lunes, 17 de diciembre de 2012

Me da que pensar


Unos buenos amigos, a los que veo de higos a brevas, me cuentan que me vieron muy feliz y que la anterior vez que estuvimos juntos con calma, hace ya varios años, se fueron ensombrecidos por mi aire de tristeza. Quedo estupefacto. Esta vez que nos vimos yo tenía por lo menos tres o cuatro motivos de desazón clavaditos en el alma, y alguno de ellos por la espalda, que es donde más duelen. Aquel lejano almuerzo, por lo que recuerdo, fue delicioso: escogí yo y fuimos a un sitio que me gusta mucho, a la orilla misma del mar, a comer pescaíto frito, que para mí, porque a Leonor no le gusta, es casi una excitante escapada adolescente. Estaba encantado. Él había estado brillante en la lectura poética en mi instituto para la que le había propuesto yo (me había dejado, pues, estupendamente) y en la sobremesa abocetó en dos pinceladas una obra literaria difícil que, desde entonces, como si hubiese disipado una niebla, veo clara. No me recuerdo grandes preocupaciones aquel día. Pero no niego en absoluto que mis amigos tengan razón, lo que me da que pensar que la felicidad y la tristeza tienen muy poco que ver con las circunstancias, a menudo por suerte, otras por desgracia. 

8 comentarios:

Gonzalo dijo...

¿A que hace esos cuantos años no tenías hijos?

Anónimo dijo...

La memoria es selectiva (que se lo pregunten si no a los políticos, y a los que hemos hecho la mili, y a los poetas: no está el mañana ni el ayer escrito) y dicen, pero no estoy seguro, tiende a olvidar los aspectos poco gratos del pasado.
Jilguero

Anónimo dijo...

¿Cómo se llama ese sitio, "a la orilla misma del mar" para "estar encantado"?
Un abrazo Domingo

Enrique García-Máiquez dijo...

El sitio se llama "El castillito" y está en la playa de La Puntilla, del Puerto de Santa María, en su extremo de poniente. Las olas lamen literalmente las mesas. Es mitad venta, mitad chiringuito —quizá, caigo ahora, su nombre sea un guiño cervantino— y sólo dan pescaíto, pero muy bien.

Y gran sugerencia de Gonzalo. Entonces, curiosamente, acababa de nacer Carmen. Lo recuerdo porque Leonor no vino a la comida porque estaba aún renqueante.

macarena dijo...

Efectivamente como dice Gonzalo, aún no tenías hijos, y a eso me refería. Los hijos cansan pero como te obligan a volverte niño de nuevo confieren una alegría nueva y eso es lo que hizo que te viera tan requeteguapo el otro día. Y aquella comida en el Puerto fue estupenda y deliciosa, hablamos mucho de tu madre y eso me sirvio para elaborar mi duelo posterior por mi maravilloso padre. A mi marido lo voy a coger yo y darle " dos tortas" por bocazas. Nos quedamos con lo bueno: estabas el otro día requeteguapo, fuiste un héroe contra el pepinillo y tenemos que volver con todos los niños que juntamos ahora a aquel sitio.

Ununcuadio Uuq dijo...

Pues Carmen ya te lo había dicho cuando estuvo enferma...

Enrique García-Máiquez dijo...

Qué va, Macarena. Me encantó que me lo dijese, y aunque han salido, por lo visto, un par de entradas algo melancólicas, yo las escribí feliz y agradecido por el cariño y la observación.

Qué buena idea lo de volver con los niños a ese sitio, que no tiene carreteras a la vista, sino pinos y playa. ¡Hay que planificarlo ya! Y si Leonor no quiere pescaíto, le podemos llevar una tartera, como se dice. ¡Gracias mil!

Enrique García-Máiquez dijo...

Es verdad, Uuq. Carmen lo había dicho. Gracias por tu halagadora memoria.