viernes, 12 de febrero de 2016

Lampedusa, aforista


Espléndida relectura de El Gatopardo. Creo que al fin he entendido de qué va la novela y, de paso, he descubierto el grandísimo aforista que el Príncipe de Lampedusa, el duque de Palma es. Juzguen ustedes:



El alma ilusionada y rapaz de un liberal. 
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Atrincherado en su inexpugnable gentileza. 
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Sicilia, esa América de la Antigüedad. 
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A lo largo de los siglos la riqueza se había convertido en ornamento, en lujo, en placeres; sólo eso; la abolición de los derechos feudales había decapitado las obligaciones junto con los privilegios. 
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Para la criatura humana no hay mayor placer que el de gritar «¡La culpa es tuya!» 
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Existe un dios protector de los príncipes: se llama Buena Educación. 
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Cuando perdía la calma, las pasiones se transformaban en caprichos. 
Mientras hay muerte, hay esperanza. 
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La Prudencia, la más dúctil de las virtudes cardinales, y también la más fácil de manejar. 
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Aunque no lo amase, sí estaba enamorada de él, lo cual es algo bastante distinto. 
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La más cruel y absurda de las pasiones: los celos retrospectivos. 
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“Limosna” la llaman, para no tener que darla. 
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La ira y la befa son señoriales; la elegía y la jeremiada, no. 
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Engañarse a sí mismo, facultad imprescindible para cualquiera que se proponga guiar a los demás. 
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Durará, durará siempre; el “siempre” humano, desde luego, un siglo, dos siglos…; luego será distinto, pero peor. 
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Algo que todos buscan salvo los santos: poder despreciar los bienes terrenales a fuerza de poseerlos. 
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Todos sujetos por igual a la doble esclavitud del amor y de la muerte. 
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El vals —cuyas notas atravesaban el aire caliente—, apenas una estilización del viento. 
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¿Cómo podría uno ensañarse con quienes, sin duda, iban a morir? 
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Como siempre que reflexionaba sobre su muerte, se tranquilizó. 
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Los enamorados quieren estar solos, o bien con extraños. 
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El desprecio es un vicio universal [en ningún caso, patrimonio de la aristocracia]. 
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Mejor aburrirse uno que aburrir a los demás. 
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Ni siquiera las estrellas fijas están realmente fijas. 
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Un linaje noble sólo existe mientras perduran las tradiciones, mientras se mantienen vivos los recuerdos. 
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Pero ¿realmente podía incluir esas horas [las de neta felicidad] en el activo de su vida? ¿No eran acaso una dádiva anticipada de la bienaventuranza de la muerte? 
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El afecto, burlón, como debe ser. 
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La humilde expresión de reproche que aflora en las cosas a punto de ser eliminadas.



2 comentarios:

El lejano dijo...

Te faltó citar el más conocido de todos: "Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie" - plagio de la célebre frase de Alphonse Karr (1808-1890), tan utilizada aún aquí en Francia, sobre todo aplicada a la política: "Plus ça change, plus c’est la même chose" ("cuanto más cambia, más igual es"), frase publicada en 1849 en la revista satírica Les Guêpes, que Karr escribía entera él solo.

[Hay una errata: "...el grandísimo aforista que [es] el Príncipe..."]

Enrique García-Máiquez dijo...

Muchísimas gracias, querido amigo, por la fuente. Es que, contra lo que se repite, esa frase es la que se niega en toda la novela, que no es sino una enmienda a la totalidad de la ideica.
Cuando lo escriba, gracias a ti, quedaré muy bien citando encima la fuente.

Corro a corregir la errata.