miércoles, 27 de mayo de 2009

Una carne

Los cócteles son una demostración palpable de que el matrimonio es una sola carne. Una pareja ha tenido que asistir a uno de ellos y una vez allí se da cuenta de que sus peores temores se han materializado: no conocen a nadie en la sala, o apenas de vista, que es bastante peor. Se esconden en una esquina de la fiesta, sonrojados, sin atreverse a molestar a los altivos camareros, buscando con ojos de pez la salida, pidiendo la hora, hablándose en voz baja. Aplastados por el peso de su soledad.

Sí, pero esa soledad les pasa porque son un matrimonio, una carne. Si uno llegase al cóctel, y se encontrase allí con una chica que le gusta mucho, y consiguiese acapararla toda la noche en una orilla apartada de la vida social, qué delicia, ¿verdad? En principio, eso es lo que tendría que experimentar uno con su mujer, pero no lo hace. Ya sabemos el motivo: el sacramento.

¿Y no podría olvidarse la pareja de sus anillos y recuperar el entusiasmo de las primeras etapas del noviazgo? La vida moderna deja muy poco tiempo para la conversación burbujeante y el flirteo frívolo, ¿por qué no aprovechar este cóctel? Pues porque el estado civil salta a la vista, y un matrimonio solo en un cóctel parece que sólo quiere remediar la cena. Lo mejor, por tanto, es saludar al anfitrión, y escabullirse en ayunas cuanto antes. Reírse juntos en el coche y, ya en casa, escribir un artículo. Éste.

10 comentarios:

Enrique Baltanás dijo...

Genial (Si me repito es porque te repites).

E. G-Máiquez dijo...

Si te repites es porque eres generoso y encantador. ¡Qué pena que no estuvieras en el cóctel!

carmen dijo...

Bueno, creo justo reconocer que en más de un coctel tu me has salvado de esa situación con la absoluta aprobación de mi marido.

LFU dijo...

Genial, Enrique. Una descripción digna del mejor Stefan Zweig.

Embajador en el Infierno dijo...

Muy bueno.

Propongo nuestra alternativa. Hace ya mucho que nuestra vida social dejó de ser especialmente activa, pero en aquel entonces, cuando nos encontrábamos en esas circunstancias, efectivamente nos poníamos en un rinconcito (cerca de la salida de camareros, importante dato) y nos dedicábamos a jugar a ventrílocuos.

Escogíamos a una pareja o grupo de 3 (no más que si no es muy dificil) y hacíamos las voces. Nos reíamos, vaya que si nos reíamos. Muy infantil el asunto, pero supongo que mejor que estar calladitos y con cara adusta mirando el reloj cada veinte segundos ¿no?. Estas cosas refuerzan el vínculo matrimonial.

Javier Sánchez Menéndez dijo...

Tienes arte hasta contando estas cosas, artista.

Un abrazo.

T dijo...

¡Qué bueno! Yo también me repito pero disfruto una barbaridad leyéndote.

Jesús Cotta Lobato dijo...

Esto es lo bueno de la literatura: que lo que para algunos sería una experiencia frustrante, ella lo convierte en algo mejor aún que un buen cóctel. En eso se parece al amor.

Ramon Guinea dijo...

Conocí ayer tu blog, y ya lo he puesto entre mis favoritos. Me gusta el párrafo de la risa compartida de vuelta a casa, esa complicidad como contrapunto del cóctel.

Un saludo,

E. G-Máiquez dijo...

Os agradezco muchísimo la compañía, especialmente en esta entrada.

A Carmen también la que me da cuando nos encontramos en algún evento. Dios se la pague.

Y vuestro método, Embajador en el Infierno, os honra. Sobre todo porque teniendo en cuenta donde estás destinado, embajador, es bastante bueno que no os mezcléis mucho en los cócteles. El método me ha recordado a Chesterton, por cierto, a Manalive.