lunes, 20 de julio de 2015

La orilla, la tarde


En la paradisíaca playa de Zahara de los Atunes, estamos rodeados de chicas que pretenden hacer honor al marco incomparable con sus top-less amazónicos. Yo sé dónde poner mis ojos y sigo, más concentrado (reconcentrado) que nunca, con mi Ridruejo. 

Pero el destino me gasta una ironía:

Antes de que el verano pase, antes de que pase éste de hoy, el irrepetible y sin retorno, el sol ha querido dibujarme su figura, su idea, para que tenga realidad, para que no sea solamente tiempo. 
El sol ha dado un matiz rosa, dulce, nacarado, a la playa antes pajiza y casi gris bajo las nubes --bajo las temporales nubes pasajeras. Y, entre los cuernos de la playa, ha puesto el mar extático, trasparentando sombras verdes, azules y moradas, de rocas, de abismos, de bosques sumergidos. E instantáneamente ha levantado un cuerpo, un solo cuerpo humano, sobre la línea móvil, amorosa, que indecisamente deslinda la playa del mar y el mar de la playa. 
Un cuerpo adolescente, delicado y vigoroso. Un cuerpo femenino, pero absolutamente tenso. Tenso, exactamente, como un arco a punto de disparar su flecha. Con toda la energía puesta en la tirantez espléndida de las líneas; líneas de arco en pleno esfuerzo, pero en el límite des esfuerzo; sin contenerse ya, sin liberarse aún.
 (La bañista, la pescadora, montaba entonces su fusil submarino; ambas manos en el arpón, apoyada en una piedra la contera extrema del tubo. Y era antiquísimo --de ningún tiempo-- el novísimo artefacto.) 
Estaba detenido el viento, lejanos los árboles; sin ondas, sin velas, sin aves, sin nubes, cielo y mar. 
Todo --como la carne instantánea-- en acobardado recogimiento, a punto de expresarse, de trascender: purísimamente dibujado; exclusivamente siendo. 
El vaivén ligero de una espuma, solo, bajo los pies hincados en la arena. La punta de acero, aguada, rielante, apuntada al infinito. 
.....................................................[Dionisio Ridruejo, Dentro del tiempo (1959), Litoral, Málaga, 1995] 

¿Quién lo diría? El punto álgido de sensualidad de esa playa desinhibida de Zahara estaba en ese señor gordito con camisa que, muy serio, no levantaba la vista de su libro sino para mirar con mucho cuidado a sus niños en las olas, a su mujer en la orilla.