jueves, 12 de junio de 2014

Amazing


Para celebrar su cumpleaños por todo lo alto, vimos anoche una película del héroe que me ha sustituido en el corazón de Quique: Spiderman. Como soy, ante todo, un buen perdedor, no tuve reparos en preparar su regalo cinéfilo. Y eso, arrostrando graves peligros, porque su madre no estaba de acuerdo: es muy pequeño y la violencia y los monstruos. He pasado la noche aterrorizado no fueran a tener pesadillas mis hijos, y, en consecuencia, yo, por la mañana. Pero esa es otra historia. Yo veía a hablar de Spiderman. La estructura narrativa de todos estos cómics tiene una interesante lectura moral, amén de cierta falta de originalidad. 

El héroe es fuerte, rápido, invencible. El sueño sublimado de nietzscheano calenturiento. Pues vale. Lo interesante es que siempre aparece otro súper hombre más fuerte, más rápido, más invencible y... peor. (Con poderes más artificiales y tecnólogicos.) El súper hombre nuestro es, por tanto, la víctima de un proceso inflacionario: inflación de poderes. Tiene que ganar su batalla, entonces, desde la humildad, el sacrificio, el humor y la inteligencia. Y siendo una batalla por el bien, ha de ganarla, sobre todo, desde la bondad. Y va, y la gana. Entronca con los mitos tradicionales y las historias: con David y Goliath. De modo, que estas películas son siempre una reubicación moral (y tradicional) de los verdaderos poderes. Al final, los poderes del superhéroe sirven para que pueda recibir mucho más, para aumentar su capacidad de sacrificio y superación. Y eso, que seguro que alguien lo habrá dicho antes, mejor, con más bibliografía y en más prestigiosas cátedras, es lo que yo pensaba ayer, sacudido entre la ilusión de ver a Quique entusiasmado con los saltos de Peter Parker y a su madre (la de Quique, mi mujer) vigilándome con el rabillo de ojo.