No puedo imaginar un detalle a la vez más elegante y gracioso, una mezcla perfecta de generosidad y egoísmo, ¿o no?


3.-
Beltrán Domecq contó, de paso, que su padre le regaló una edición del libro capital de MMGG, Jerez-Xeres-Sherrish con esta dedicatoria: "A mi hijo Beltrán, para que llegue a ser un jerezano ilustre". En esa dedicatoria, hay todo un mundo, a poco que se sopese. Primero, por la magnanimidad, que marca a su hijo pequeño la meta de ser un Vir ilustre, nada menos. Y a la vez la humildad (por supuesto, involuntaria) de ceñirlo a su pueblo. Y juntamente el orgullo, también implícito, de que Jerez, por su vino y su renombre, es una manera de ser universal. Tirando del hilo de esa dedicatoria para mí que se podría escribir una historia del todo Jerez, digamos, y de su espíritu.