sábado, 14 de noviembre de 2015

Darse cuenta


De pronto lo vi. Lo vi claro en los dos sentidos, porque era convincente y porque era luminoso. Venía pensándome muy desgraciado, como suelo, con mi angustia en el pecho, mis puñalitos en la espalda, mi dolor en la garganta y mis problemas en la cabeza. Y entonces fue cuando lo vi. No era desgraciado, en absoluto, Dios, Leonor, hijos y amigos míos, no, en absoluto. Era normal. Así vive todo el mundo, debatiéndose en la vida entre las alegrías y las penas. Hasta ahora (¡y hablo de 46 años, nada menos!) he sido un privilegiado hasta extremos sonrojantes. Estoy, simplemente, descubriendo lo que es la vida, que no había prisa, por otra parte. Y esa certeza, esa solidaridad de pronto universal me llenó de una dicha inmensa, desbordante, consoladora, sí, pero más aún, sanadora. Y me di cuenta de que había vuelto a las andadas, que vivía, de nuevo, en un privilegio. Y volví, laus Deo, a sonrojarme.


2 comentarios:

L. N.J. dijo...

Preciosa entrada Enrique, me gusta mucho cómo compartes tu mundo y lo haces recíproco al lector.

Muchas gracias, te felicito por tu sensibilidad.

Regi dijo...

Me sumo a la felicitacion. Ese lograr q uno se sienta identificado y arranque una sonrisa....