domingo, 10 de diciembre de 2006

Ortega en los jesuitas

Cómo habría disfrutado ayer en la iglesia de los jesuitas don José Ortega y Gasset. No es que esté trayendo al sabio a mi molino, que conste. Es que él hubiese visto irrefutablemente confirmada su teoría del marco como realce indispensable de la obra de arte. En la iglesia, llamada de San Francisco (supongo que Javier), hay varias lápidas, que los feligreses pisan con indiferencia. Ayer, sin embargo, pusieron una barrera con cuatro postes como de aeropuerto y una cinta protegiendo la tumba de Sánchez Mancheño, de Arcos de la Frontera. Automáticamente, gran éxito de público y crítica: se paraba todo el mundo a extasiarse con el labrado de aquel mármol que ayer no más pisaban sin compasión. Yo estaba sentado justo al lado de otra lápida, más pálida, imagino que por el agravio comparativo. Los fieles la seguían pisoteando en su camino al asiento, a la fila de comulgar o hacia la tumba enmarcada. La humilde, la mía, rezaba: "Este cañón, asiento y arrimo es de D. Gerónimo Oneto y de su muger, Catalina Josepha Cueto y Figueroa y de sus hijos, herederos y descendencia. A. D. 1667"

3 comentarios:

batiscafo dijo...

La publicidad tiene esas cosas: es capaz de hacer deseable hasta la muerte.

La tumba más sincera es la pálida, sin duda: cañón, asiento y arrimo, por mucho que la decoren con marquitos.

Anónimo dijo...

"When they said REPENT REPENT / I wonder what they meant"

Ignacio dijo...

El título me ha engañado: pensé que sería una semblanza del Ortega adolescente en su colegio (y mío) de los jesuitas del Palo.