martes, 12 de abril de 2011

Alianza

Todo vuelve: las cosas naturales, como decía Unamuno, lo hacen siempre, y las humanas, a menudo. Volvió la literatura epistolar con el e-mail cuando parecía que el teléfono la había dejado fuera de juego. Volvieron los telegramas, bajo la forma del sms. Y ahora, como llevamos la hora en el móvil, que miramos constantemente, ha regresado el viejo, el decimonónico reloj de bolsillo. Yo cada vez me pongo menos el reloj de pulsera, que se queda descansando en la mesilla. Con la primavera, además, me remango las camisas, así que queda claro que el único adorno que llevo es la alianza de casado. Esa sobriedad sobrevenida ya me había llamado la atención y me gustaba, pero ahora, que he releído El taller del orfebre de Karol Wojtyla, mucho más. No es lo mismo leerlo con una alianza. El libro gravita y da vueltas sobre el signo del anillo de casado, que cada vez veo más claro y miro más.

(Qué bien captó Tolkien el poder simbólico de los anillos.)


Momentos redondos del libro: 

No dijo: “quieres ser mi mujer”,
sino: “la compañera de mi vida”.
Lo que iba a decirme era, pues, premeditado.
La belleza accesible al espíritu, es decir, la verdad.
El amor es un continuo desafío que nos lanza Dios, y lo hace, tal vez, para que nosotros desafiemos también el destino. 
A pesar de todo, poseemos tanta verdad que descubrimos más libremente en el torbellino de la exaltación las humildes cosas de siempre
*
[Teresa, sobre los hijos] Nos hemos convertido para ellos en el umbral que cruzan con esfuerzo. [...] Y aunque se cierren por fuera, seguimos en su interior.
¡crear algo que refleja la Existencia absoluta y el Amor es la más hermosa de las tareas!
Pero se vive sin saberlo. 
*

Estos años han sido el tiempo indispensable
para podernos orientar en el complicado mapa
de los signos y los símbolos.


4 comentarios:

Pati dijo...

¿Sabía usted que al besar la alianza matrimonial, sabiendo lo que se besa, y con las debidas disposiciones y condiciones, se ganan indulgencias? Creo que fue Juan XXIII el que lo estableció.

A veces pienso (y más por mí que por él, lo reconozco) que la indulgencia debería ser PLENARIA.

Juan Ignacio dijo...

Hermoso libro, gracias por este recuerdo.
Está la película, con Richard Burton creo, aunque no debe ser fácil de conseguir. Y creo que es mejor el libro.
(Me puse a buscar la película pero no la encuentro, aunque estoy seguro de su existencia, y me sorprende encontrar que hay una obra de teatro, que no sé si será la misma; la leo en la biografía de una actriz argentina).

Anónimo dijo...

l minimalismo en los complementos para el adorno del cuerpo me parece, al contrario que en la música, signo de madurez, e incluso de civilización cuando llevarlos exige agujerear la carne. Aún recuerdo la cara de horror de una sueca (no pienses mal), en los comienzos de los años 70 cuando se le explicaba que los pendientes que llevaban las mujeres habían exigido atravesar la parte baja de la oreja con aguja e hilo. Quién le, y nos, iba a decir que más adelante sería normal ver gente con abundantes piezas metálicas ancladas en carne previamente horadada. Esperemos que la cosa no vaya a más: a obligar a que se aplique a los varones el mismo ritual que a las portadoras de pendientes (por aquello de la igualdad).
La sustitución del reloj de pulsera por el teléfono es una idea excelente: Consultar la hora en aquél puede resultar una grosería en ciertas circunstancias; en cambio, si se hace con el móvil, nuestro interlocutor o conferenciante puede pensar que estamos silenciándolo o rechazando una llamada etc.
Fiel a mi nombre, me he ido por las ramas.
Jilguero

E. G-Máiquez dijo...

Gracias por la información, Pati. Estoy como un futbolista goleador, besándome el anillo, aprovechando su información.

JI, si encuentras la peli, avisa, por favor.

Fiel a su nombre, da gusto oírle por las ramas, Jilguero. Yo llevo mal lo de los boquetes tan bien, y con mi hija ha sido la rendición de una tradición familiar mía a la de mi mujer, más agujereante, ay.