viernes, 16 de junio de 2006

Cómo pensar de los demás sin equivocarse

A Pemán o Alberti --los escritores que conocí en la infancia y que me pellizcaron graciosamente el sonrosado cachete-- puedo permitirme la familiaridad de darles un íntimo tirón de orejas. Don José María se lo merece por buena persona. Es peligroso serlo cuando se es una figura pública, porque entonces, como uno es bueno, procura hacer el bien a la gente y acaba predicando. En concreto, Pemán bajó la vista al refranero y descubrió aquél que dice:
Piensa mal y acertarás.
No le gustó. Y aprovechando su tribuna para mejorar los usos y costumbres, se aventuró a corregir al genio (o el mal genio) del pueblo y propuso:
Prefiero pensar bien, aunque me equivoque.
A primera vista, la propuesta pemaniana era estupenda. De segundas, plantea el problema de que nuestra inteligencia siente una repugnancia prácticamente invencible ante cualquier equivocación. No creo, siendo honestos, que esta versión lograse desactivar el refrán tradicional en muchas conciencias.

Afortunadamente, Jorge Luis Borges, conociendo el intento de Pemán o sólo lo que postula el refranero, cinceló una frase definitiva que convence, porque vence las resistencias de la realidad y las reticencias de la razón. No sé qué pensarán ustedes, pero desde mi punto de vista este argumento es inapelable:
Piensa que los otros son justos, y si no es así, el error no es tuyo.

10 comentarios:

Arp dijo...

Nunca me convenció Pemán, pero quizá sean prejuicios. Me parece demasiado blando; quizá fuese una buena persona, e incluso buenísima, pero con todo y con eso, lo poco que he leído de él no me gustó. Una Antígona que escribió me pareció muy floja, e ideológicamente desnortada.

Un abrazo

Mora-Fandos dijo...

No me puedo sumar a arp en la crítica, porque no he leído esa obra. Sí leí parte de una novela que el destino me quitó de las manos, algo así como "De Madrid a nosedónde pasando por las Azores". Recuerdo que era muy divertida, de tema político de aquel momento.
De Pemán, me quedo con el estilo de articulista. De ahí aprendió Umbral, cuyo estilo también admiro.

La frase de Borges, muy buena. Si la he entendido bien, parece que junta en la palabra error el sentido moral y el sentido cognoscitivo. Enrique, a ver si me alumbras.

E. G-Máiquez dijo...

Mora-Fandos te sumas a la crítica de Arp, sin querer. En otro caso, no habrías permitido que el destino te arrebatara esa novela. Y hubieses buscado más cosas suyas.

Su estilo de articulista es, efectivamente, tan indiscutible como el versículo de Borges. Cuyo secreto estriba en esos dos significados de la palabra error (el cognoscitivo y el moral) que de pronto, por arte de magia, Borges reduce a uno: si no te equivocas moralmente, no te has equivocado tú, sino el otro, que ha traicionado tu buen juicio y mucho más: su propia esencia. O sea, que tú no te equivocaste, pues él era justo, aunque se haya engañado a sí mismo. Explicándolo pierde, pero lo importante es que Borges ofrece una manera infalible de acertar.

Mora-Fandos dijo...

No hay nada como entrar en este blog para salir muy bien ilustrado.

Diría que has traicionado la frase de Borges pensando que culpablemente no opuse verdadera resistencia al destino. Pero hagamos que Borges -y tú- tenga razón de nuevo: entre amigos se puede pensar en voz alta, y siempre será justo ese pensamiento, porque ayudará al otro a enmendarse apostando por su buena voluntad: prometo buscar la novela de marras, venga.

E. G-Máiquez dijo...

Pero la culpa no fue tuya sino de la novela... ¿O habrías permitido que el destino te arrebatara los "Cuatro cuartetos"? Dejando hacer al destino estabas haciendo tu crítica tácita a Pemán. Arp solamente es más explícito que tú, más directo que yo.
Abrazos

Mora-Fandos dijo...

Es imposible no aprender en este blog. Lo harías bien como psicoanalista, y adecentarías la profesión.

Con lo de los cuartetos me has hecho ver, por fin, la luz. Por cierto, hice la tesis sobre las traducciones a castellano de esa obra, y realmente es un pozo sin fondo del que algún día tendríamos que comentar. Prometo unos cuantos posts.

Juan Ignacio dijo...

¡Qué buen post! La solución de Borges me parece muy buena. Apunta a olvidar ese miedo a la equivocación, como tú dices (y que Pemán no lo hace, como también muy bien dices).

Así y todo, la solución no es infalible. Porque hay algo más que es muy difícil de solucionar con palabras. Mayor que el miedo a equivocarse es el miedo a ser traicionado.

En el caso de que la verdad del otro me afecte, el equivocarse con alguien duele más por la traición que uno experimenta que por la equivocación en sí.

(Es cierto que, aún así, estamos llamados a confiar y amar aunque seamos traicionados).

A veces pienso que se trata de algo más que la "tranquilidad" por haber obrado bien (que es el premio que nos da Borges).

Pienso que hay un premio mayor.

Por ejemplo: la felicidad que da el entregarse, aunque nos equivoquemos con el otro.

La "tranquilidad" la da el deber cumplido. Pero hay deberes vacíos que "tranquilizan" a las conciencias porque ellas son escrupulosas.

El deber cumplido por amor tiene el premio no sólo de la tranquilidad sino más aún de la felicidad en esta tierra también.

Pero esto es una hipótesis. No sé si lo dije bien o lo pensé bien. Porque la verdad es que es muy difícil ser feliz por haber confiado en alguien cuando ése alguien nos traicionó.

Sin embargo...

Que va' cer. Estoy en cierta confianza y me permito divagar un poco.

Juan Ignacio dijo...

(Pst, me olvidaba. Si Pemán es buena persona algo debe haber ayudado que estudio en un Colegio Marianista...

...como acá su servidor (que no es tan buena persona, pero por cómo hubiera sido si no hubiera ido al Colegio Marianista).

Otro famoso Marianista: François Mauriac.

Perdón, fue más fuerte que yo.)

Rocio Arana dijo...

Yo lo único que he líedo de Pemán es un par de obras de teatro... ¡y no las he perdido! Pero me gustan más los Quintero.

Breo Tosar dijo...

Os aconsejo a todos "El divino impaciente", una obra de teatro de Pemán sobre san Ignacio de Loyola y san Francisco Javier.
Sin duda, el escritor es de gran profundidad espiritual, y está a la altura de esos grandes santos españoles.