martes, 28 de enero de 2014

Pinus pinea




Me ha impresionado mucho leer en Cien poemas japoneses que la palabra "matsu" significa "pino" y "añoranza", los dos sentidos que tiene la palabra "pine" en inglés.
 No creo en las casualidades, y además, para mí, que tuve una infancia entre pinos, pasa exactamente lo mismo. ¿Pinus pinea tendrá alguna relación con pena, penita, pena, más allá de la aliteración? Ojalá. 

Y, sin embargo, lo último que me ha dado un pino ha sido una alegría, aunque bien nostálgica. Yo me libré de ser del todo un niño de urbanización gracias a que, colindante con la nuestra, los Romero-Haupold todavía tenían su finca "La Manuela" en pleno apogeo rural. Yo, amigo íntimo de ambos primos, Antonio y de Pedro, fui mucho allí, a jugar entre vacas inmensas, perros y gatos perezosos y puntiagudos gallos de pelea. En la casa central de la finca (cada padre tenía un chalet en cada esquina), estaba la casa grande de la abuela, y allí un pino que los nietos (y yo con ellos) visitábamos con la veneración de un tótem. 

Cuando los Romero-Haupold dieron el pelotazo y vendieron "La Manuela" para nueva urbanización, estaban consolados porque el ayuntamiento había prohibido tirar el pino. Yo lo celebré con ellos, pero cuando lo vi sin casa grande, sin abuela, sin vacas a su sombra ni gallos en sus ramas, encajonado entre adosados, me llevé un chasco. Lo que se dice un desencanto. 

Sin embargo, hace unos días, unos visitantes de Madrid, me hablaron de la impresionante belleza de ese pino solitario, que les había cogido por sorpresa. Y sin saberlo me estaban recuperando mi infancia. Y una nostalgia deliciosa. 

2 comentarios:

Gonzalo García Yangüela dijo...

¡Oh!

Anónimo dijo...

Hay pinos verdaderamente míticos. De chaval oí decir que había uno en Puerto Real, el Pino Pavón, que iba a desaparecer con motivo de la ampliación o nuevo trazado de la carretera que lleva a Cádiz-Chiclana. Se libró no porque lo defendieran ecologistas, que entonces o no existían o no tenían influencia, sino porque un, digamos, “señor de presión” (tampoco había en España grupos de presión) le tenía un cariño especial por haber jugado allí de niño. Andando el tiempo, un rayo lo abatió, y su cadáver se hizo cenizas en el horno de una panadería del Puerto.
Jilguero.