sábado, 10 de junio de 2017

José Jiménez Lozano. Entrevisto


Con lo que me gustan mis viajes a mi Madrid y contarlos, éste ha sido tan rápido, que no ha parecido viaje. Estaba en el IES, en Puerto Real y, de pronto, en la UFV de Madrid, haciéndole una entrevista a don José, y, de golpe, otra vez en el IES. 

En la entrevista, sin embargo, el tiempo se remansó. Yo, entre pregunta y pregunta, cogía apuntes, que Jiménez Lozano pensaba que eran todavía más preguntas que se me iban ocurriendo sobre la marcha y me miraba por el rabillo del ojo con terror. Por eso, no tomé tantas notas. Y ahora me arrepiento.

Dijo que el escritor no sólo ha de respetar el derecho al honor de las personas reales que te puedan poner una demanda. También el honor humano. 

Simone Weil le dijo a Trotsky -y casi lo mata de un soponcio- que no hay clases sociales. Tenía razón.

Robert Frost explicaba así la diferencia entre los poemas corrientes y los verdaderos: la misma que hay entre un árbol municipal, plantado en un alcorque por un excelentísimo ayuntamiento, y el ejemplar que uno se encuentra paseando por el campo, esponjado, luminoso, poderoso y paradójicamente libre. [Los adjetivos son míos, eh, la idea es de Frost.]

También contó don José que Horacio decía (¡y yo no lo sabía o, mucho peor aún, lo había olvidado!) que había que desconfiar del buen gusto de aquel al que le presentan un vino en una copa de oro y en otra de plata, y escoge la de oro, cuando la de plata hace su papel estupendamente. [Tengo el presentimiento de que Shakespeare bebió directamente del vaso de plata de Horacio para su escena de Portia y los tres cofres.]

Comentamos la sorpresa de San Bernardo, que iba huyendo de la belleza y se dio con otra belleza aún más limpia y trasparente. Don José dijo: "La columna desnuda". Y nos estremecimos todos de pura belleza cuando la trazó con la mano en el aire.

Nos regaló la receta de su literatura. Así, como quien no quiere la cosa. Y advirtió que era muy eficaz. Guarda todo lo que escribe en un cajón, como también aconsejaba Horacio y, al cabo de los años, lo saca. Lee. Si le parece suyo, lo tira, porque, si es suyo, lo puede hacer de nuevo. Sólo si le asombra y se le antoja fuera de su alcance, lo publica.

Citó varias veces la idea de Carlos Marx de que el progresista es "el idiota del calendario", por las esperanzas puestas en el simple pasar de las hojas del taco. Para que no pareciese que no tenía piedad, en un momento dado, don José nos reconoció que él mismo había sido un tiempo progresista, esto es, del calendario.

D. Ramón Carande era un maestro de la economía y recomendaba no leer tratados económicos, sino tener dos cajones. En uno, el metálico. En otro, los papeles para pedir un préstamo. Éste hay que cerrarlo con llave y dársela a una vecina para que la pierda. [Quizá yo no habría traído aquí este apunte, pero es que hace diez minutos me acaban de llamar de un banco para ofrecerme un préstamo en unas condiciones muy ventajosas y tal.]

Ahora voy y no entiendo mi letra. ¡Lo que me habré perdido, ay, por culpa de no cuidar la caligrafía!



Para ayudarme a entender mi letra, Victoria Hernández, que estuvo me apunta que entre Marx y el pensador honesto (que hay un abismo) ella anotó que hablamos de que (el robo de la muerte quita dignidad a la vida); y de que la esperanza es como una niña pequeña a la que hay que reñir cuando se ensucia, pero que crece y crece en belleza (y no anoté el dueño de la cita). . No encaja con mis garabatos, pero qué bien está y aquí lo copio. 

La postura del pensador honesto, nos advirtió: "Neutralidad, no; objetividad, sí, que es lealtad a los hechos".

Contó que tiene mucho interés en no poner nada en sus libros que él haya experimentado. Hasta esos extremos lleva sus prevenciones contra la intromisión del yo. Yo llevaba un mes preparando la entrevista y leyendo cosas suyas. Con esto me sorprendió de veras. Quedé pasmado.

Tan pasmado que olvidé apuntar quién decía que "Cualquiera que decide que va a escribir un poema, no escribe "un poema"".

Hasta qué punto la poesía es patrimonio de todo hablante sensible por muy iletrado que sea. JJL recordaba de su infancia cómo una chica que trabajaba en su casa llamó a otra, con la que se llevaba muy mal y que era renegrida, "blanca flor de chimenea". Un gongorismo  malicioso y exquisito.

Qué bien glosó, con cuánto gozo y admiración por los dos cabos, las diferencias entre católicos y protestantes. Nosotros tan carnales y disfrutones; ellos tan severos y dignos. Puso el ejemplo de los dos baños de Betsabé, el de Rubens (una diosa) y el de Rembrandt (una mujer, con su marca de la liga y todo). Entre las preguntas que llevaba preparadas y no pude hacer, había una sobre su fascinación de católico por la cultura protestante o por un rigorismo extremo. Ya no hizo falta. No quiere dejar de admirar nada verdadero y bueno.







Asunto que le llevó a recordar, entre otras cosas del vivir, del comer y del beber, a Werner Heisenberg. Tenía el físico un principio de certidumbre: el hombre que ha olvidado las tortillitas de su madre ya no tiene remedio. Mientras queda esa fidelidad a las raíces y al placer, todo puede salvarse.


6 comentarios:

Anónimo dijo...

Respeto y admiro de veras a Simone Weil, de quien sin embargo no conocía la frase que se cita, ni por tanto su contexto. Así aislada, me parece peligrosa. Recuerdo un blog (de un sacerdote católico) en el que, hace pocos años, se repetía el mantra de que la crisis era debida a que "habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades", y se ponía para ilustrarlo el ejemplo de "Asesinato en el Orient Express", de Agatha Christie. No destriparé la historia para quien no la conozca, pero baste señalar que la comparación significa que todos éramos culpables por igual de la situación creada. NO. Hay verdugos, y hay víctimas, en eso como en tantas cosas. Véase este chiste de El Roto sobre el mismo asunto, mucho más lúcido (y justo): https://twitter.com/el_pais/status/379502943013052416
Y eso es lo que me hace desconfiar de esa frase. Repito lo que dije antes: hay verdugos, y hay víctimas. Que eso se vea como lucha de clases o como otra cosa, cabe discutirlo; pero que se niegue, se disimule o se olvide, me parece completamente inaceptable.

Enrique García-Máiquez dijo...

Justo eso es lo que Simone Weil defendía. El concepto abstracto y dialéctico de la lucha de clases aplasta o esconde a las víctimas y a los seres de desgracia con que siempre estuvo Simone Weil y José Jiménez Lozano.

Anónimo dijo...

No: el concepto de lucha de clases no es más "abstracto" que la opinión que decía del sacerdote católico. Lo es menos, de hecho. Y un concepto no "aplasta" nada: son los hechos, tristes hechos, los que a veces aplastan y esconden.

No pienso que tenga al gobierno de Mariano Rajoy por practicante sistemático de la lucha de clases; pero en estas declaraciones de 2013, cuando gobernaba con mayoría absoluta ( http://www.elmundo.es/elmundo/2013/10/13/espana/1381695285.html ) decía que "Soy consciente de que exigimos sacrificios a los ciudadanos, pero somos cuidadosos de repartir las cargas de forma justa". Y eso, cuando desde hace años (vea aquí: http://lacolumna.cat/los-ricos-cada-vez-mas-ricos-y-los-pobres-cada-vez-mas-pobres#.WTu-ODTtY6s ), los ricos se enriquecen cada vez más, a costa de que los pobres sean cada vez más pobres. Eso sí es "aplastar y esconder a las víctimas". Y nada de abstracto o dialéctico: es llamar, con toda la cara, blanco a lo que es negro, precisamente para "aplastar o esconder" a quienes pagan todo eso hasta con lo que no tienen.

Al final del artículo, puede ver una frase de Warren Buffett, conocido multimillonario USA, que resume perfectamente la situación incluso para quien no quiera verla. La cito: “Hay una guerra de clases, pero es mi clase, la de los ricos, la que está haciendo la guerra y la estamos ganando”.

Domingo Vallejo dijo...

Gracias Enrique por la entrevista y por su transcripción. Y, gracias por tu blog. Domingo.

Jesús Sanz Rioja dijo...

O tempora. Yo veo esas betsabés y no vuelvo a asomarme a la ventana.

Anónimo dijo...

"Si le parece suyo, lo tira, porque, si es suyo, lo puede hacer de nuevo". Frase que me gusta poco, y me parece un tantico vanidosa. No es lo importante el que uno lo pueda o no hacer de nuevo, porque lo importante no es (o no debiera ser) uno, que no es más que la firma, sino el poema. Si él nos convence, si es verdadero y hondo, el que uno lo pueda o no hacer de nuevo es (o así me lo parece) irrelevante.

Y otra cosa: lo de la "fidelidad a las raíces" requeriría de alguna matización. Es principio básico de cuantos nacionalismos en el mundo han sido (incluido el catalán, que cito porque está de actualidad). Más que a "las raíces", habría, pienso, que tratar de ser fiel a lo que uno cree, honestamente, verdadero y bueno. Y estoy diciendo lo mismo que en el primer párrafo, ya lo sé, pero es que se trata efectivamente de lo mismo. No "lo mío", sino lo acertado, lo justo.