jueves, 27 de diciembre de 2012

Correlimos

Dimos un paseo por la plaza Mayor y alrededores. Quería mi suegra que Carmen se montase en el carrusel de allí, un carrusel en medio de otro, que es Madrid. 

Yo estaba encantado, eh, pero me recité  aquello de Alberti: "¿Por qué me trajiste, padre / a la ciudad? // ¿Por qué me desenterraste / del mar? // En sueños, la marejada / me tira del corazón. / Se lo quisiera llevar. / Padre, ¿por qué me trajiste / acá?" Quizá por eso cuando aparecieron los policías municipales en un extremo de la calle Arenal, y los vendedores ambulantes, negros, empezaron a recoger sus macutos, blancos, y a irse a  paso rápido calle abajo o por las calles de al lado, vi que era lo mismo que los correlimos de las playas de invierno. Uno va paseando por la orilla y los correlimos, que comen arriba y abajo con las olas, te ven llegar y huyen por delante, con pasitos charlotescos, sin prisa y sin pausa. Si ven que te echas encima o se cansan del juego, quiebran un vuelo raudo a ras de mar, dibujando una semi circunferencia perfecta, y se vuelven a posar tranquilamente a tu espalda. Eso hacían los negros de Arenal. Y la policía representaba muy bien su papel, pero como quien da un paseo. La calle, ya os habréis fijado, se llamaba "Arenal", encima.

Eso me distrajo un poco del desconcertante descubrimiento que Carmen estaba haciendo del consumismo. Todo lo quería. Iba con un dedo índice por delante señalando escaparates por doquier. ¡Y es tan chiquitita!

Eso me puso en el estado de ánimo preciso para observar con un cinismo mayor del habitual un reloj de sol con la inscripción Carpe diem. Si muriese el latín, esa dichosa expresión todavía perviviría. Yo le tengo manía porque propone un imposible y, por tanto, nos aboca a la melancolía. 

Lo hilarante del asunto es que el reloj de sol, imagen involuntaria de la imposibilidad de su mensaje, estaba encerrado en una calle tan estrecha que ni siquiera en el día soleado de ayer agarraba una gota de luz. Yo no me suelo alegrar de la desgracia del prójimo, sea persona, animal o cosa, pero en este caso, como era en legítima defensa, me sonreí.