viernes, 30 de mayo de 2008

No sabiendo

Si yo escribiera libros sobre gestión empresarial, publicaría uno titulado Rentabilizar el desconocimiento. A fin de cuentas, no tenemos materia prima más a nuestro alcance que la ignorancia.

No había entonces cámaras de fotos, pero aquella escena de Petrarca abrazado a un libro de Homero, llorando amargamente por no poder leerlo en versión original, ha entrado a formar parte del imaginario de la cultura europea. Petrarca, gracias a no tener ni papa de griego, creó una marca y asoció para siempre su nombre a la Odisea, nada menos.

Me he preguntado a veces por qué, en vez de tanto llanto, no se buscaría Petrarca unas clases particulares, o no hizo un viaje de estudios a Constantinopla. Quizá porque, me he respondido, nunca habría aprendido suficiente como para leer a Homero con la intimidad que la poesía requiere. Y nosotros nos habríamos quedado (con la falta que hace en estos tiempos de conocimientos inabarcables) sin su gran lección de ignorancia.

La primera enseñanza de mi libro sería que debemos lamentar con mucho sentimiento lo que desconocemos. Y a partir de ahí iríamos avanzando de lección en lección hasta la última: es posible aprovechar cuanto uno no sabe, si es para trascenderlo. Lo hizo bien San Juan de la Cruz: “Entréme donde no supe,/ y quedéme no sabiendo,/ toda sciencia trascendiendo”. Él no sabía, no; pero acabó santo y el mayor poeta de la lengua castellana.

10 comentarios:

carmen dijo...

Una entrada que provoca muchas reflexiones.No siempre debemos lamentar lo que ignoramos, a veces esa ignorancia nos procura la felicidad que perderíamos si tomáramos conciencia de todo.

ARP dijo...

Bueno, te pasas años estudiando griego y ves que en realidad todavía no sabes si realmente existió Homero, qué significan muchas palabras que usa, cómo sería la recitación oral del poema, por qué en ocasiones actúan así los personajes, qué quiso decir el autor.
En resumen: todos somos ignorantes y es bueno saberlo.

Ignacio dijo...

La poesía, tal como yo lo veo, debe aventurarse por allí donde sea más difícil entender, debe tratar de nombrar lo innombrable, etc...

Pero a la vez debe huir de la vaguedad e imprecisión como de la peste. La buena poesía es más precisa que la prosa en la medida en que un bisturí es más preciso que un cuchillo de mesa.

Verónica dijo...

"Sólo sé que no sé nada, entonces ya sé algo". Mi experiencia me ha enseñado que, cuanto peor creía que llevaba un examen -por darme cuenta de todo lo que, en realidad, ignoraba todavía de esa disciplina concreta-, mejor me salía después.

Creo que la humildad -el reconocimiento de nuestros propios límites y la capacidad de asombro- es el primer paso para alcanzar la verdadera sabiduría.

Auberon Quin dijo...

"Que nadie busque saber de mí lo que yo sé que no sé, excepto, tal vez, el aprender a ignorar lo que es preciso saber que no se puede saber. Cierto, lo que se conoce no por su percepción sino por su privación, de alguna manera se conoce ignorándolo y se lo ignora conociéndolo" (San Agustín, De civitate Dei, XII, 7). Y en este principio de "docta ignorancia" apoya su metafísica -y teología- sobre el mal.
Gracias por las reflexiones.

Mery dijo...

¿Cuántas vidas necesitaríamos para llegar a la última lección?
Y, sobre todo, ¿en qué tema aprenderíamos a no ser pedantes ni pretenciosos con nuestra cabeza bien repleta de conocimiento?
Grandes reflexiones.

Juan Antonio, el.profe dijo...

Por muchos esfuerzos que hagamos siempre ignoraremos mucho más de lo que podamos llegar a conocer. Por cada buen libro que lees, hay decenas que no podrás leer nunca. Este tipo de ignorancia provoca humildad y, por lo tanto, bienvenida sea.
Pero, ay de aquella ignorancia atrevida del que, pese a no tener motivos, se empecina en la soberbia.
Ya quisiera yo para mí la ignorancia de Petrarca, o la de san Juan. O la de tantos otros ignorantes sabios que en el mundo han sido...
Gracias por esta reflexión, Enrique.

Juan Ignacio dijo...

Solo sé...

que es muy buena entrada.

Enrique Monasterio dijo...

¿Debemos lamentar con mucho sentimiento lo que desconocemos? ¿Qué pretendes?, ¿verme llorar a todas horas?

Anónimo dijo...

No podría resistirme ante una apreciación tan inteligente y certera sobre el ser humano. Cada vez se me hace más presente esta idea en todos los aspectos de mi vida, tanto en la más remota de mis cotidianeidades como en mis momentos místicos más profundos. Yo creo que existe una ley universal que vendría a estar representada por dos fuerzas: una fuerza centrípeta que parte del ansia de Conocimiento del hombre más primitivo y otra fuerza centrífuga que fluye de una mano invisible y que nos aleja de él. No se puede luchar contra la Naturaleza y esto fue, es y será así de inevitable y eterno. Quizá exista un castigo por querer saber demasiado (si quieren "saber más" acerca de esta hipótesis, acérquense a sus taquillas de cine más cercana y compren una entrada para la última del inmortal Indiana Jones).

Sin embargo, advierto de que casi todas mis divagaciones encierran finalmente una especie de moraleja que refleja el sentido pesimista y perezoso que rige todas mis acciones. Si existen en realidad esas dos fuerzas y la del "lado invisible" siempre acaba venciendo...¿Para qué molestarse?. Pero lo peor de todo es que si no existen, me las acabo inventando yo. Eso del "sólo sé que no se nada" debe ser para los valientes, porque a los débiles nos cuesta hacer frente a la frustración de darse cuenta del vacío que implica la feliz ignorancia. Y con ello nos resistimos a salvarlo sin llegar a edificar "la primera piedra" (y esencial) del puente del Conocimiento. Parece que el refrán auténtico debería ser ese de "deja para mañana lo que puedas hacer hoy". No obstante, tal y como apuntaran ya en cierto diario ,"las horas vienen reguladas desde el interior del reloj. Si movemos las agujas, modificamos las cifras, pero no la marcha del destino". Tic, tac...