domingo, 19 de julio de 2015

La orilla, la noche


En el japo me dio una rabia enorme liarme con los palillos y tirarme toda la tacita de soja sobre mis pantalones. Torpeza ultraoccidental aparte, es que tengo muy pocos pantalones (entre que se me van quedando chicos y las manchas de tinta). Pero Dios escribe derecho con reglones torcidos, porque cuando fuimos a dar el paseo romántico por la playa nocturna, como en los viejos tiempos, ya me dio igual mojarme de agua salada los bajos, lo que le daba más autenticidad al paseo. 

Nos llamó la atención la verbena que había en la playa. El último grito, o último ladrido, son los collares fosforescentes para perros, de manera que ves luces de colores volando a media altura a toda velocidad por la oscuridad. Cuando sabes qué es, es gracioso. Los pescadores han aumentado exponencialmente sus artilugios luminosos y llevan todo tipo de bombillas. Una en la cabeza, como mineros. La linterna clásica. Las cañas llevan su propia iluminación de colores: verde para la punta, roja para el carrete, rosa para el plomo. Sobre las mesitas con la carnada y los anzuelos todo un dispositivo de luces LED que ni una sala de operaciones. Pensé en el pobre pez que saquen: el susto que se tiene que llevar es para pensar que ha sido abducido por extraterrestres. Las luces de los pisos, todos ocupados ya, remataban la escena.

Sólo a la vuelta, ya un poco recuperados de la impresión, Leonor y yo empezamos a rezar el rosario. Y fue entonces cuando pude fijarme en las estrellas. Vislumbre una relación causa-efecto. Unidas en constelaciones y conjuntos por un hilo invisible, no era extraño verlas como cuentas de un rosario, del rosario cósmico, del arquetipo del santo rosario.


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