viernes, 12 de junio de 2015

De mi casa a tu casa


A la salida para ir a misa, pensaba en el artículo que acababa de enviar, y me enfadé conmigo. Tras pulsar el "send" del correo electrónico, tengo que aprender a olvidarme, porque el caos mental, si no, es considerable, todo confuso. Entonces, en la acera, vi a un mirlo persiguiendo a una lagartija, y era un prodigio de violencia y velocidad. Hubiese parado el coche, pero no llegaba a tiempo, y seguí. Pensaba que mi falta de repulsión por la escena de caza se debía, seguramente, a que no me gustan ni las lagartijas ni los mirlos. Escribí otro artículo, que me valió críticas feroces de los mirlófilos del mundo. Y recordé que Fernando Terry me paró por entonces por la calle a darme la razón sobre los mirlos, y que han pasado años y que todavía le agradezco aquel gesto solidario. Había conseguido desconectar de mi artículo, pero a costa de la cadena trófica. Sin embargo, ya buscando aparcamiento, me crucé con una chica que levantó la cabeza, se echó el pelo atrás y cerró lo ojos, ofreciendo el rostro al sol para que se lo acariciase. Pensé en Leonor y en que las manos del sol son insuperables en primavera, pero que ojalá pudiese acariciarla así. Y luego pensé en mí y en esa imagen y en la misa, e hice una comunión espiritual.