domingo, 20 de junio de 2010

Nos vemos —D.m.— el 1 de septiembre

Como hace dos años y prácticamente por las mismas razones de trabajo —corregidas y aumentadas— cierro el blogg hasta septiembre, aunque esta vez con más pena.

Seguiré escribiendo artículos, y teniendo en cuenta que el verano es una estación propicia a los chapuzones, siempre nos quedará el Trampolínk..., para quien quiera, claro.

viernes, 18 de junio de 2010

Lo mejor

Una de las actividades de fin de curso que realizo con mis alumnos se llama “Lo mejor”. No es que lo mejor sea, puntualizo, que el curso acabe, sino que, cuando cualquier actividad termina, conviene pararse para ver qué ha sido lo más provechoso. Como soy un firme partidario, aunque no tan practicante como me gustaría, de predicar con el ejemplo, voy diciéndoles lo principal que he aprendido de cada uno ellos, uno tras otro. Luego les pido que me digan qué, con independencia del programa, aprendieron de mí. Qué van a recordar cuando pase el tiempo y me encuentren en un supermercado y digan a su hijo: “Ese de ahí fue profesor mío y me enseñó que…”

Mi profesor de matemáticas de 4º de EGB, por irnos lejos, me enseñó a hacer el nudo de la corbata; un poco más tarde el de Sociales me descubrió al cantautor Paco Ibáñez y, por tanto, la poesía de Quevedo; el de dibujo técnico me dio unas clases prácticas de estoicismo, humildad y santa paciencia y el de Derecho Político, en primero de carrera, me introdujo en el complejo mundo de los esquemas sinópticos. “No hay profesor que no tenga algo bueno” es una frase que, aunque no dijo, bien podía haber dejado a la posteridad Plinio el Viejo.

Un alumno, llamado Párrega, por más que piensa, y pone cara de hacerlo, no logra acordarse de nada que yo le haya enseñado nunca jamás. Vaya. Espero, al menos, que cuando haga la compra con su niño en el dichoso supermercado recuerde vagamente que ese hombre le dio clase de algo.

Me asegura que eso sí. Bueno. Otros (Francisco Hidalgo de la Cruz y Jesús Jiménez Lobo) consideran que lo mejor del curso fue sin duda cuando les nombré, con nombre propio y apellidos, en una entrada de mi blog. Ah, se sorprende uno. Resulta una respuesta rara, algo así como si le preguntas a alguien cuál es el mueble que más le gusta de tu casa y te contesta que el espejo porque allí se ve a sí mismo. Una respuesta, a primera vista, un tanto egocéntrica.

Aunque luego lo pienso mejor (con el estoicismo geométrico de mi antiguo profesor de dibujo) y me alegro. Han comprobado en carne propia mis alumnos la sustancia narrativa que tienen sus vidas. Y, por tanto, las inmensas posibilidades de escritura que conlleva la libertad personal. Son los protagonistas y pueden ser, en buena medida, los autores. Si han aprendido esto, me puedo dar con un canto en los dientes. Muchas gracias.

domingo, 13 de junio de 2010

Memoria huérfana

CUANDO murió mi madre, sentí que me dejaban mi memoria entre las manos, que todo mi pasado dependía ya de mí. Yo, que hasta entonces me había centrado en celebrar, entusiasta, que el presente es un regalo, me encontré de pronto en la tesitura de tener que escribir elegías. La otra noche hice una sobre la casa de mi abuela paterna. Tengo serias dudas de que valga como poema. Aunque suene a paradoja, me falta experiencia en el trato con el pasado.

En cambio

sábado, 12 de junio de 2010

En coche, desde Sevilla, pero como los grandes navegantes

Qué ilusión y qué sorpresa
ver la primera gaviota.
¡Ya debo de estar muy cerca!

Vanitas vanitatis

Una de las cosas más extrañas que más a menudo tengo que oír es que se escribe por vanidad. Más asombroso aún cuando me lo dice alguien que también escribe. Pero ¿qué idea tiene éste de la vanidad y cuál de la escritura? Escribir es exponerse, y, de hacerlo por vanidad, sólo podría explicarse como un caso patológico de masoquismo: por afición a la vanidad herida. La vanidad herida, esa escuela de humildad, precisamente. La humildad, como la letra, con sangre entra.
El lector es un gran depredador. Escoge sin piedad lo que le gusta y rechaza y desprecia lo que no. Tiene poco tiempo, mucho que leer y la buena literatura es escasísima, así que lo habitual es que lo tuyo no le guste o que —más expeditivamente— no lo lea. El escritor ha de agachar la cabeza, y aceptarlo. Y susurrarse las palabras de Cervantes y de Rosales, que sabían bien lo que se traían entre manos: “Paciencia y barajar, que éste es tu oficio”.

Curiosamente, la gente ve aún más vanidoso (vanidad 2.0, diríamos) escribir en un blog. En realidad, es todavía más humillante. Al módico precio de 0 euros, al leve esfuerzo de un click, ofrezco lo mío a la aldea global. Pero de los miles de millones de potenciales lectores, más de cuatrocientos millones si contamos nada más que a los hispanohablantes, las visitas casi nunca superan el puñado. De ésas, la mayoría pasa sin decir de mu. De los siete u ocho que comentan algo, uno no te ha entendido, dos discrepan, otro te corrige una errata, alguno habla de lo suyo, y a veces alguien te agradece el trabajo. Eso, por lo visto, es peligrosísimo para la salud del alma.
Si lo fuera, que no cunda el pánico. Lo contrarrestan los amigos de carne y hueso. Cómo velan ellos por tu sencillez de espíritu. Insisten, por ejemplo, en tomar café o en salir a cenar o en que les escribas, pero no tuvieron ni un segundo para ver qué decías en tu blog. Les interesa que les escuches, no oírte.

Por si fuera poco, vienen de coche escoba, ya digo, los que insisten, alzando el dedo índice como un profeta, en que escribes por vanidad, por vanidad de vanidad y todo vanidad. Cuando me entretengo en dar explicaciones, ponen cara de sagacidad: “Entonces, ¿por qué escribes, en, en?” Además del dinero, si lo hubiera, replico medio cínico, escribo, añado medio cándido, por placer, por gusto, por vicio, por el arte por el arte. El amor (por la literatura) es así. Me merece la pena.

viernes, 11 de junio de 2010

Dos versos de E.S.R.

En el pecho de un hombre cabe el mundo
[...]
y aún sobra mucho espacio.

[Oír la luz, Tusquets, 2008, p. 137]

jueves, 10 de junio de 2010

Huele o no huele, esa es la cuestión

“Algo huele a podrido en Dinamarca”, clama Marcelo; y el espectador ha de preguntarse entonces si Shakespeare está hablando de cualquier país o de Inglaterra en concreto. A pesar de la contundente sonoridad del endecasílabo español, a la que debe parte de su popularidad, se ve aquí también la miseria irremediable de la traducción. En inglés está todo más claro: Something is rotten in the state of Dennmark. Y entonces sí que sale solo preguntarse: In every state or in our state? La palabra “Estado” ayuda mucho, como se ve. Y otra cuestión fundamental: el olor. Parece que en la versión original no hacía falta que nos huela, que puede haber una podredumbre inodora. Eso explica muchas cosas.

lunes, 7 de junio de 2010

La atracción del fracaso

Anoche me disponía a escribir un indiscutible artículo-reseña para Alba sobre Sociedad limitada, el último libro de Miguel d'Ors. Para llamar la atención del respetable, empezaría por el explosivo final del poema "Autorretrato condicional", que es como recibir a puerta gayola:
iban a ver ustedes
un miguel d’ors que nunca sospecharon:
con el cetme en la mano, monte arriba,
detrás de la bandera rojigualda,
el Crucifijo al cuello,
disparando con toda la intención
y gritando “Por Dios y por España.”
Pero en realidad se trataba de defender una lectura de d'Ors donde el factor clave (lo dice el título del libro y el prólogo insiste) es su rechazo a la modernidad. Más claro, si cabe, en Más virutas de taller: "Mundo actual: como en los espejos del callejón del Gato, sólo aparecen con buena figura los que son deformes". Desde luego, ese rechazo estaba ya presente en todos sus libros, pero ahora se subraya un aspecto que ilumina muchos versos de d'Ors y, sobre todo, muchas de sus posturas. Le espanta el éxito y la gloria. Pura lógica d'orslógica: eso sería salir favorecido en los reflejos del callejón del Gato. El poema "Mis siete motivos para desear que no me dediquen una calle", además de su impecable factura y su gracia, es una calle con salida porque está conectada a esa rotonda de su visión de la vida. Lo mismo puede decirse del poema "De fuegos y buitres", que sin estas premisas podría parecen un pico exagerado. Y yendo más atrás, se entiende que cuando dedicó Es cielo y es azul (1985) "A mis hijos, que me ayudan a no ser un triunfador, con mi gratitud", no había, como pudimos, ingenuos de nosotros, pensar en su momento, ni una gota de acíbar, sino un muy sincero suspiro de alivio. Menos mal, suspiramos ahora nosotros, que la poesía se le presenta de improviso al maestro, como Ava Gardner a Mario Cabré (fíjense, fíjense en las implicaciones morales de la imagen) y le hace más difícil escapar, si no al éxito, por lo menos a la gloria. Es una nueva línea de lectura que permitiría entender un poco mejor su obra y por tanto disfrutarla aún más. Pero no sólo sus hijos le ayudan a no ser un triunfador. Mi hija se acaba de apuntar al juego: se puso a llorar sin pausa y no me dejó escribir sino un artículo normalucho e interrupto, entre nana, arrumaco, inexperiencia y desesperación. Y yo, ay de mí, que pensaba concluir convenciendo inapelablemente a los grandes del mundo de la cultura que la mejor forma de castigar tanto desapego de d'Ors era premiándolo sin parar. Jorobándole, que se lo merece...

domingo, 6 de junio de 2010

Calamaro lo clava

Recuerdo bien cuando mi hermano Nicolás me encomió un disco de Andrés Calamaro con estas palabras: "Es un poeta". Hice el esfuerzo de no poner la cara de escepticismo de cuando escucho a los locutores de los 40 usar del epíteto homérico: "Sabina, nuestro poeta urbano". No pude. Hoy me arrepiento porque Calamaro lo ha clavado; y le ha dado medio hecha una campaña cultural al PP, que debería repetirlo, como hago yo. Pero no la aprovechará, porque los del PP también quieren ser progresistas. Yo, mientras tanto, a lo mío, que es el remordimiento: Calamaro es un poeta, efectivamente, Nicolás. Hay que estar tocado por la musa del epigrama para decirlo así de bien:
Progresía es prohibir.

sábado, 5 de junio de 2010

viernes, 4 de junio de 2010

Un escenario

Cuando mis abuelos maternos vinieron al Puerto a conocer a mi familia paterna, después de la cena hicieron tertulia en el patio de la casa, en una sillas de enea. Mis abuelos salieron encantados, comentando, eso sí, que tenían la impresión de haber participado como figurantes (“un señor de Murcia y su señora”) en una obra de los Álvarez Quintero. Siempre había visto aquel comentario como un quiebro irónico de mi abuelo ante el noviazgo exótico e irremediable. Ayer, sin embargo, anduve diez minutos por la calle de la casa de mi abuela del Puerto, entregando (Ayuntamiento, la SS, el Banco, etc.) los papeles de mi niña, que parece un ministro con tanta burocracia, y lo que oí por la calle me pareció, efectivamente, álvarezquinteriano. Qué melancolía me dio vivir en las asépticas afueras. Delante de mí, caminaba muy pinturera una rubia y al pasar por un bar, un vejete, muy ágil de reflejos, se vuelve y le susurra: “A ver cuándo te lleva a su programa Juan Imedio..., niña”. Poco después, un señor lustroso, gesticulante y reipeinado, le decía a voz en grito a otro mayor, cano, con una guayabera y un bigote: “Me encontrao esta mañana a un cabronaso de izquierdas y le he dicho: ‘¡Y ahora Zapatero…’”. Acepto que la gracia de esto es relativa, y que a lo mejor si llega a ser un cabronazo de derechas yo estaría hablando ahora de la intolerancia y tal y cual, pero el caso es que me reí por lo bajini, lo confieso. A los diez metros, una señora gorda tropieza con un trozo de acera levantado y protesta. Su marido, también redondo, descamisado e imperturbable, le replica: “Mejó te llega habé caío y le sacamos al Ayuntamiento lo menos 100 €”. Doy tres pasos, y una disminuida psíquica le desea a una chica que se ha parado a besarla: “Que encuentres trabajo”, a lo que la chica replica: “Mari, Mari, ¡pero qué poco me quieres!” Y ya no oí nada más porque había llegado a Hacienda y entré, muy serio, a pedir los 2500 € de Zapatero, ese benefactor.

martes, 1 de junio de 2010

El carácter erótico

Jan Twardowski lo tiene claro:
Mi impresión es que la lírica religiosa debe asemejarse a la poesía de carácter erótico […] La lírica religiosa, al igual que sucede con la amorosa, debe estar llena de admiración, de anhelo, de inquietud, de tristeza, de desesperación; tiene que ser capaz de tocar toda la escala de las emociones más genuinas.
Y yo digo: Amén. Pero me confirma luego, y me hace gracia, ver una coincidencia suya casi literal con el último libro de Abelardo Linares, titulado significativamente Y ningún otro cielo. Es un poemario rabiosamente amoroso y, en ciertos momentos, se asemeja a la poesía de carácter místico. La coincidencia que digo es entre un verso de Abelardo en el poema “Oración”, que reza:
tu sonrisa que quita los pecados del mundo.
y éste de Twardowski:
¡Sonrisa del Cordero de Dios, ten piedad de nosotros!
Claro que enseguida se nota que Abelardo Linares está hablando sólo de una mujer, como en esta soleá, que nos arranca otra sonrisa, más de autocompasión:
Tú no quieres que te quiera
ni que deje de quererte,
sino que yo te comprenda.

lunes, 31 de mayo de 2010

domingo, 30 de mayo de 2010

Bautizo

Una de las cosas que más extrañeza me produce es que mis tíos sean tíos abuelos y mis hermanos y primos pequeños, tíos. Todos lo eran ya por un lado u otro, pero ahora me pasma. Mientras iban entrando, yo hablaba con don Federico, el sacerdote, recientemente ascendido a Vicario General de la Diócesis, sobre la importancia del Bautizo y le citaba a don Álvaro d’Ors (“El bautizo es, incomparablemente, el día más feliz de la vida”) y a Flannery O’Connor y su río. No sé si lo hacía con la pretensión de apuntarle temas para su homilía, espero que no, aunque con uno mismo nunca se sabe. En cualquier caso, la homilía fue muy catequética, sin meterse para nada en dibujos literarios. Hizo bien don Federico. A mí, a pesar de la sonrisa generalizada que produjo la retahíla de nombres de la niña, me rondaba como una mosca obsesa la idea del bautismo como muerte del hombre viejo, y sentía, lo confieso, un difuso fondo de tristeza por Carmencita. Sé que es una muerte de la que se sale de una vez para siempre resucitado, pero el corazón tiene sus razones, etc. Para compensar, poco a poco se fue imponiendo en la capilla un olor a rosas o a nardos delicioso. Pensé que sería el óleo perfumado con que habían ungido la espaldita de Carmen para que triunfe en el combate, ay, de la vida. Cuando acabó la ceremonia y fui con un tarrito a recoger el agua bendita, lo comenté con el cura. “El óleo no es, no huele tanto”, me dijo, también él intrigado con el misterio. “Umm, qué bien huele", decíamos a cada rato los dos. El misterio se disipó antes que el perfume. Tía (¡abuela!) Alicia había traído de Tierra Santa un bote con agua del Jordán para bautizarla. Como lo trajo antes de que nos quedásemos esperando (sí, sí, antes, porque la fe mueve embarazos), lo guardó en su congelador. Con la dilatación, se rompió el bote, me contaba, y recogió el agua con mucho cuidado, colándola bien, en un viejo frasco, que limpió mucho, de aceite perfumado. Por eso, ah, el olor. Cuando se lo conté al cura, se rió de buena gana, un poco decepcionado. Tampoco tenemos que menospreciar, propuse, las causas segundas.

Lectura obligatoria

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viernes, 28 de mayo de 2010

El parto

Algunos opinan que eso de que los progenitores A entremos a los partos es una moda moderna más, otra parida paritaria, un gol que el progresismo nos ha colado para acabar con el romanticismo matrimonial. Yo no creo que el origen de esta costumbre sea ideológico, sino médico. Antes del uso generalizado de la anestesia, las mujeres, con los dolores del parto, daban en insultar furiosamente a sus maridos, según se cuenta. Los consideraban los directos responsables de su situación, y los únicos, lo cual era ya más discutible. Prudentemente, los hombres se salían (por la tangente) a fumar a la calle, esperando el feliz desenlace fuera del alcance de los dardos dialécticos de la parienta parturienta. La epidural lo cambia todo, y el marido puede entrar sin grave riesgo para su dignidad. Distinto es que deba hacerlo.

Mi corta experiencia —un solo parto— es suficiente para tener claro que no es bonito, y propagar lo contrario es publicidad engañosa. A pesar de la epidural, tu mujer las pasa canutas, y uno no puede hacer más que dar una manita cuando quisiera echar una mano. Luego, está la fuerza con la que tira el médico del bebé con una ventosa. Hay una mezcla de delicadeza y de violencia, ambas extremas, que sería muy curiosa de observar si la cabecita donde se concentra esa paradoja no fuese la de tu hija. Las imágenes se amontonan, de todo tamaño y dignidad, desde el paso del Mar Rojo hasta el descorche enconado de una botella de un vino muy valioso.

Cuando la criatura, por fin, sale entera, le dan una vuelta de campana agarrándola por los pies, cortan el cordón con una tijera inmensa, y se la pasan a un pediatra que le pega un golpe que si llega soltarlo un profesor de instituto a un adolescente lo meten en la cárcel, por lo menos. En ese instante, todo el equipo médico te mira, esperando que sueltes unas lagrimillas de emoción, y tú bastante tienes con no soltar exabruptos y maldiciones gitanas. Se sale del paritorio tambaleándose, con el corazón en un puño, pensando que mejor hubiese estado uno en la sala de espera, desgranando rosarios, y esperando a ver llegar a una niña sana y salva y a una madre desfallecida, pálida y dichosa.

¿Quiere decir esto que estoy en contra de entrar? En absoluto. Si a la madre incomprensiblemente le consuela la presencia impotente del pasmado padre, hay que hacerlo y aguantar como un hombre. Por duro que sea, no tiene comparación con lo de ella, que lo lleva de maravilla. La paridad en el paritorio es imposible; y uno debe estar a lo que mande la que manda.

jueves, 27 de mayo de 2010

Primer piropo

La salus, con el halo de autoridad que le otorga haber cuidado a cientos y cientos de bebés, después de una semana de continua observación, dictamina con un aire por fin sinceramente admirativo: "Lo mejor de esta niña..." --y yo contengo el aliento como si estuviese en la ceremonia de entrega de los Oscar-- "lo mejor de esta niña es... cómo eructa".

Lo bueno (además de que no se me va a atorar) es que a partir de ahora todos los piropos que reciba en su vida irán a más, espero.