viernes, 1 de abril de 2011

Cuarto alrededor de mi viaje

Tener que salir de mi despacho para ir a Madrid me dio pena. No  pereza, pena. Me parecía una traición a Pascal y a Xavier de Maistre, dos amigos íntimos de antiguo. Pensé resistirme: no rendirme tan pronto a la fatalidad del viaje. Quizá, para los problemas de la humanidad, sea también una solución: si hay que salir, no salir al menos mentalmente del propio cuarto, aunque el cuerpo de uno vaya dando vueltas por el espacio aéreo español. Si el pequeño Maistre pudo hacer un viaje alrededor de su cuarto, ¿no podría yo llevarme mi cuarto alrededor de mi viaje?

Los libros que estaba leyendo los metí en una bolsa y mi ordenador lo jibaricé en mi iphone. Salí de casa como el que está repasando mentalmente un itinerario desde su butaca. Los primeros y deslumbrantes metros al sol, titubeando como san Pedro andando sobre las aguas, me convencieron de que podría conseguirlo. No era tan difícil, con un poco de fe, el arte de la bilocación.

El aeropuerto de Jerez estaba lleno de alemanes y alemanas guapísimas. Por un instante sentí el vértigo de haberme colado en un rodaje de Leni Riefenstahl. Hasta que vi en sus bolsas que eran los miembros del equipo olímpico o así, y respiré aliviado: “Ah, si estos cuerpos son a base de entrenamientos, eso lo hace cualquiera”. ¿Cualquiera?, qué cosas respira uno aliviado…, pero la tentación del racismo acomplejado había pasado de largo y rápido como un velocista en los 100 m. lisos. El deporte es un dopaje, sentencié. Volví a arrellanarme en el sillón (virtual) de mi despacho.

Leía Doña Inés de Azorín. Ahora estaba, pues, en Segovia y, sin embargo, más en mi cuarto que nunca. La prosa de Azorín,
con tanta descripción de habitaciones en penumbra, muy limpias, con un ramito de flores casi siempre o de hierbas aromáticas, incita a sentirse dentro, esté uno donde esté. La pobre Inés, qué desgracia la suya más tonta, y cómo la sentía yo, ay.

Para el vuelo saqué el libro Posturas difíciles de Luis Carlos López. No fue premeditado, pero mejor título para leer en un sillón de avión no hay. Me hizo gracia (por no llorar) releer el poema aquel de cuando la negociación [¿cuá, cuá? Éste]. Y estos versos me parecieron apropiadísimos para leer con un ojo en el libro y otro (como el propio López, estrábico) mirando por la ventanilla: 

Las casitas de campo, las casitas
enjalbegadas, acurrucaditas
y risueñas.
En el tren se recuerda mejor a Machado: "Campo, campo, campo./ Entre los olivos,/ los cortijos blancos", pero el Tuerto López se reveló como apropiadamente aeronáutico. Me vi en el despacho leyéndole imaginándome la vista aérea que estaba viendo.
 
Lo más duro de la ciudad para los pueblerinos es nuestra costumbre de mirar a todo el mundo a la cara, acostumbrados a conocer a cuantos te cruzas, y saludarlos. Qué mareo. En las urbes, todo son falsas alarmas. La gente te suena: te evoca con un respingo a conocidos, y luego, nada, polvo, sombra, humo, como en el epitafio de Portocarrero. Pero como había decidido no salir de casa, me senté, ya digo, como si estuviera en mi cuarto, y me dediqué a pasear por mi memoria. La gente pasaba vertiginosamente, dando vueltas, como en una ruleta y yo los miraba y no reconocía a nadie pero todos me recordaban a otros, y al azar de los parecidos hice un recorrido difuso y fragmentario, como un poema actual, por todos los recodos de mi pasado. No sé qué oído le pita a aquel a quien alguien recuerda, si le pita, pero si pita, ayer hubo un concierto de flautas travieseras en la aldea global. Qué de personas tengo dentro, madre.

Dispuesto a recibir en mi despacho, la clase en la universidad fue muy afable y doméstica. “Me he sentido como en casa”, confesé al agradecer a los alumnos su atención y sus atenciones, y estaba siendo literal.


Normalmente hablo con Leonor a gritos, aunque no suene muy romántico. Yo desde el despacho, mientras ella viene y va, nos decimos las cosas a base de pulmones. El teléfono, por tanto, me la acercaba, um, al oído y hablábamos prácticamente besándonos. Um, um. Y suponía, de paso, un descanso para mis cuerdas vocales. 

En el avión de vuelta se me sentó al lado un nicaragüense vestido de cantante de rap. Me preguntó que adónde iba el avión. Dije buscando de reojo la cámara oculta: “A Jerez”. “Ah, ya, ¿y dónde estamos?” Me asusté en serio: “En Madrid”. “Ah, ya, y Jerez, ¿es una isla?” La chica del asiento de al lado, de ojos cada vez más abiertos, no me dejará mentir. Jamás encontré a nadie tan perdido.

Para saber adónde voy y quién soy y para no alarmarme más, me parapeté tras el tercer libro: ¿Verdad o fe débil? Diálogos sobre cristianismo y relativismo, de René Girard y Gianni Vattimo. Estos libros de entrevistas lo que pierden en hondura lo ganan en anchura. Recordé el de diálogos entre Borges y Sábato en el que el primero repite con mucha guasa constantemente: “¿Sabe, Sábato?”. Aquí uno espera que, en cualquier momento, Girard replique a su interlocutor: “Va-ya-ttimo”, y la verdad es que pasa rozando varias veces, pero, como es un caballero, se resiste, y se limita a reconocerle a Gianni una simpatía muy grande y unas espléndidas intenciones. Emociona el mea culpa que entona por haber quitado en sus primeros libros contenido sacrificial (huyendo del sacrificio pagano) a la Cruz de Cristo, y como eso, apunta y excusa, puede haber sido la causa de la confusión --recordé a mi vecino, el nicaragüense-- que su teoría ha causado en Vattimo. Llama la atención sin descanso: “Pero resulta que hay hechos, Vattimo, hay hechos, no todo es interpretación y bonitos discursos deconstruidos”, repite suavemente, supongo que arrastrando las erres. Para contestar a un ensayo que ha escrito Vattimo, admirativo, sobre su teoría, se la explica de nuevo desde el principio con mucha paciencia, que es la réplica más deconstructiva que yo he visto nunca. Casi todo lo de Girard lo había leído ya en otros libros, pero me impresionó esto:


El contagio de la violencia es tan poderoso que ni siquiera respeta a quienes comparten el sufrimiento de Jesús, como los dos ladrones crucificados a su lado (uno solo en Lucas). Ya clavados en la cruz, aún quieren ser crucifixores, desean pertenecer desesperadamente a la multitud de los linchadores.
Eso explica muy bien el agradecimiento de Jesús al buen ladrón, esa figura tan mía. Y, plof, ya estábamos de nuevo en Jerez, aunque a mí, plim, porque no había salido aún de mi despacho. Lo estaba consiguiendo. Vi alejarse al errático nicaragüense hacia dónde, Dios mío.

Y en veinte minutos estaba en mi despacho. Mi espíritu y mi cuerpo se dieron un abrazo, bajo la mirada aprobatoria, espero, de Xavier de Maistre y Blaise Pascal, esos viejos compañeros de viaje.

9 comentarios:

T dijo...

¡Qué bueno, Enrique!. El libro de las posturas difíciles me lo apunto.

ACdR dijo...

"Qué de personas tengo dentro, madre." O estoy sordo o eso es un endecasílabo digno de Pessoa.

Juan Ignacio dijo...

Genial. Mirá que metiste a todo el mundo acá adentro y lo lograste, quedó muy bueno. Desde nuestro escritorio viajamos ida y vuelta a Madrid.

Ignacio Jáuregui-Marinero dijo...

Como suele ser habitual, magnífica entrada y relato, a medio camino entre Maistre y Borges, se me ocurre. A Ud. le basta para la evocación un viaje a Madrid, cuándo otros necesitan hablar de Nueva York y Venecia creyéndose Morand, cuando en realidad no pasan de Jesús Calleja.

Desde la GMU de Almería le ruego dispense cierto juego de firmas en su entrada anterior, pero una duda que tenía ya ha sido resuelta. No se volverá a repetir; apelo a la complicidad que nos une a los que tenemos apellidos compuestos.




.

E. G-Máiquez dijo...

Elogio es exigencia y más cuando es exagerado. Así que he vuelto a corregir la entrada, y uf, lo que me queda…

Por mi parte el juego con las firmas está dispensado; el de las osadas comparaciones (que las carga el diablo y se disparan por la culata), no sé, no sé.

Lo que sin duda es gracioso (se lo copiaré) es "esa complicidad que une a los que tenemos apellidos compuestos".

marinero dijo...

Ya que EGM habla de correcciones, estaría bien que corrigiera el título de la entrada; obviamente, donde dice "alredor" debe decir "alrededor".

E. G-Máiquez dijo...

No espere Marinero, por favor, a que yo hable de correcciones en otro blog, para corregirme a mí en el mío. Se lo agradeceré mucho siempre. Gracias.

Ignacio dijo...

Iba a dejarlo correr, pero mi natural modestia me impide adornarme con plumas ajenas: del simpatiquísimo Calleja estoy muy lejos de alcanzar la intrepidez todoterreno; y en cuanto al llamado marinero, me confieso incapaz de reproducir el andar solemne de su prosa.

Ignacio Jáuregui

Miriam dijo...

Encantador texto y genial idea.
Decidido, mañana me quedo todo el día en casa