miércoles, 6 de mayo de 2015

Detalle


Ayer almorcé en mi antiguo colegio por una reunión de antiguos alumnos (que todo me es antiguo ya). Uno de mis colegas de junta directiva de A.AA.AA. me dijo en un aparte, con verdadero deleite, mientras él y yo repetíamos: "Cómo ha mejorado la comida, eh". Me emocionó. No porque estuviese de acuerdo, sino por todo lo contrario. Yo ya escribí mi historia:



Vi que en ese comentario de mi amigo estaba implícita la estupenda comida de antaño de su madre... y lo mal que comerá ahora, el pobre. Y todo, para mayor delicia y delicadeza, inconsciente. 


***** ***** *****

Los deseos de Itxu Díaz para mí son órdenes, y ha protestado de la miniletra del artículo. Lo reproduzco aquí con letra normal, aunque a mí lo que me gusta es el comentario de mi amigo y su mar de fondo.

GOURMET GROSSO MODO

Casi todos califican la educación que recibieron en su casa como la mejor, oh. Uno los mira atónico, aunque lo entiende: siendo la instrucción de cada cual su baremo para juzgar a todas, la suya es juez y parte. A pesar de tener esto muy observado y reído —entre dientes—, no puedo tirar la primera piedra. Yo también consideré la mía intachable.

En la mesa, más que nada. Mis hermanos y yo comemos de todo y, al mínimo resquicio, repetimos. Mi vida ha sido un paseo triunfal por los comedores del mundo. Aún se les saltan las lágrimas a las cocineras de mi antiguo cole cuando nos saludamos. En el colegio mayor las chicas que trabajaban en el comedor enseguida me identificaron como su más fiel partidario. Incluso en la mili puse una pica en Flandes de aquella cantina desangelada. Pero el momento de mayor gloria ocurrió antes, cuando de niños visitamos Marruecos con varias familias amigas. Una noche nos dieron una sopa que traía dentro unas gallinas enteras, flotando, como en las riadas. Los Máiquez fuimos los únicos que cenamos, bajo la mirada orgullosa de mi padre, que llegó al estremecimiento cuando pedimos más. Estremecimiento de satisfacción del patriarca; de franco espanto del resto de comensales.

Durante muchos años pensé que todo se debía a nuestra educación espartana. No caí en que esas comidas (gallinas inclusive) nos parecían bastante buenas, de modo que de sacrificio y autocontrol nada de nada. En cuanto me casé, empecé a abrigar sospechas. En mi familia política son extremadamente exquisitos con la alimentación, y todo es elegantemente escaso, y está en su punto, y las materias primas resultan de una importancia primordial, sólo equiparable al cumplimiento estricto de las recetas más sofisticadas.

En casa, mi madre cocinaba grosso modo. Siendo una excelente cocinera, su especialidad eran los atajos. Y como farmacéutica, experimentaba. Si algo podía hacerse en menos tiempo y con menos complicaciones, por ahí. El interés estaba concentrado, sobre todo, en la cantidad y en la puntual periodicidad. Nosotros, con ese entrenamiento, llegamos a los comedores escolares, universitarios y militares como un cuerpo de combate, dispuestos a todo.


Ahora, degustando demoradamente los delicados y escogidos y contados manjares de mi familia política lo veo claro. Veo claras las diferencias de estilo, que en casa de mis padres, aunque falta ella, se han conservado, y veo que lo ideal sería no perder ni el estoicismo pantagruélico de mi sangre ni el recién adquirido hedonismo ascético. Las navidades, yendo a comer como una pelota de una casa a otra, en una gastronómica ducha escocesa, serán un buen entrenamiento. Lo mejor de la educación es que no acaba. Mi reto ahora es afinar el paladar hasta las sutilezas de mis nuevos parientes sin perder la amplitud de horizontes que heredé de mi madre. Y reconocer siempre en ambas cocinas el mismo ingrediente fundamental: el amor. Ése, que no falte.