sábado, 1 de diciembre de 2012

Un artículo frustrado

El artículo que tenía pensado para hoy y que he escrito ahora, no funciona. Tenemos un problema, Houston. Ahora tengo que hacer otro a uña de caballo, y a ver de qué. Pero el que quería escribir, aunque porque no fluye bien de lo privado e íntimo a lo público y de todos no valga, creo que tiene una idea interesante y útil. Que cojee de la pata formal es un motivo más que de sobra para no sacarlo en el periódico, pero no para no traerlo aquí, donde me lo perdonáis casi todo. Va. 


De novios y, luego, de casados sin hijos, mi mujer y yo a menudo quedábamos con bastantes escritores y sus mujeres. Antes o después, salía en la conversación que ella leía todas mis cosas, y además varias veces, y corrigiéndome —añadía yo— con delicadeza y acierto. Había un primer segundo de incredulidad en la concurrencia y, enseguida, viendo que no era una broma, de asombro. De asombro ligeramente triste en ellos y, a veces, de asombro ya definitivamente indiferente en ellas. En mi mujer brillaba una leve satisfacción de deber cumplido; y en mí la absurda creencia de que lo nuestro era lo lógico. 
Pero ha pasado el tiempo y con los niños, los trabajos y, todo hay que decirlo, mi grafomanía, hace tiempo que mi mujer dejó de poder leer y corregir lo mío. Es una cuestión espinosa, porque, como para escribir uno tiene que escurrir el bulto y encerrarse en su cuarto, se cae, con facilidad, en un círculo vicioso: uno produce más a costa de que ella tenga mucho menos tiempo (o ninguno) de leerte ni de leer nada, y eso, complica el asunto con cierto resentimiento inconsciente, quizá, y, por mi parte, con una mala conciencia bien cierta. 
Sin embargo, qué importante que tu mujer te lea, pienso ahora, nostálgico. En lo escrito uno vuelca lo mejor suyo. Si se es tuerto, como se maliciaba el bueno de Joseph Joubert, en los papeles se sale por el perfil clarividente. Aquí se explica uno, expone sus bromas más logradas, suelta sus frases más redondas y lanza sus ironías más afiladas. A ver cómo va tu mujer a seguir enamorada si se pierde el concentrado, digamos, y se roza nada más que con las cáscaras cansadas. 
En las circunstancias actuales, para que ella me lea, yo tendría que crearle espacios de silencio y tranquilidad, como los que nos sobraban en los viejos tiempos; pero ahora a base, me temo, de meter más mi hombro escurriente. Eso implicaría levantar algo la mano del teclado del ordenador, o sea, escribir menos, hasta que la oferta y la demanda, digamos, se reequilibren. 
Pienso —y por eso lo publico aquí— que no es un caso sólo de los escritores, aunque como suele pasar, presente una cara más patológica entre los literatos. Todos tendríamos que esforzarnos por compartir nuestros trabajos y aficiones con la persona a la que queremos y que queremos que nos quiera. Ahí se refugia nuestro yo más atractivo, el más dinámico, el más apasionado. Y todo es poco para mantener viva la llama, como se dice. Hay quien se apunta al gimnasio para lo mismo, o a bailes de salón incluso, así que encargarme más de la casa no será para tanto. 
Releo lo escrito y veo que entre líneas hay quien puede imaginarse a mi mujer prendiendo fuego a mis libros y bailando la danza de la guerra alrededor. Qué va. Está deseando, y ella no miente nunca, tener un minuto libre para leerme algo. Y yo no puedo dejar escapar a mi lectora favorita, que no quiere escapar. 

4 comentarios:

gatoflauta dijo...

Yo no estoy nada convencido de que el texto, que me parece excelente, no "funcione" periodísticamente. Reconozco que, en mi ignorancia, no veo la presunta "razón formal" de ello, salvo que lo sea el tratar su tema en términos que parezcan al autor demasiado privados, demasiado poco generalizables. Ahí no sabría muy bien qué decir; aunque recuerdo a César González-Ruano explicando que un consejo que repetidamente le habían dado en sus inicios como articulista era, justamente, que evitase lo demasiado personal, por poco periodístico (cuántas pes). Y que su convicción, después de muchos años de oficio, era que el tal consejo no tenía razón de ser, y que no pocos de los artículos que más habían gustado y más recordaba la gente lo desacataban con todo descaro. Lo que, en mi opinión, debe hacer EGM cuando tenga dudas (no hablo sólo de este caso) es preguntarse: ¿a mí me gustaría leerlo? Si la respuesta es positiva, no creo que haga falta mucho más.

Anónimo dijo...

Podría haber sucedido que el escritor haya interiorizado los criterios de la esposa y escriba tomándolos inconscientemente en consideración. Pero esto no debe ser una excusa para liberarse de toda tarea doméstica, que también puede, alguna, ser fuente de inspiración.
Jilguero

Javier Vicens dijo...

Coincido con don Gatoflauta que llama "excelente" al texto y con don EGM que sospecha que puede no funcionar en El Diario de Cádiz y con don Jilguero cuando dice que las tareas domésticas pueden ser fuentes de inspiración.

Enrique García-Máiquez dijo...

Admirable la sabiduría salomónica de don Javier, aunque soy parte y juez y como aprueba la generosidad de Gatoflauta, no sé si puedo decirlo, pero lo digo: admirable.